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MÁS SOBRE EL DIFERENDO CON NICARAGUA

Dentro de las tensiones que se registran entre el Gobierno de Colombia y el de los Estados Unidos circula el rumor de que el Departamento de Estado estaría interesado en la revisión del Tratado Bárcenas-Esguerra entre Nicaragua y Colombia, que ha sido puesto sobre el tapete por la declaraciones de la Cancillería de Managua. Cierto es que en repetidas ocasiones, tanto en el gobierno de la señora de Chamorro como en gobiernos anteriores, de diferente estirpe política, se ha hablado de la nulidad del Tratado de 1928, invocando razones eminentemente frágiles como lo demostré en escrito reciente. Lo que parece más que dudoso es que los Estados Unidos compartan la absurda tesis de que los tratados se pueden declarar nulos unilateralmente o que para Washington revista interés suscitar semejante problema en su patio trasero, como es el Caribe.

21 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Una razón muy sencilla abona esta aseveración. La de que para cuestionar el Tratado con Colombia se invoca la circunstancia de haber sido suscrito y aprobado durante la ocupación norteamericana de Nicaragua. Qué pueden ganar los Estados Unidos conque semejante controversia se lleve ante la Corte de La Haya? Sería un monumental espectáculo reabrir el tema de las intervenciones norteamericanas en la América Central y en el Caribe. Máxime cuando, como se anotaba anteriormente, la presión no se ejerció sobre Nicaragua, que pedía a gritos la mediación norteamerica, sino sobre Colombia, que temía por San Andrés y Providencia, tras el ejemplo de Panamá.

En realidad, superados los episodios de aquellos años, la posición definitiva de los Estados Unidos quedó consignada en el Tratado Vásquez Carrizosa-Sanzio sobre los cayos. Se dice en dicho documento que se reconocen los derechos de Colombia frente a las reclamaciones norteamericanas, sin perjuicio de los derechos de terceros Estados. Siempre me ha parecido un error invocar dicho Tratado como argumento para sustentar la tesis de que la delimitación marítima entre Colombia y Nicaragua quedó definida en 1928. Por años, desde las épocas en que servía como canciller del presidente Carlos Lleras Restrepo, he sostenido la intangibilidad del Tratado Bárcenas-Esguerra en cuanto a asignación de islas, islotes y cayos entre Colombia y Nicaragua, adoptando el Meridiano 82 como referencia para definir cuáles de entre ellos pertenecen a cada uno de nuestros dos países.

En sentido opuesto, es decir argumentando que el Meridiano 82 sirvió de delimitación de las áreas marinas y submarinas entre Colombia y Nicaragua, se han manifestado en repetidas ocasiones los doctores Vásquez Carrizosa, Ramírez Ocampo y, tangencialmente, el propio ex presidente Pastrana. Diríase que se trata de un punto en el que los conservadores adoptan una posición distinta de la de los gobiernos liberales, prevaleciendo hasta el presente la teoría de la delimitación de 1928.

Mi punto de vista es el de que antes de la Segunda Guerra Mundial se daba por sentado que los Estados ribereños sólo tenían una jurisdicción de 12 millas en el interior de los mares que bañaban su territorio. Era la distancia que desde la costa podía alcanzarse con un tiro de cañón. Fue solamente cuando se descubrió la riqueza petrolífera en la plataforma submarina y el presidente Truman proclamó su célebre doctrina, cuando comenzó a contemplarse en 1945 la posibilidad de derechos de los Estados sobre la plataforma submarina y más allá de la 12 millas que se conocían como mar territorial. Mal se puede, en consecuencia, atribuirle a un Tratado que data de 1928, el haberse anticipado en diecisiete años a un tipo de delimitación que no se conocía entonces.

Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa , decía el filósofo bugueño. El que los meridianos y los paralelos sirvieran de referencia para la asignación de islas había sido una práctica internacional reconocida en forma consuetudinaria. Otra cosa es que, con la aparición de los nuevos conceptos sobre el mar, se puedan invocar tales referencias como definición de las fronteras marítimas contemporáneas, tanto más cuanto que las áreas sobre las cuales ejercen jurisdicción los Estados, a partir de la nueva doctrina, son figuras geométricas que no dejan costados abiertos, rectángulos o triángulos, sobre los cuales el Estado ejerce su soberanía. En casos como el del Meridiano 82, no existirían tales figuras geométricas cerradas sino delimitaciones indefinidas por el norte y por el sur.

La noticia, aparecida recientemente en la prensa de Hondura, según la cual dicho país no aprobaría el Tratado suscrito con Colombia mientras no se defina la situación de las áreas marinas y submarinas entre Colombia y Nicaragua, demuestra la conveniencia de comenzar a estudiar cuál de las dos tesis debe prevalecer en la controversia sobre si existe delimitación de áreas marinas y submarinas entre Colombia y Nicaragua, controversia que ya lleva más de quince años y mal puede permanecer indefinidamente en el aire.

Así como parece claro que los Estados Unidos no participarán al lado de Nicaragua en este conflicto, la actitud de Honduras nos hace vislumbrar la posibilidad de un interés común en Centroamérica y en el Caribe, en el sentido de que se haga la delimitación de áreas marinas y submarinas entre Colombia y Nicaragua.