Archivo

LORENZO JARAMILLO, PUNTO APARTE

Era artista a pesar suyo. Cuando una persona es un artista de verdad verdad, esa fuerza es más grande que él mismo. Es como nacer marcado, como si ese espíritu se apoderara de un cuerpo para poder pintar .

14 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Ese extraño espíritu que se apoderó de Lorenzo Jaramillo Mora hizo que en sus manos siempre tuviera un pincel, un lápiz o un carboncillo.

Ese espíritu se encargó de que en su cabeza nunca faltara una idea, un proyecto, una imagen para pintar.

Ese espíritu se cercioró de que nunca dejara de pintar desde que dio muestras, a los dos años y medio, de que podía hacerlo. Ni siquiera bajó la guardia cuando su cuerpo, enfermo y fatigado, no resistía largas jornadas de trabajo.

Por ese espíritu, precoz, insistente, intenso y obsesivo, fue que Lorenzo nunca pensó en hacer otra cosa que no fuera pintar. Por eso nunca incursionó en la escultura ni en las instalaciones ni en nada diferente que no exigiera trazo, color, dibujo y sobre todo figura humana.

Para un pintor hay dos grandes temas que pintar: el hombre y la intensión de su alma. Lo primero es fácil, lo segundo muy difícil , le escribió una vez a un amigo suyo.

Y en ese intento por mostrar al ser humano exploró diferentes aspectos que siempre trató de agotar en sus series: homenaje a Calder, cabezotas, figuras (precolombinos), caras, fiesta, las muchachas extravagantes. bodegones, ángeles... Pero también intentó con diferentes materiales: óleo, lápiz, grabado, carboncillo, crayolas...

Un equipo de refuerzos Sin embargo, ese espíritu no actuó sólo. Tuvo ayuda terrenal . Su mejor aliada fue Yolanda Mora, su madre, quien descubrió su talento y se encargó de que lo cultivara. El talento es como una mata que hay que regar todos lo días . Por eso lo hacía pintar a diario.

Ella misma fue quien lo llevó a los 13 años al taller del maestro Juan Antonio Roda para que aprendiera en serio. Tres veces por semana pintaba junto al maestro.

Pero ellos no fueron los únicos aliados de ese espíritu. También lo fue el ambiente en el que se crió: su padre historiador (Jaime Jaramillo); su madre, antropóloga; una biblioteca rica en títulos, vivir en otros países, pasear por los museos más importantes de Europa y Estados Unidos, y presenciar unas reuniones familiares llenas de artistas, escritores, políticos e investigadores...

De ahí que Lorenzo no fuera sólo un artista, también era un intelectual. Era cultísimo y se adentró en los temas de la literatura y el teatro. Leía de todo: autores japoneses, mucho teatro, pero sobre todo a Proust. Le gustaba leer en el idioma original. Hablaba inglés, francés, alemán, italiano y estaba aprendiendo ruso , comenta su hermana Rosario, quien también heredó ese ambiente culto y se fue por la danza y el teatro.

Tal era la afición de Lorenzo Jaramillo a la lectura, que su madre debía esconderle algunos libros, porque aún no tenía la edad para leerlos.

Ser tan buen lector le permitió ser buen conversador. Rosario recuerda que siempre tenía sus teorías, muy particulares, sobre todo. Era un completo sofista y muy versátil. Tenía mucha facilidad para cambiar de tópicos y para ir de un extremo a otro. Así era su personalidad. Podía ser supremamente frívolo pero también supremamente trascendental. Lo mismo era con la literatura y con la música. Le gustaba mucho la ópera, la música de cámara, la clásica pero igual adoraba la música mexicana, la ranchera arrabalera.

Esa misma versatilidad también le permitía disfrutar del teatro siempre llegaba con la obra leída así como de los espectáculos nocturnos de bares y los musicales. Claro que en ninguno se divertía tanto como en el cine, su verdadera pasión. Desde que descubrió el cine nunca se puedo desprender de él. La televisión no fue un referente. En cambio el cine lo llevó a hacer hasta un álbum de actores, cuando tenía 10 años. Recortaba sus fotografías y les escribía los nombres y las películas en que habían actuado.

Y todo esto lo encontraba, junto y como le gustaba, de buena calidad, en París, ciudad en la que vivió durante dos temporadas, atraído más que por los museos que ya conocía por la vida cultural, por el cine, por los amigos, por el ambiente, por la comida... Porque le encantaba comer bien. Siempre hizo lo que quería, se gozó cada momento de su vida .

Incluso lo hizo en los últimos meses de su vida, aún cuando su cuerpo no respondía a las ganas que tenía de hacer muchas cosas. Sin embargo, se dio el gusto de pintar a todo color. como nunca antes lo había hecho.