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LA REELECCIÓN DE MENEM

Con su pronosticada y resonante victoria del domingo, Carlos Menem ingresa al exclusivo pináculo de presidentes reelegidos, en un siglo, al lado de prohombres que han dejado huella profunda, controvertible pero imborrable, en la historia de Argentina. Julio Roca, artífice de la conquista del desierto y personero de la elite conservadora creadora y modernizante, Hipólito Irigoyen, arquetipo del radicalismo reformista y de las clases medias en ascenso constructivo; Juan Domingo Perón, caudillo militar y de los desheredados en busca atropellada de redención.

18 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Forjado en las canteras del peronismo y de los inmigrantes, encarna hoy pragmáticamente una coalición político-social que aparece divorciada en muchos aspectos de las banderas y de los planteamientos del justicialismo original. Se las ha ingeniado, laboriosa, implacablemente, para simbolizarlo y a la vez, canalizar las ambiciones de sectores que fueron adversarios enconados de ese movimiento. Dueño de una personalidad arrolladora, sin inhibiciones, intuye los resortes más íntimos del alma de una nación en proceso de sedimentación. Maneja con habilidad, sin contradictor de su talla, el entramado complejo de los factores de poder argentino, que presentan ciertas especificidades diversas de las de otras naciones de la región. Allá opera una cierta simbiosis de clases populares y medias en que juegan la movilidad típica de las migraciones masivas con el impacto de un sindicalismo que, aunque disminuido, mantiene algunos rasgos que le imprimió el populismo peronista.

A más de su carisma sin rival y de su desconcertante capacidad de manipulación, muchos analistas coinciden en señalar tanto los factores del éxito del primer gobierno de Menem como de sus fallas, que ahora se atravesarán perturbadoramente en el segundo. Haber sacado a la Argentina de la hiperinflación y la inestabilidad financiera que todo lo afectaban, es sin duda su más notable logro.

El plan de convertibilidad ideado por el ministro Cavallo, que garantiza la paridad del dólar y el peso, ha sido el motor para las altas tasas de crecimiento económico y la reaparición de la confianza en los inversionistas. Desde fines del 94, sin embargo, reaparecen desequilibrios fiscales y el espectro de una crisis como la mexicana no ha desaparecido. El desempleo (más del 12 por ciento) es peligroso en un país que no lo conocía en esas dimensiones. Muestra el efecto perverso del neoliberalismo extremo en la fábrica social. El resultado de ciertas privatizaciones es materia de objeciones. La corrupción en ciertos círculos cercanos al poder es una amenaza de primer orden para el edificio menemista.

Esos fueron los elementos principales que impulsaron el ascenso del Frepaso (Frente País Solidario)), en breve lapso, hasta obtener seis millones de votantes, que seguramente constituyen una fuerza con la que hay que contar, más allá de sus efectivos parlamentarios. Más que el bipartidismo lo que se rompió fue la tradicional presencia equilibrante del radicalismo, representativo de arraigados valores nacionales. El responsable directo es el ex presidente Alfonsín, un hombre honesto rodeado por algunos deshonestos al final desastroso de su gobierno en 1989.

Argentina, como una de las tres grandes de América Latina tiene una gravitación evidente en su rumbo, en nuestra proyección global. Ninguno de los proyectos regionales o de los esquemas integracionistas, tienen viabilidad sin su anuencia. Por ello, a más de los lazos cordiales del afecto, es necesario ponderar objetivamente su devenir, incrementar la cooperación y la concertación solidaria. Nada hace presagiar un cambio en la política exterior de Menem centrada en la voluntad de situar a la Argentina como un país desarrollado, desligado del tercer mundo. En tal condición ha atraído considerables inversiones. Es hoy aliado firme de Estados Unidos, aunque sin dejar de mirar a Europa, con la cual mantienen relaciones comerciales prevalentes.

Ha estimulado acertadamente a Mercosur, mucho más dinámico que el Grupo Andino, en cuya compatibilización deberemos insistir con miras a construir un acuerdo intra-subregional viable, realista. El presidente Menem retiró a la Argentina de los No Alineados, por considerarlo un impedimento para la nueva imagen pro-occidental y próspera de su país, y por creer que tampoco le sirve en la inteligente rectificación de la línea bélica para recuperar las Islas Malvinas, que no va a ser fácil y a corto plazo. Debemos celebrar, con su elección, ante todo, la consolidación de la estabilidad democrática en la Argentina, nación que estuvo sometida desde el golpe de 1930 (contra Irigoyen) a la intromisión militar cuasi permanente en el conjunto del Estado, hasta el punto de figurar como una inestable república pretoriana. Para una presencia más equilibrada de América Latina en el nuevo orden global, resulta necesaria una Argentina genuinamente más convencida de su destino común con nosotros.