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LA MONTARON DE ALEGRÍA...

A la larga, no importaba quiénes iban a ganar. Por encima de todo, la clave era pasarla sabroso y hacer que los espectadores que se situaron en el picadero del Club La Hacienda también vivieran un rato amable.

22 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Y si ese era el objetivo de la prueba de relevos por parejas, algo así como el capítulo recreativo del VI Grand Prix Mustang Ecuestre, el plan se cumplió a la perfección.

Pero, no era para menos: a la pista saltaron la Pantera Rosa y el Inspector Cluseau, un cirujano con su enfermera, un monje acompañado de una tremenda rubia de minifalda; un par de payasos, cocineros, borrachos, esqueletos, el Príncipe Encantado y Blanca Nieves, una negra de redondísimas caderas, el Zorro y la Potra Zaina; una embarazada que dio a luz en plena pista a dos muñecas que recibió un obstetra de largo estetoscopio...

Así, algunos de los jinetes que participaron en el Grand Prix y otros espontáneos se pusieron de ruana la noche del sábado y formaron una gran rumba de integración deportiva, que tenía un único requisito: montar disfrazados, olvidando el serio y formal traje de jockey.

La prueba era la siguiente: dos binomios se repartían los saltos en los diez obstáculos de la pista, la cual debía ser recorrida dos veces por cada pareja. Si el caballo se rehusaba o tumbaba al jinete, su compañero de equipo tenía que saltar el obstáculo respectivo. Además, el binomio que comenzaba el trazado no podía terminar la prueba.

Al comienzo, los jinetes participantes se enredaron. No tenían claro cómo repartirse los obstáculos durante el recorrido, quién debía empezar y quién terminar, ni cómo era el cuento del relevo si uno de los dos cometía una falta...

Sin embargo, eso no importaba mucho. Porque, los espectadores, entre quinientos y mil que desafiaron el frío de la noche en Cajicá, tampoco tenían muy claro el quid del asunto. Al fin y al cabo, eso no era lo importante.

Pues, allende el reglamento, pudo más la comparsa que montó la pareja de cocineros, que ingresó a la pista acompañada por sus pequeños hijos, también ataviados de chefs, y montando pequeños ponys, al son de El Cocinero Mayor, una añeja tonada salsa de Fruko y sus tesos. La dupla de Mauricio Buitrago y Santiago Niño terminó descalificada por hacer mal un relevo.

Más adelante llegaron a la pista dos borrachos, que después de caerse y revolcarse trataron de montar por el rabo a sus caballos... Los rascaos eran el estadounidense Jimmy Toraño y el colombo-gringo Pablo Gamboa, que tampoco terminaron el recorrido, a pesar del ánimo que la tribuna les entregó al ritmo del Very Well, ese rock and roll montañero que sonó hace veinte años en las emisoras de todo el mundo.

Como la mayoría de jinetes se confundieron con ese cuento de los relevos, el público iba orientando a los binomios con gritos para que hicieran el recorrido en orden. Como dirían las señoras bogotanas, eso era parte del paseo.

Y entre gritos risas y chiflidos, también salieron Manuel Guillermo Torres, Ricardo Villa, Gonzalo Gamboa, Alejandro Dávila y la peruana Ana Gereda, algunas de las figuras de este Grand Prix.

Fueron una hora y media de risas, gritos, aplausos, y, sobre todo, de integración deportiva.

Ah!, los ganadores fueron un monje franciscano (Danilo Cepeda), y una rubia minifalduda de piernas velludas (Carlos Urrea), quienes terminaron el recorrido sin cometer faltas...