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UN DÍA CON LOS KOGIS DE LA NEVADA

Ubicada al norte de los sueños y del mapa de Colombia se encuentra la Sierra Nevada de Santa Marta, para sus amigos La Nevada . En la agenda de nosotros los soñadores, ocupa lugar preferencial. Nos llamamos soñadores los nómadas que vivimos la vida viviéndola; los demás la viven espantándola para no pensar en la muerte. Hay mucha diferencia, no? Lo siento! Los soñadores somos seres del retorno. Para John Alexander Bejarano, mi compañero, era la primera vez.

18 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Pedro Díaz nos invitó a Valledupar. Y nos adentramos en La Nevada guiados por el agrónomo Adolfo Olmedo. Fueron dos horas en campero hasta Atanquez, en los repliegues de la montaña. Los indios atanqueros ya perdieron sus valores. Ahora andan a la zaga de nuestra flamante civilización.

A pie nos vamos hundiendo en los recodos de La Nevada, la más alta montaña del mundo a orilla del mar. Y la más alta de escalar. En efecto, arranca de cero metros en el Parque Tayrona y alcanza 5.770. Quien la suba debe superar ese desnivel (en cambio quien escale el Everest solo debe ascender 3.848 metros, porque se parte del Glaciar de Khumbu ubicado a 5.000 metros y la cumbre de la montaña se halla a 8.848 metros).

Arribo a tierra india Los kogis, arhuacos y arzarios son descendientes de los altivos tayronas que encontraron los españoles a su arribo a América. Habían llegado a un grado de impresionante progreso material representado entre otras cosas por una ingeniería admirable: dominio de las construcciones en los declives y armonía y respeto de las mismas al medio ambiente. Todo ello unido a una cosmovisión de impresionante profundidad.

Durante 75 años, entre 1525 y 1600 los conquistadores virtualmente los aniquilaron en ejercicio de una brutalidad que no conoce parecidos con otras reducciones de aborígenes en Colombia y en América.

Al cabo de una hora de camino llegamos a San José de Maruámake. Es un poblado de una docena de casas pajizas. Olmedo nuestro guía es amigo de los kogis y adelanta entre ellos y los arhuacos programas de Corpocesar para salvar las cuencas de los ríos, especialmente del Guatapurí.

Cuando John Alexander preguntó qué significa bonachi, término con que nos califican los kogis y arhuacos, se sintió casi avergonzado. Bonachi significa civilizado. Somos en verdad civilizados? Los kogis son bellos, de rostros angulosos y facciones que combinan dureza y elegancia. El pueblo estaba solitario; aparecieron tres indios borrachos. Uno de ellos cargaba una grabadora con vallenatos a todo volumen. Al hacerle las fotos subía aún más el volumen al aparato.

Seguimos una hora más a pie hasta Maruámake. Al entrar cruzamos el río utilizando un puente kogi. Es una viga central y a lado y lado un entramado de gruesos bejucos. Una auténtica obra de arte e ingeniería.

Mientras Olmedo y Alfredo Hernández (hijo de wayúu y de arhuaca) enteraban a los kogis de los últimos planes de Corpocesar, John y yo subimos a una colina a mirar y fotografiar el pueblo. Serán 40 casas pajizas rodeadas por un sembrado de coca, la coca. Y en medio la kankurua o casa ceremonial. El conjunto es de una belleza impresionante. Durante el día los poblados están vacíos; hombres y mujeres se hallan en las labores del campo.

Un rito de amistad Era domingo y los hombres estaban conversando mientras se entregaban al rito de la coca. En la mochila llevan las hojas de hayu (coca).

Al masticarlas se produce una saliva amarga. Untan con ella la punta de un palo largo y fino que introducen en el poporó (especie de calabazo). Dentro de él hay polvo de cal que sacan de calcinación de conchas marinas. El palo sale untado del polvo que al ser llevado a la boca y al contacto con la saliva libera la cocaína. Es un auténtico laboratorio bucal. Luego con el palo van empapando la parte alta del poporó en el que se va formando una corona de color amarillo. Allí van quedando, dicen los kogis y arhuacos, los pensamientos, las reflexiones, las conversaciones. Bello rito.

Los kogis construyen casas de planta circular. En cambio los arhuacos las fabrican cuadradas y no viven en pueblos sino en casas diseminadas por valles y montañas. El vestido de los indios es hermoso: gran túnica blanca, pantalones anchos del mismo color, el gorro blanco, y las dos mochilas cruzadas. Una de ellas para el infaltable poporó.

Cuando los indios se saludan cada uno lleva la mano a la mochila, saca un puñado de hojas de hayu y las entrega al interlocutor. Rito que parecería tonto pero que es de un significado raizal. Uno, bonachi, civilizado, piensa tontamente: si cada uno se da un puñado, para qué sedan? Y cuando alguien recibe, recibe con las dos manos a manos llenas. Por qué? Porque el que recibe con generosidad, también da con generosidad. Uno, allí, calladamente, va admirando y aprendiendo de unos seres hermosos que nos llaman civilizados .

Da tristeza ver las lomas peladas. Colonos y terratenientes han ido talando y quemando inmisericordemente esta nevada, origen del agua de la zona turística del norte del país. También los indios kogis y arhuacos, con sus ancestrales prácticas de cabras han ido devastando la sierra. Por donde pasan estos animales no vuelve a crecer el verde.

El río Guatapurí, que yo conocía hace 16 años, era uno de los más bellos de Colombia: bosques a lado y lado, aguas verde-azulosas, grandes pocetas, enormes y redondeadas rocas. Hoy el río se prepara para su agonía: el caudal da lástima, en partes tiene más arena y rocas que agua, sus afluentes por la margen derecha en la Sabana de Crespo todos se secaron.

Civilización? Bajamos de la colina a conversar con los kogis. Al principio recelosos y luego amables. Mientras los hombres hacen rito de la coca las mujeres tejen mochilas de lana de oveja. Ellas mismas han preparado el hilo. Las más valiosas son de colores naturales: blanco, negro y gris, pero también se encuentran mochilas, teñidas artificialmente con colores vivos. Los niños son numerosos y bellos. El mamo o mama, sacerdote muy respetado entre los kogis y arhuacos, ejerce gran influencia no solo en el aspecto religioso sino en asuntos de gobierno y económicos. Su sabiduría incluye conocimientos sobre plantas medicinales. Los mamos son preparados desde pequeños para este oficio.

Regresamos al atardecer. Recibiendo primero el viento fresco y luego la limpia lluvia rumiábamos la sabiduría de los kogis. No juzgues a nadie hasta que no hayas caminado una milla con sus sandalias . Teresa (ella era mi madre) lo decía de otra manera: Hijo no juzgues tan fácilmente porque nadie sabe lo de nadie.

Atanquez y Chemesquemena son dos poblados en los que la cultura de los indios como se ve en el cemento, las calles y las construcciones, ha desaparecido. Tanto kogis como arhuacos luchan ahora desesperadamente por salvar sus tradiciones, su rico mundo, su idioma, sus costumbres. De regreso a Valledupar, al otro día, pasamos admirando los pocos charcos que todavía conserva el Guatapurí y visitamos Badillo, célebre por los vallenatos y la custodia.

En la capital del Cesar persona que se respete porta su mochila kogi o arhuaca. Nosotros también. Ellos sin querer burlarse nos llaman bonachis, civilizados. Qué tal, ah?