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LA REFORMA POLÍTICA, CAJA DE SORPRESAS

El señor Presidente, al revivir en Cartagena la propuesta de régimen unicameral, debatida sin mucha intensidad en ocasiones anteriores, debió prever que iba a provocar controversia en el país y escozor en los medios parlamentarios. Quizá no intuyera en cambio que abriría sin limitaciones la caja de sorpresas de nuevas reformas institucionales.

18 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Lo cierto es que se han formado dos comisiones paralelas con el encargo de diseñar el reajuste: la gubernamental con sede en la Casa del Ciudadano Eduardo Santos y la de origen congresional con base en el Capitolio. La existencia de estos cuerpos extralegales, no deliberadamente hostiles pero sí en contraposición, parece ser mal presagio de sus labores. Surgido el del Legislativo en forma de respuesta al del Ejecutivo, se caracteriza por su inclinación a desbordar los temas circunscritos señalados a éste.

Para mayor motivo de recelo, no se sabe a quien se le ocurrió bautizar el del Gobierno con el apelativo de miniconstituyente , sin caer en la cuenta de que equivalía a nombrar la soga en casa del ahorcado. Flaco servicio se prestó así a la credibilidad de las declaraciones presidenciales y ministeriales sobre la absoluta ausencia del propósito de repetir el licenciamiento de los legisladores en ejercicio. El que ha sufrido ya la operación teme que vuelva a practicársele.

El funcionamiento simultáneo de dichas comisiones puede dar lugar, y está dándolo ya, a pugna de ideas, principios e intereses. Si no se consigue fusionarlas, como es lo aconsejable, más que a resolver problemas vendrían a perturbar adicionalmente la atmósfera política, y, con ella, la colaboración recíproca de los órganos del poder. No digamos el trámite legislativo de proyectos fundamentales.

La sospecha de que la mal llamada miniconstituyente conspira contra el Congreso y de que la comisión de reajuste institucional salida de sus cuadros lo hace vengativa o preventivamente contra el Gobierno, en nada ayudan a la deliberación serena y reflexiva sobre temas de vasta importancia. El espíritu de cuerpo se exacerba en el Congreso sobre los rescoldos del eventual e íntimo sinbsabor por las ineludibles sentencias judiciales contra algunos de sus miembros. En defensa de la institución presuntamente agraviada, se cierran filas por encima de consideraciones banderizas.

Por lo pronto y por su misma fortuna, conviene reorientar y reencauzar las consecuencias inmediatas de la inicativa del señor Presidente. Poner término a la situación de colisión entre los respectivos comités y alinderar de común acuerdo sus fines específicos. El compromiso tácito sobre la intangibilidad de las normas constitucionales ha quedado en entredicho por obra de las circunstancias y de las frustraciones.

No habiéndose procurado desarrollarlas y templarlas en leyes complementarias de alto rango conforme se hiciera en 1887 con las del 86, y, además, viendo la física impracticabilidad o la impropiedad de algunas, su enmienda ha ido abriéndose paso en las conciencias.

El señor Presidente abriga la esperanza de que con una sola Cámara de menos miembros se contribuirá a la eficacia y agilidad del Congreso. Pero pide no llamarse a engaño sobre sus resultados porque otros problemas de fondo hay. Entre otros, el del régimen de los partidos, víctimas propiciatorias de morbos enervantes y destructores.

Como canales de la opinión han entrado innegablemente en crisis y más como vehículos para su representación institucional. En su perjuicio, la Constitución del 91 se orientó a estimular los movimientos, en explicable fidelidad a sus confusos y apáticos orígenes. Marchitados éstos, se acentuaron los vicios de la operatividad de aquellos.

Al amparo de las listas uninominales y de la definición de las circunscripciones, se extremó la dispersión en aras del grupismo y los costos de las campañas electorales se tornaron astronómicos. Los aportes financieros acabaron siendo factor decisivo, empezando por la propaganda y el prestigio. La dolencia venía de atrás, de los troqueles del clientelismo incrustado en el poder público. Sin embargo, no cabe duda de que se agudizó y de que por esa tronera entraron los dineros calientes. Por su misma dimensión, el narcotráfico.

Aunque fallara en algunos aspectos la Carta del 91, instituyó valiosas herramientas contra la corrupción y la contaminación delictuosa. Tales la pérdida definitiva de la investidura parlamentaria y la Fiscalía General de la Nación. A nadie con mediano juicio se le ocurriría echar atrás en esos ángulos neurálgicos. No obstante, otros instrumentos de la justicia es menester perfeccionar con miras a su eficiencia, sin llegar a extremos descabellados como el de suprimir la Corte Constitucional.

Dentro de la idea de reconstituir los partidos políticos, tambien se ha creido necesario el estatuto de oposición. Infortunadamente se han planteado iniciativas tan obtusas que vale la pena estar alerta. Por ejemplo, la de asignarle como cuota burocrática e ínsula de poder la función eminentemente técnica de la Contraloría General de la República. Sus vicios, engendrados en el pasado, no se curarían cambiando su color partidista.

De otras reformas ha hablado el señor Presidente. Entre ellas, del funcionamiento de Asambleas y Concejos. Con extrañeza echamos de menos el caso de la expropiación por vía administrativa, inaplicable en las relaciones internacionales, y de la soberanía del Banco de la República que ha complicado en extremo el manejo armónico de la economía colombiana.

Pese a haber agravado las cosas la ley reglamentaria, susceptible de enmendarse por el Congreso, es uno de los puntos vitales que una reforma política de alto vuelo no debiera excluir por la necesaria limitación de sus horizontes.