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ANTOLOGÍA MÍNIMA DE ROJAS

Elegía y Galop Como la miel y el oro era el color de mi noble alazán una voluptuosa marea se extendía debajo de su piel cuando almohaciaba sus ijares y su vientre terso de hermoso atleta.

28 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

A veces, antes de beber en el río, sus remos delanteros jugaban a hacer espuma y al salpicarme como un niño malcriado Hoy sus huesos miden el misterio del páramo, devoran oscuras distancias bajo la tierra negra a la sombra del fraylejón y el rodamonte donde extinguidos ya su ardiente relincho y su gracioso piafar le acompaña el réquiem de los vientos encontrados.

A galope! A galope! A galope! como para llegar a la eternidad! Arre mi caballo que así es el amor! Como un sueño ya despierto Qué sola está el agua en este amanecer.

Muda, lisa, inmóvil, como los ojos de los desvelados.

Yo desde la altura de mi ventana sueño todavía.

Las gaviotas saben que ni los peces rizarían ese pasmado cristal y aún no lanzan sus señales de vuelo al aire del despertar, de súbito sobre la playa, alguien pasa, casi del color de la brisa, su cuerpo apenas es una sombra lineal que avanza como un mástil sobre la tierra firme.

Hay abandono y dulzura en su paso y pienso que ha de ser una grácil mujer.

Ha pasado, se aleja.

Cómo eran sus ojos? Su cabellera? Sus largas piernas? Era hermosísima! No importa que sólo hayan quedado sus huellas en la arena.

(Tomado de Soledades III , 1979-1985) Juegos tristes Oh mis pequeños hijos de mi hija! Goticas de la estirpe en mis collados, simiente de la rosa y de la espina.

En vuestros ojos puedo ver intacto, el cielo que miré, cuando era niño, para el azul y el vuelo de los pájaros.

Borradme el tiempo, de insistente hilo, navegando hasta el mar como una lágrima con pañuelos, promesas y navíos.

En cambio yo estaré cada mañana en el bosque, en los libros y en la madre, de mano con el Angel de la Guarda desatando mi voz entre los árboles.

Al oído de la poesía Como sumando gotas, una a una, desde mi antigua sangre hasta mi muerte, mides mi fondo, escalas mis alturas.

Conoces cuanto pasa por mi frente: el laurel y el olvido y los recuerdos y el amor que me cura y que me hiere.

Soy de tu paraíso y tus infiernos el alma preferida, en ti me salvo a cada instante y vuelvo y me condeno.

Entre las soledades, nos hallamos y en el mayor silencio, tu palabra ordena el movimiento de mis actos para ser el amado y el que ama.

(El libro de las Tredécimas, 1991)