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LOS REELEGIDOS

Primero fue Alberto Fujimori. Ahora le tocó a Carlos Menem. Las reelecciones de los presidentes del Perú y de la Argentina motivan más de una reflexión. Si ambos mandatarios logran concluir sus respectivos períodos, y no de cualquier manera, sus experiencias estarían quizá señalándole nuevos rumbos constitucionales al continente.

20 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Hay que aceptar que en los dos casos dichas reelecciones parecen haber sido fruto de procesos electorales relativamente limpios. Sin embargo, tanto Fujimori como Menem acudieron con anterioridad a medidas antiliberales para permanecer en el poder. El primero cerró el Congreso y presidió un régimen autoritario que modificó la Constitución. El segundo utilizó todos los recursos del poder a su alcance para reformar la cláusula constitucional que prohibía la reelección inmediata. Perón tuvo que hacer algo similar para hacerse reelegir, aunque sería injusto equiparar las maniobras políticas de Menem a los artificios cuasi-dictatoriales de Perón.

De todas maneras, cualesquiera hubiesen sido los manejos que les permitieron a ambos competir por un segundo período consecutivo, los electorados del Perú y de la Argentina han expresado mayoritariamente su voluntad por el continuismo. Estas decisiones pueden tener efectos en direcciones contrarias: o causarán desestabilización o permitirán la consolidación de los procesos de reformas económicas y políticas que se adelantan en dichos países.

El riesgo de la desestabilización lo sugiere la experiencia, esa larga historia constitucional enemiga de la reelección en Latinoamérica. Ello lo ilustra la Argentina del siglo veinte. La segunda administración de Yrigoyen desembocó en la interrupción en 1930 del proceso democrático que se desarrolló en este país desde la segunda mitad del siglo 19. Los intentos hegemónicos de Perón agudizaron aún más una crisis política de cuyos efectos la Argentina apenas comenzó a recuperarse en la última década. Pero el caso extremo es quizá México. Allí una campaña anti-reelectoral fue el preludio de ese violento y prolongado conflicto que fue la revolución mexicana. Desde entonces los mexicanos prohibieron la reelección.

En la historia constitucional colombiana la reelección no ha sido generalmente de buen recibo. A la segunda reelección de Núñez siguió la guerra del 85. Sus siguientes reelecciones fueron posibles por la reacción nacional contra los extremos del radicalismo y porque, después de todo, Núñez mantenía cierta distancia del poder desde su retiro en El Cabrero. En el siglo veinte los resultados de la reelección de Alfonso López Pumarejo alimentaron nuevas resistencias constitucionales. Los colombianos adoptamos así una posición muy práctica. En teoría, la reelección era posible siempre que no fuese inmediata. Pero cada vez que un ex presidente intentó repetir, el electorado no le dio paso. Era este un régimen más sabio y democrático que el sistema prohibitivo (con nombre propio) adoptado por los constituyentes del 91.

A pesar de lo que pueda sugerir una lectura superficial de nuestra historia, pienso que en el pasado constitucional de Latinoamérica sobresale una tradición anti-reelectoral basada en claros valores republicanos. Gobiernos cortos, caras nuevas a cada momento para evitar la corrupción natural del poder; tales han sido nuestras aspiraciones y prioridades. Las reelecciones de Alberto Fujimori y Carlos Menem pueden motivar cambios en esta tradición constitucional. Ellas estarían indicando también cambios significativos en los valores sociales. Y una mayor apreciación del impacto que puede tener la continuidad en los buenos éxitos de cualquier gobierno. Todo depende de las segundas administraciones de los reelegidos. Quienes a su turno deberán sobrevivir las resistencias tradicionales de unos electorados que, si bien les han reiterado el mandato, pueden perder fácilmente la paciencia.