Archivo

LAS PINTURAS DE SAN JORGE

Las edificaciones coloniales de Bogotá guardan secretos pintados de anónimos momentos que poco a poco regresan al presente.

20 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

La casa del Marqués de San Jorge ubicada en la carrera sexta # 743 es uno de los testimonios de aquella época.

Durante los trabajos de restauración, adelantados por el fondo de Promoción Cultural del Banco Popular, se encontraron gran cantidad de murales con pinturas decorativas del siglo XVIII.

La recuperación de ese legado cultural está a cargo del restaurador mejicano Rodolfo Vallín, quien inició la etapa exploratoria del recinto desde octubre del año pasado.

Según el concepto de Vallín la característica que identifica las pinturas es la espontaneidad y el atrevimiento para manejar el color.

Por ejemplo, el color anaranjado tiene un tono que bien puede catalogarse de fosforescencia.

Dentro de las obras, de autor anónimo, sobresalen por su belleza y capacidad decorativa los motivos conocidos como falsa decoración.

Esos incluyen la imitación de una alacena con falleba y candado. También aparecen repetidos los festones con pájaros y frutas tropicales. Por su valor artístico, se destacan algunas canéforas.

Las canéforas eran doncellas de las religiones paganas que llevaban en la cabeza un canasto con flores y en algunos casos elementos para los sacrificios.

En las figuras de la casa aparecen rostros masculinos y femeninos complementados con motivos vegetales.

Las pinturas religiosas, no son precisamente la excepción, así como los paisajes y algunos personajes de ese tiempo. Además, están por todas partes, corredores, alcobas y patios.

El trabajo de restauración consiste en quitar los pañetes y las capas de material que las ocultan para después cubrirlas con una capa de protección.

Para Vallín, hace falta descubrir la evolución histórica de pintura en Bogotá, lo cual permitiría ampliar los conocimientos sobre la forma de vida y la escala de valores.

Cabe aclarar que son pocos los murales que se han descubierto en las hogares de la vieja Santafé.

Durante la Colonia hubo cuatro grandes tiempos de pintura mural.

El primero corresponde a los finales del siglo XVI cuando sólo se pintó en blanco y negro. Muestras de esto existen en la Casa del Fundador en Tunja.

En el siglo XVII aparece la policromía y las grandes escenas que aún se pueden observar en los pueblos de Sutatausa y Turmeque. A finales de ese siglo aparecen los retablos y el color azul.

Después, con la llegada del siglo XVIII, el rojo se impone y aparecen muestras de influencia neoclásica.

El noble pago Don Jorge Miguel Lozano de Peralta y Varaes Maldonado de Mendoza nació en Santafé el 13 de diciembre de 1731 y fue el primer Marqués de San Jorge.

Según la biografía escrita por profesor del Departamento de Historia de la Universidad Industrial de Santander, Jairo Gutiérrez Ramos, el título de Marqués fue otorgado y ejercido pero nunca tuvo forma oficial.

En 1771, el Rey Carlos III de España mandó dos cédulas reales a su Virrey en el Nuevo Reino de Granada que contenían títulos de Castilla para que fueran otorgadas a quienes por nobleza, rango y fortuna merecieran el honor.

El Virrey Messía de la Cerda escogió a Don Jorge Lozano para entregarle el título pero el Marqués se negó a pagar los impuestos por la confirmación Real de su título.

Por ese motivo, la Real Audiencia le quitó tan honrosa condición en 1777. Sin embargo, siguió ostentando su nombramiento.

Ese comportamiento le ocasionó un multa y un pleito que lo llevó a la cárcel y al destierro en Cartagena.

A la muerte del Marqués su hijo José María inició gestiones ante el Consejo de Indias para que se le restituyera el título.

El Consejo le pidió que pagara los derechos que debía su padre. En 1818 todavía no se le entregaba el nombramiento aunque desde 1810 se hizo llamar Segundo Marqués de San Jorge de Bogotá.

En 1824 la naciente República de Colombia decretó la extinción de vínculos y mayorazgos. La nobleza insular pasó a ser tradición oral y nada más.

Trazos sin tiempo Las cavernas fueron los primeros talleres de pintura que utilizó el hombre en su ascendente carrera por manejar las formas y el color.

Esos primeros intentos por captar la realidad fueron ejecutados por cazadores.

La pintura rupestre sin lugar a dudas marcó el origen de una de las manifestaciones culturales que la humanidad en su memoria colectiva no puede olvidar.

Esas representaciones también fueron empleadas como símbolos y signos para tratar de transformar la naturaleza.

Ese es el origen de un mundo que quizás llegó a su máximo esplendor en el barroco europeo miles de años después.

Al continente americano, que también alguna vez pintó, el color es de la escuela europea.

En el periodo Colonial la pintura regresa a buscar contenidos de forma y color en los hogares de los nobles que por su riqueza podían darse el lujo de redecorar sus estancias con nuevos tonalidades. De ese pasado feliz queda muy poco.