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CUATRO AÑOS MÁS

En Argentina, la palabra que hoy más se pronuncia es estabilidad. A ocho días o un poco más de haber sido reelegido presidente el señor Menem, con una mayoría que superó el 50 por ciento de votos, es fácil, al hablar con los electores, entender la causa de una victoria que se había pronosticado pero no en el volumen logrado.

22 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Se inquiere entre miembros de una clase media, que según los politólogos decidió la mayoría, el motivo por el cual prefirieron a Menem frente a sus opositores. En todos ellos, o por lo menos un gran número, la razón se define con la palabra antes mencionada, que manifiesta el deseo argentino de conservar esa estabilidad luchada y preconizada por el presidente Menem.

Ciertamente la Argentina vive un período estable, pero preñado de peligros. La ilusión en torno del gobierno es grande y el Presidente reelecto manifiesta con claridad los obstáculos que va a enfrentar, y no sólo él sino el pueblo argentino. Mantener la estabilidad equivale, según los expertos, a un período no corto de demora en los avances sociales. Estabilidad con inflación no es posible. Y las inversiones de tipo social cuestan dinero y generalmente suben el costo de vida.

Todo esto lo ha explicado Menem con franqueza, antes y después de su reelección, para conseguir que la gente le creyera y depositara su papeleta en torno de esos principios. En intervenciones públicas, presentadas por la televisión los días precedentes y posteriores al pasado domingo 14, se pudo captar que Menem está muy lejos de ser un vulgar demagogo. Una facilidad de palabra atractiva y el carisma, a más de la experiencia de cuatro años de gobierno, que ha gustado al pueblo argentino, lo volvieron a llevar al solio de los presidentes.

Cae estrepitosamente el partido radical, continuando esa línea que cruza todo el mundo, donde las colectividades tradicionales muestran un declive muy notorio. El radicalismo argentino, tan arraigado en la historia de ese país, fue el gran derrotado. A Menem lo siguió un personaje, el señor Bordón, procedente de las filas peronistas, pero enemigo de aquel y quien consiguió una apreciable votación, al reunir a las izquierdas de todas las clases desafectas al presidente para conseguir el segundo puesto. Fue la sorpresa electoral.

Si el presidente Menem logra mantener la estabilidad y contener el costo de vida, muy alto por cierto, terminará su período falta mucho tiempo y se consagrará como un gran mandatario. Pero el camino que le toca recorrer no está libre. Por el contrario, se halla obstruido por dificultades propias del momento económico mundial. Menem parece haber conjurado una crisis similar a la de México. Pero las divisas han bajado notoriamente, la vida no está en un nivel aceptable para quienes estaban acostumbrados a los bajos precios y, por sobre todo, el número de desempleados sigue aumentando.

A todas estas dificultades el jefe del Estado de Argentina ofrece la experiencia y el pragmatismo. No se anda por las nubes y sus conocimientos económicos lo alejan de peligrosas teorías y lo acercan a prácticas que pueden producirle buenos resultados. El peronismo, latente y viviente, sale a cada momento en respaldo del señor Menem. Es un fenómeno político indudable y de raíces, pese al paso de los años, que podía haber hecho olvidar la era Perón. No es así. Su recuerdo sigue golpeante y conmueve a los argentinos. La juventud, por ejemplo, fue otro factor decisivo para la reelección; los jóvenes de todas las clases no encontraron nada atractivo en el radicalismo y optaron por una vida estable que les permitiera continuar gozando y buscando progresos materiales. No privó el idealismo, eso hay que reconocerlo.

Si Perón permanece en la memoria, qué poco queda del Che Guevara. En vano se busca un recuerdo impactante de su trayectoria y no se encuentran ni graffittis por las calles. La Argentina prosigue su camino con la gran diferencia entre la calidad de vida en la hermosísima ciudad de Buenos Aires y las ciudades próximas a esa urbe, que hoy por hoy podría calificarse como de las más bellas en el continente americano. Latinoamérica observa el fenómeno Menem con interés porque él, a base de pragmatismo, logró darles a los argentinos lo que más quieren defender y es la estabilidad y la mayor o menor tranquilidad que se desprende de los actos de un Presidente a quien no podríamos decir que adoran, pero sí respetan.

Un colombiano, de visita en la nación sureña, envidia las admirables carreteras, las increíbles avenidas bonaerenses y la profusión de espacios verdes. O sea, hermosísimos jardines, que combaten una polución mucho más grande que la existente en Bogotá. A Buenos Aires hay que visitarla para encontrar no lo que la gente cree cuando piensa en una argentino petulante, sino ciudadanos amables, cultos y deseosos de servir al turista.