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CLEMENCEAU

La plataforma de lanzamiento que llevó a Clemenceau a ser la primera figura política de comienzos del siglo en Francia fue el escándalo de Panamá, como tal vez el mayor del siglo, que, denunciado por él, implicó a ministros, parlamentarios, periodistas, llevó a la cárcel a Eiffel -el ingeniero de la torre- y, si se salvó de igual vergenza Fernando Lesseps, fue por la compasión pública que no se atrevió a meter en un calabozo al glorioso anciano que había promovido la apertura del Canal de Suez.

22 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Siendo París teatro de tantos escándalos, el de Panamá conmovió más que ningún otro. El Tigre Clemenceau abrió las puertas del siglo en medio de un pleito que tuvo resonancia universal.

Lo que no todo el mundo recuerda es que Clemenceau no venía de la clase política. Era un médico que dejó la profesión y saltó como un tigre a la arena y, si devoraba sin piedad políticos franceses, colocaba un poco al margen la materia colombiana. Cosa que tiene su historia, historia que por lo general se ignora. La refería hace poco, en la Academia de Medicina, Juan Jacobo Muñoz, curioso investigador de estos recuerdos perdidos.

Clemenceau hizo su carrera de medicina al lado de un estudiante colombiano, Nicolás Osorio. Terminaron sus estudios al tiempo y se graduaron el mismo día. Eran tan amigos, que uno de los primeros ejemplares de su tesis de grado lo dedicó de su puño y letra Clemenceau a su compañero colombiano. Este, Nicolás Osorio, volvió a Bogotá y, más fiel que su compañero a Hipócrates, fue el gran animador de la medicina en Colombia.

Si Clemenceau tuvo la oportunidad de seguir los trabajos de Osorio en Colombia, vería con cariño la aplicación de su compañero a crear el hospital, al progreso de la Facultad de Medicina, a la difusión de la ciencia francesa en Colombia. Y una de las razones de su pasión en lo de Panamá estaría en cómo se había maltratado la ilusión que hubiéramos puesto nosotros en la aplicación de la ingeniería francesa en la solución del canal interoceánico.

Para el siglo XX, América representaba la promesa de un progreso que ya daba muestras evidentes. Argentina se veía cruzada de ferrocarriles y aparecía en los mapas con la pampa cuadriculada por el progreso. Un gran reportaje de Jules Huret que, si mal no recuerdo, está prologado por Clemenceau, era el libro que en Francia mostraba la formidable prosperidad del país del Plata. Para embellecer a Buenos Aires, Rodin fundió la estatua de Sarmiento y Bourdelle la ecuestre del General Alvear.

El mismo Eiffel, antes de hacer la torre había ensayado, en la remota Bolivia, la construcción de puentes armando piezas metálicas como rompecabezas, anteproyecto del monumento que levantaría en París. Rio de Janeiro era una de las ciudades más hermosas del mundo. Francia extendía su interés sobre toda América y así, por contribución popular, el pueblo francés envió a Nueva York la Estatua de la Libertad para que se colocara a la entrada del puerto. Pero lo que estaba destinado a coronar todo el progreso del Nuevo Mundo, era la apertura del Canal de Panamá.

La compañía francesa promovida por Lesseps hizo que se fijaran los ojos de Europa sobre ese pedazo de Colombia destinado a ser el punto de encuentro de los dos océanos, por donde pasaran las naves del Atlántico al Pacífico y se cruzara el comercio mundial. Y lo que ocurrió fue el fracaso total de los promotores que, errando los cálculos, abrían huecos más grandes para ir tapando los más pequeños, y ahí fue donde el médico Clemenceau precisó la enfermedad, formuló el diagnóstico y apareció el escándalo.

No pudo ser extraña a la pasión de Clemenceau la memoria de su compañero en la Escuela de Medicina y la imagen que se habría formado de la tierra de ese condiscípulo cuyo mayor tesoro era el del istmo en donde habría de construirse el canal interoceánico.

A los ojos del francés, ese Nuevo Mundo que desde la Argentina hasta Nueva York estaba dando muestras de una vitalidad sorprendente, se veía golpeado por la política, la corrupción y las trampas de la compañía a que habían prestado su nombre Lesseps, Eiffel y tantos otros.

París estaba lleno de estudiantes argentinos, peruanos, mexicanos, venezolanos, colombianos. Era esa juventud habladora que conocía en los cafés de Mont Martre y Mont Parnasse a otros estudiantes, como Clemenceau, a quienes la vida iría colocando en puestos directivos.

Lo de Clemenceau y Nicolás Osorio era normal. En la Academie Jullien, Pedro Carlos Manrique compartió el estudio con Pouvis De Chauvios y guardaba en sus carpetas dibujos del maestro, de las pinturas que hizo sobre Santa Genoveva para la Sorbona...