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PIEDAD CÓRDOBA, LA HIJA DE YEMAYÁ

Presentación, una mujer de raza negra, alta y delgada, vestida de color solferino, hizo un cuenco con sus manos y las sumergió en las aguas del río Naya.

14 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Frente a ella, semidesnuda, estaba la recién casada, una joven de piel canela, ojos grandes color miel y labios prominentes y gruesos.

Presentación dejó rodar el agua por el cuerpo de la joven mientras pronunciaba las oraciones heredadas de sus antepasados africanos. Luego, le cubrió la piel con esencias de plantas y volvió a rezar. El calor era sofocante en este inhóspito rincón del Valle, a unas dos horas de Buenaventura.

El ritual para favorecer la fecundidad, la prosperidad, y la armonía de la mujer que había contraido matrimonio tres días antes en una capilla de Medellín, se repitió varias veces durante los dos días siguientes.

Casi 22 años después, aquella joven de piel canela se ha transformado en una mujer robusta, madre de cuatro hijos, abogada, senadora de la República y miembro de la dirección alterna del Partido Liberal. Allí es conocida por defender la participación de la mujer y las negritudes en la vida política del país.

Está la doctora Piedad Córdoba? preguntan algunas de las personas que llegan hasta su oficina, en el tercer piso del edificio del Senado, en el centro de Bogotá. A veces ella asoma su rostro, antes de que su rubia secretaria pueda decir algo, y grita con un inconfundible acento paisa: Quiubo hermano, vení, vení... .

Y cuando tiene tiempo habla por horas y horas, y suelta estruendosas carcajadas bajo la luz de neón que resalta el leve tono rojizo de su cabello rizado.

En Medellín -donde nació hace 40 años- siempre nos miraron como personas raras , dice Piedad Córdoba. Vivía en el barrio La América, con sus padres y sus nueve hermanos. Era una familia paisa tradicional, excepto porque su madre es blanca, de ojos azules, nacida en Yarumal, y su padre, de raza negra, provenía de Negua, un caserío pobre, pobre a orillas del río Atrato, cerca a Quibdó.

Los muchachos iban a tocar la puerta de la casa solo para mirarnos e insultarnos. Nos gritaban espantalavirgen, teléfono, negros mis zapatos y otras cosas , dice Piedad Córdoba. Era una vaina llamativa en una sociedad tan racista y clasista como la sociedad antioqueña , explica.

Su madre, Lía Ruiz, hacía grandes esfuerzos para evitar que esas manifestaciones acomplejaran a sus hijos. Y su padre, Sabulón, por meterlos de lleno en el estudio, la poesía y la música clásica, y alejarlos de todo lo que significara rumbas y amoríos.

Lía Ruiz todavía es maestra en una escuela del barrio Betania, un sector marginal de Medellín. Allí estudia el hijo menor de Piedad Córdoba, César Augusto, de nueve años.

De bonche en bonche Sabulón, su padre, fue licenciado en Español y Literatura, y profesor universitario hasta que murió hace tres años. Era muy estricto, con solo hablar ya estaba uno petrificado, y nos daba unas pelas terribles .

En ese medio se fue forjando el carácter fuerte de Piedad Córdoba. Aprendió a declamar con una profesora particular y se ganó casi todos los concursos intercolegiados de Antioquia. Recitaba poesía clásica y luego poesía negra.

En el Centro Educacional Femenino de Antioquia, Cefa, donde hizo su bachillerato, tenía fama de pila pero también de necia e insoportable, tanto que muchas veces duró medio día plantada al sol, con los brazos levantados.

Además, fue campeona nacional intercolegial en los cien metros planos y promovía grupos de teatro, bailes, bazares, jornadas cívicas. Estaba metida en cuanto bonche había en el colegio , dice. Como si fuera poco, desde los 15 años asistía a clases de bellas artes de la universidad Bolivariana.

A los 18 años se casó con Luis Castro y entró a la facultad de derecho de la misma universidad. Representando a la Bolivariana se ganó el premio al mejor declamador de Antioquia, por encima de 120 participantes. Dos años después nació Juan Luis, su primer hijo.

Cuando se graduó ya formaba parte de los grupos de negritudes en las barriadas de Medellín, hasta que comenzó a oír los debates protagonizados por William Jaramillo, y un día se presentó en su sede política.

Luego, Piedad Córdoba fue juez de rentas, tesorera del municipio, auditora del politécnico Jaime Isaza Cadavid, contralora auxiliar, secretaria general de la alcaldía, diputada a la asamblea departamental, representante a la Cámara, senadora de la República y directora alterna del Partido Liberal.

Durante ese recorrido, Piedad Córdoba alcanzó a pensar que su condición de mujer negra había sido relegada por su capacidad de trabajo y por su posición vertical frente a la corrupción y el narcotráfico. Pero hace dos semanas, en un debate en Medellín, sintió que se repetía la historia del barrio La América cuando uno de sus enemigos políticos me gritó negra hijuetantas, negra chocoana , dice Piedad Córdoba.

Por un momento pensó que de nada había servido ser elegida, durante tres años consecutivos, como la mejor funcionaria de la alcaldía de Medellín, Y recordó las palabras que un amigo le dijo cuando se iba a lanzar al ruedo político: Tienes que estar preparada porque hay dos cosas que no te van a perdonar nunca, que sos mujer y sos negra, y además no sos rica .

De su herencia negra, Piedad Córdoba se siente inmensamente orgullosa. Su apartamento del barrio Conquistador, en Medellín, está lleno de esculturas, cuadros y otros objetos alusivos a la cultura negra.

Currulao y salsa Hace tres años, durante un encuentro femenino en Costa Rica, una anciana africana la bautizó por el rito negro con el nombre de Ayo , que significa la alegría ha vuelto a casa .

Piedad Córdoba viaja con frecuencia a Negua, donde pasaba sus vacaciones de niña, para recibir los baños de plantas de parte de sus tías, Sixta y María Inés. A su madre también le recibe las estampitas con la imagen de la virgen y las oraciones al niño Jesús.

Pero en el fondo, ella sigue siendo fiel devota de las siete potencias , las deidades africanas, especialmente de Yemayá, la virgen negra. Soy hija de Yemayá , dice Piedad Córdoba en tono convincente. En Medellín, a veces se reúne con unas amigas para tomar té chino y prender incienso y velas blancas.

Este jueves, antes de salir para una entrevista radial, Piedad Córdoba saca de su cartera un frasco de vidrio, tallado y regordete, y se frota las manos con una esencia de plantas y pepas rojas que contiene los secretos de sus antepasados.

Para ella, el otro ritual sagrado es el baile. Fue dueña de dos tabernas de música afrocaribe en Medellín, asegura haber visto a todos los duros de la salsa, incluso en el Madison Square Garden de Nueva York, y hace lo posible por no perderse cada año el concierto de orquestas en la Feria de Cali.

Pero así mismo viaja a cualquier rincón del Pacífico para hablar con su gente, elaborar proyectos y bailar currulao, pero casi nunca se toma un trago. Y ha recorrido todas la zonas conflictivas de Antioquia.

El Bagre es una de ellas. En ese pueblo minero se tropezó una vez con Presentación, la mujer del vestido solferino que le hizo los ritos de la fortuna en el río Naya. Presentación andaba con una batea de madera para lavar oro, pero la suerte no andaba con ella. Después de la sorpresa, Piedad Córdoba le dió lo del pasaje para que la mujer regresara en flota a Buenaventura.