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POETA DEL AGUA

Jorge Rojas estaba hecho de poesía y amistad. También de otras cuestiones inmortales y perecederas: de trajes grises, por ejemplo; de Maruja; de sus tierras de cultivo para fundar un pueblo; de San Martín de Porres; del agua y su infaltable gabardina; del agua otra vez, en forma de gota de rocío, de río caudaloso, de mar océano, de lluvia, de comba celeste habitada por las tormentas, de nubes que transcurren en silencio, de humedad en la boca, en los ojos, de arroyo, de sed y de sequía; estaba hecho también de sus recetas de cocina, del club para la tertulia; del buen humor; del tenis; de la enfermedad y la alegría.

28 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Cuando lo conocí, en 1970, era un caso insular en la poesía colombiana. En primer término cuidaba de sus negocios, caso extraño entre personas que por lo general eran o habían sido empleados públicos, y que vivían de una pequeña pensión o de una renta hecha con mucho más de vaca que carnero. El conocía el precio de los abonos y los arados, leía las cotizaciones de la bolsa y no le sacaba el cuerpo a las sumas y las multiplicaciones en un grupo donde sólo se sabía de restas y de divisiones. En segundo lugar, era un bebedor moderado (siempre del mejor whisky) en medio de quienes le rendían un culto casi demencial al lauro candente de Felipe Lleras, con el pretexto de que la inspiración tenía el patrocinio de las rentas de Cundinamarca. Era también un deportista enérgico y competitivo, futbolista, campeón de tenis en su juventud y caminador impenitente, en contraste con quienes consideraban que el ajedrez era el único deporte compatible con la inteligencia. Además no tenía miedo de reconocer que tal o cual nombre de moda en el universo de las letras le era por completo extraño, lo que hubiera puesto pánico en el corazón de cualquier intelectual del momento, dispuesto a todo menos a reconocer que no había leído lo que citaba su interlocutor, juez y testigo. Por último, ni era infalible ni excomulgaba, siendo así que en ese entonces los escritores hablaban ex cátedra y se mostraban dispuestos a montar su propia Roma a cualquier hora y en cualquier sitio, con ventanal incluido sobre la Plaza de San Pedro y bendición (o maldición) apostólica según el caso.

Materiales terrestres Rojas era bondadoso sin ser bonachón, pulcro sin ser quisquilloso, bon vivant sin caer en la modorra, amable sin ser empalagoso, oportuno sin ser chistoso, generoso sin ser botarate, trabajador sin ser obsesivo, elegante sin ser petimetre, bogotano sin ser cachaco, buen lector y escritor sin tener caspa ni manchas de sopa en la corbata. Sus temas eran el campo, la poesía, el país, los clásicos, las noticias de cada día, el amor, el silencio. Amaba el silencio, amaba la música, amaba la soledad, amaba el amor, amaba la alegría y lo urbano, amaba el ideal y lo imposible, pero sobre todo amaba ya lo dije el agua, un elemento que nace en sus versos, y que en ellos vive, muere, huye y permanece. Para él, el agua fue un asunto humano, sobre el cual se apoyó para describir la voz, el talle, la sangre, la verdad, el azul celeste, la mujer, la mañana o la noche, la rosa o la azucena. Y es el agua, al fin y al cabo, la que lo muestra como lo que fue, caudaloso, encadenado por el amor, tan esencial como la piedra, tan aéreo y ligero como pudiera llegar a ser el cielo.

Durante años mantuve con él una distancia respetable. Lo recuerdo, sí, en su oficina en muchas apretadas mañanas de decisiones porque las tardes las reservaba para él y para su poesía. Con Ofelia de Jaramillo hizo la Biblioteca Colombiana de Cultura, Colección Popular, que vendió 137 títulos a 3 pesos, los cuales pusieron al alcance de la mano del país entero una serie de autores que antes pertenecían a la mitología. Conmigo hizo el Museo Rodante o Tren de la Cultura, un programa que la Unesco recomendó como modelo para países del Tercer Mundo. Pero como no era burócrata tradicional, y como odiaba los sellos, la ceremonias, las polillas y las estampillas, en poco tiempo pasó a la reserva y se dedicó a la búsqueda del tiempo perdido y a sus libros.

Jorge Rojas fue siempre un hombre hecho de materiales terrestres, con palabras atadas al dolor o al amor, a los sentimientos, con el llanto o la risa a flor de piel, con cierto temor secreto de herir o ser herido. Cualquier día dejé de verlo para siempre, enredados él y yo en la maraña burocrática. Conservé sin embargo la sed insaciable de su poesía. Por eso ahora, cuando vuelve a la tierra, pongo estas palabras como un gesto de paz sobre su tumba.

Amigo y admirador Abelardo Forero se refirió así a la muerte de Jorge Rojas Estuvo ligado a mi desde los primeros días en el Colegio de San Bartolomé en el bachillerato. Cerca de sesenta años fui amigo de él y admirador de su poesía y de sus virtudes de caballero. He lamentado su muerte con hondo sentimiento. Van desapareciendo de la escena todos los compañeros de generación. Ha sido tremendo. Murieron Enrique Caballero Escovar, Eduardo Caballero Calderón, Jorge Padilla y Nicolás Góméz Dávila. Todos ellos figuras de primer orden y admirables amigos .

(Testimonio recogido por Adriana Alfaro)