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PEDERNERA FUE EL FÚTBOL

Eran cerca de las cinco de la tarde de este viernes 12 de mayo. Estábamos en la redacción de El Gráfico. Uno de los muchachos atendió el teléfono, murmuró algunas palabras y colgó el auricular. Miró a los que los rodeábamos y con voz grave, sentida, respetuosa, balbuceó dos palabras: Murió Pedernera...

14 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

A los 76 años , cuatro meses y 27 días de vida, es casi un hecho lógico que un ser humano se tope con la muerte, destino natural, enigmático y temido. Tratándose de Adolfo, sin embargo, fue una noticia sorprendente, inesperada.

En el país del fútbol, él fue el fútbol.

El 90 ó 95 por ciento de los cronistas deportivos en actividad no hemos visto jugar a Adolfo Pedernera, nos perdimos su arte, debemos contentarnos con imaginar sus proezas, leer sobre sus hazañas o escuchar deformados relatos de su destreza. A cambio, todos sabemos quién fue, quién es Adolfo Pedernera en la historia de este juego.

Uno empieza a tomar conciencia de tal o cual persona al percibir el trato que le dispensan sus congéneres, aquellos que le conocen más, que lo han frecuentado . En un país como Argentina, en el que los valores están tan alterados, donde el irrespeto es una forma de vivir, donde se cuestiona desde el Papa hasta San Martín, decir Adolfo Pedernera es hacer, casi, una alusión sacra. Don Adolfo, o el Maestro, es una de esas pocas cosas unánimes de las que podemos ufanarnos. Es casi un prócer mucho más allá de lo meramente futbolístico, es una figura ciudadana, una imagen inmaculada, una personalidad intocable.

En mi vida vi a nadie tan respetado. No temido, Querido, respetado, venerado. Nunca nadie habló mal de Pedernera. Fue un hombre de códigos de vida tan estricta para con él mismo que el futbolista excepcional que habitó en él quedó empequeñecido por la leyenda del hombre intachable, incorruptible, leal, digno de toda dignidad.

Se cuanta que en ocasión de una gira por algún país de Suramérica, salieron a tomar unas copas Adolfo Pedernera y José Manuel Moreno, su fabuloso compañero de la máquina de River Plate. Al rato de estar en una mesa, Moreno trabó conversación con una señorita, con la que salió del local.

Esperáme que ya vuelvo , le pidió Moreno a Pedernera.

El Charro se olvidó por completo, se le fue toda la noche y, ya de mañana, volvió al hotel donde se hospedaba el equipo. Preguntó por Pedernera; No volvió , le contestaron. Salió corriendo hacia el cabaret donde había estado y lo encontró a Adolfo, sentado a la misma mesa, firme como un soldado.

Todavía estás acá? .

No me pediste que te esperara...? .

Ese era Adolfo Pedernera.

La prensa y los públicos de la época le endilgaron todo tipo de apodos: el Napoleón del Fútbol , El Geómetra , El Maestro , La Biblia . Menciones todas rimbombantes que su humildad desdeñaba. Prefería decir que era una apasionado que tuvo la suerte de llegar a primera y ser internacional.

Demasiado simple para quien fue el genial director de juego de la Máquina, la más fantástica línea delantera que se haya visto jugar en este país, cuya integración la sabe hasta un chico de diez años: Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau.

Don Adolfo. Cuando él llegaba a alguna cena, a un acto de premiación o una simple reunión de ambiente, el murmullo de admiración recorría la sala con una exhalación: Llegó Adolfo...! .

Adolfo Alfredo Pedernera nació el 15 de noviembre de 1918 en una ciudad ultrafutbolera: Avellaneda. A los 16 años, en 1935, debutó en la primera de River.

Cuatro veces campeón con la banda roja, dejó La Máquina para, tras un breve paso por Atlanta y Huracán, ir a dirigir desde el centro del ataque el mítico Ballet Azul de Millonarios, otro quinteto célebre compuesto por Reyes, Antonio Báez, Pedernera, Di Stéfano y Mourín. Tres títulos colombianos, campeón de América en 1941 y 1946, autor de más de 200 goles, 25 temporadas en primera división, el currículum pierde fuerza ante los valores humanos.

Amaba a Colombia, país que le cobijó con idolatrías y respeto, y al que volvía de tanto en tanto citado por los recursos. Adoraba enseñar a los chicos, y al momento de su muerte seguía siendo director general de fútbol amateur de River Plate. Fue un ganador nato, pero le importaban muy poco los títulos, mucho menos los oropeles.

Pasó su vida entera intentando conseguir el más duradero de los galardones: el de la dignidad humana. En este terreno se retiró campeón invicto.

River Plate quiso que sus restos fueran inhumados en el club. El había dejado un pedido expreso de que fuera en una casa fúnebre común, como una más. No quería un cotejo multitudinario en la despedida. Su modestia no lo hubiera soportado.

Un día tenía que ser. Y fue. Murió Pedernera, Don Adolfo, un prócer del fútbol.