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MAGDALENA FETY DE HOLGUÍN

Hace apenas un mes falleció doña Magdalena Fety de Holguín y bien podría servir de epígrafe de este escrito el verso de Regnier: Il est sans doute trop tot pour parler encore d elle (Sin duda, es demasiado pronto para seguir hablando de ella).

14 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Magdalena Fety fue una mujer excepcional, fuera de serie. Venía de una familia mitad francesa, mitad colombiana por varias generaciones. Nacida en París, tuvo la suerte de haber asimilado las dos culturas en forma tan cabal que lo mismo hubiera podido ser excepcional en Francia, como lo fue en Colombia.

Proveniente de una familia acomodada, su gente se vio obligada, a raíz de la gran crisis de 1930, a radicarse en Colombia, en donde contaba con una numerosa parentela.

Don Jorge Fety Restrepo, su padre, fue un personaje singular. Su sola presencia física denotaba un caballero de la belle epoque . No obstante haberse podido escudar en su condición de colombiano por nacimiento para sustraerse al servicio militar francés en la primera guerra mundial, optó por presentarse como voluntario y participó en los episodios de aquella epopeya. Otros, como el cantante Carlos Gardel, y algunos compatriotas nuestros de padre francés, pero nacidos en Colombia, invocaron su condición de latinoamericanos para emboscarse , como se decía entonces, y no responder al llamado de la patria de ultramar.

Célebre es el concepto sobre un caso que se presentó con este motivo, siendo Canciller de la República don Marco Fidel Suárez. El giro idiomático, un tanto extraño, pero propio de la prosa del señor Suárez, es familiar para los estudiosos del Derecho Internacional: el caso del pretenso francés . El ejemplo del patriotismo del padre sirvió para que sus dos hijos, Luis y Alberto, imitaran su conducta en 1938. Ambos participaron en las batallas del norte de Africa. Luis perdió la vida en Siria y Alberto participó en la reconquista del territorio francés al unirse a los franceses libres y hacerles frente en el desierto a las tropas del General Rommel.

Nada tuvo que extraño la admiración de aquella hija única por los varones de su estirpe. La más famosa de las cantantes entre las dos guerras, Lucienne Boyer, a quien recordamos todos los jóvenes de aquellas edades remotas, como se habla ahora de Elvis Presley, había tenido más que una debilidad por su padre, según ella misma lo relataba. Este caballero, chapado a la antigua, era tan afortunado con las mujeres como desafortunado en negocios. Intentó provocar a duelo a Juan Lozano y Lozano, a raíz de un escrito suyo sobre un negocio de armas durante el conflicto con el Perú. Lo agredió físicamente en plena Calle Real, aprovechando su estatura, pero el asunto no pasó a mayores.

En ese ambiente señorial y, en cierto modo, extranjerizante, se formó Magdalena. Una inmensa curiosidad la singularizaba desde niña. Quería saber todo, enterarse desde los temas más profundos hasta los más frívolos y tenía a su servicio una inmensa sensibilidad. El ansia de conocimientos corría parejas con su acendrada compasión por el prójimo. Bien hubiera podido decir como el filósofo: humana soy y nada del humano me es extraño .

Sus libros, breves y concisos, son el testimonio más elocuente de estos rasgos de su personalidad. Algunos son relatos de viajes o evocaciones de lugares de su infancia. Otros son poemas, unas veces en prosa y otros en verso, que sorprenden por su originalidad en el fondo y en la forma. En sus experiencias de turista se adivina el afán de conocimientos a que me vengo refiriendo. En la poesía, su inmensa sensibilidad que le permite captar los más inopinados matices. Valgan la pena estas líneas sobre las sonrisas de los niños: Adoro esos pasos vacilantes o firmes que recorren los aposentos como si todo les perteneciera, desde el umbral de las antiguas puertas hasta el azul distante de las lomas .

Me sorprende no verla citada en las antologías de autores colombianos.

Con el transcurso del tiempo sus inquietudes espirituales se fueron concentrando en el estudio de la psicología. Por años, puso en práctica sus conocimientos al servicio de sus conciudadanos y de gentes de otros países, cuando las misiones diplomáticas de su marido la llevaban a residir en ciudades como Washington, en donde frecuentaba las clínicas de enfermos mentales y ponía a prueba sus experiencias anteriores.

Su curiosidad de adolescente, que a los quince años intentaba descifrar el acertijo psicológico de por qué el autor de una canción clásica francesa, modelo de ternura: Le temps des cerises , (La estación de las cerezas), fuera durante el levantamiento comunista de la Comuna de París al mismo tiempo un asesino, una especie de La Quica de nuestros días, llevó a Magdalena a acabar comprendiendo y perdonando todo, hasta llegar a convertirse en el ángel guardián de los enfermos condenados a muerte por enfermedades incurables. Gran parte de los días de sus últimos años los dedicó a levantarles el ánimo, o, a enseñarles resignación profana a los pacientes de la Fundación Fraternidad de la Divina Providencia del Hermano Ray Schambach.

Es esta una institución singular en donde se preparan para bien morir en breve término, los cancerosos, los tuberculosos, los sidosos y los más irreparables minusválidos... A semejanza de los pastores de almas de inspiración religiosa, Magdalena los ayudaba a encaminarlos por el camino de la aceptación de lo inevitable, haciéndoles menos amargos sus últimos días. Todo cuanto había acumulado en conocimientos y lo que con su intuición de mujer conseguía captar del alma humana, lo dedicaba a preparar para el viaje sin retorno a sus pacientes. La Providencia la premió ahorrándole su propia agonía, al permitirle que nunca despertara tras haberse dormido plácidamente al lado de los suyos.