Archivo

CINCO PUNTOS CARDINALES

Norte Conocí a Bob Clothier en una reunión informal de amigos en el área de Westwood, cerca de Los Angeles. Bob mencionó esa noche de 1970, que era un drop-out; es decir, alguien que deserta del sistema y decide, por propia voluntad, vivir al margen de la economía y de la sociedad. Nada entendió cuando le comenté que el noventa por ciento de mis compatriotas le habían tomado la delantera, pues habían nacido siendo lo que a él luego de ser exitoso drop-in le costara tantas noches de desvelo. Tras decir lo que dije, Bob me miró con esa sonrisa benévola del gringo corriente, y dejó escapar la cortesía: Yes, I understand , murmuró.

28 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Sur Contó Ernesto McCausland Sojo en su programa de televisión Mundo costeño que en la población de Soledad, vivió hace muchos años un poeta popular llamado Gabriel Escorcia Gravini. Era el tiempo en que la lepra resultaba incurable. Al principio, el poeta no sospechó que padecía aquella enfermedad. Así que presintió que por muchísimos años más podría seguir enviando notas de amor a las mujeres del pueblo, y hablando en sus poemas de la vida y de la muerte, y enjuiciando en sus versos a los politicastros locales, a los corruptos funcionarios de la administración municipal, a los inescrupulosos comerciantes de la plaza y a los ricos avaros de la comarca. Pero un buen día, el poeta enfermó. Entonces, la familia procedió a hacer lo que por aquellos tiempo se hacía con los leprosos: construyeron para él, al fondo del patio, una diminuta habitación indiana de bahareque y techo de paja. En ella, el enfermo continuó trabajando. Sólo se salvó de él un poema titulado La miseria humana , pues cuando murió, las hermanas decidieron quemar las pertenencias del poeta, incluidos los poemas... por temor al contagio.

Este En un ardiente verano de El Cairo, Carlos Lozano puso en mis manos la fotografía del maestro Darshan Singh. Carlos me habló con fervor, fe y devoción de su maestro de India e hizo que me sumergiera en la gloriosa profundidad de sus poemas. Darshan Singh escribía en la forma persa del gazhal: cuartetos cuyas escasas líneas deben bastarse para expresar una idea hasta agotarla. Me impresionó cuando el poeta decía: Hemos podido alcanzar/la luna y las estrellas/, pero ay, no hemos sido capaces/ de llegar al corazón del prójimo . Esas cuatro líneas me llevaron a aceptar el reto de presentar los poemas de Darshan Singh en Colombia. El día de aquella presentación pública lo conocí. Luego de la conferencia, al final de un encuentro sostenido con él en sus habitaciones privadas, Darshan Singh abrió sus enormes ojos de águila y miró a los míos: Muy pronto he de verlo en la India , me dijo. Y la vida lo hizo así.

Hoy, escribo estas líneas en mi residencia de Nueva Delhi, a pocos kilómetros del lugar en donde hace ya dos años murió el poeta. No me correspondió visitarlo en su ashram sino ir a ese sitio a hablar en inglés sobre su poesía, frente a las multitudes que le oyeron predicar en hindi, su lengua madre. La ceremonia estuvo presidida por Rajinder Singh, hijo mayor del poeta y maestro, y quien según la tradición, debía haber heredado la sabiduría y la memoria de su padre. Ese día conocí al nuevo maestro, minutos antes de subir al estrado a pronunciar la conferencia. Luego del acto, en la shamiana de amplio toldo que había hecho armar en el jardín para atender a sus invitados con delicadezas de Oriente chapatis, masalas, samosas y kulfis, Rajinder Singh abrió sus enormes ojos de águila y miró a los míos: Se lo dije en Colombia sentenció, con el cálido acento de una voz conocida: que muy pronto habría de verlo en la India .

Oeste Las sorpresas del tiempo: así se titula uno de los libros del escritor José Consuegra Higgins. En esa obra, José habla de sus viajes y de las sorpresas que el tiempo y la geografía le han prodigado. En una de sus tantas visitas a Grecia cuenta José entró con unos amigos a aquella sesión de sabios en La Academia de Atenas y trabó conversación con los académicos. Luego de hablar por algunos minutos sobre La República y los Diálogos de Platón, un anciano académico manifestó: Es usted un erudito , a lo que Consuegra Higgins replicó: Erudito, no; subdesarrollado. Porque una de las características del subdesarrollo, con su elocuente arista de la dependencia intelectual, es saber más de lo ajeno que de lo propio . El anciano académico sonrió.

Centro Cuando me abate la tristeza me decía Raúl, cerveza en mano, una noche en Ciudad de Panamá tomo mi automóvil y procedo a sentirme el ombligo del mundo. Voy a bañarme a las playas del Pacífico, y cuando aún el agua de ese océano no se ha secado en mis ropas, hora y media después me zambullo en el Atlántico. Pienso en lo que todo ello significa, y resulta ser dos cosas al tiempo: bañarse de historia e ir al siquiatra .