Archivo

LA MISTERIOSA PAZ DE LOS KATÍOS

Los últimos árboles que fueron derribados en el parque de los Katíos no se utilizaron en la construcción de casas para colonos y nativos. Mucha de esta madera fue extraída con fines comerciales.

14 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Es que la mayor dificultad para la preservación de la flora y la fauna radica en que hay que meterse con el estómago de la gente , dice Francisco Giraldo, el jefe del parque. Sin embargo, los cuidanderos afirman que ese pulmón del Urabá permanece intacto.

Esta es una muestra de las contradicciones y misterios que rodean estas 72.000 hectáreas, que hace dos meses fueron declarados por la Unesco, patrimonio de la humanidad.

La misma paz que se vive aún en la reserva tiene sus secretos. El parque está rodeado por territorios donde se viven conflictos armados entre la guerrilla y los paramilitares, que han obligado al desalojo a los emberá Katíos, viejos habitantes de la región.

La presencia de la subversión también es un misterio. Según los cuidanderos, los guerrilleros solo pasan por aquí de vez en cuando. Pero todo indica que en una de esas pocas apariciones se llevaron al científico canadiense Steffen Gordon y al jardinero holandés Markus Bernardus Schaareman, a principios de 1992. Nadie ha vuelto a saber nada de ellos.

De acuerdo con las versiones de guías y vigilantes, en el parque todo sigue siendo natural, incluido el calor asfixiante y pegajoso.

Olegario García, un negro de piel reseca y cuarteada, de 54 años, de los cuales, 18 los ha pasado entre la exuberancia de la vegetación, dice que aquí no tenemos los problemas de otros parques del país, no hay coca, ni guerrilla, ni colonos .

A comienzos del presente año se reportó la existencia de cultivos de coca en predios del parque. Sin embargo, las autoridades realizaron la inspección y encontraron que las plantaciones no estaban en el parque, sino en territorio panameño, a cien metros del límite con Colombia.

Hay quienes insisten en que a la zona sur han llegado colonos a sembrar maíz, arroz, sacar madera y cosechar coca. Los campesinos insisten en que esa planta ni siquiera la conocen. Lo cierto es que los pequeños cultivos se localizan en la frontera con Panamá donde existe otro parque natural de ese lado, el Darién, con 500.000 hectáreas.

Tala sin motosierra La mayoría de los pobladores, cerca de 1.500 habitantes de Bijao, Tumaradó y Puente América que están establecidas en sus cercanías, se dedican a la caza y la pesca de subsistencia.

Su despensa es el parque. De aquí sacan madera y cazan, apenas para sobrevivir, medio vestirse y comer , dice Giraldo. Y es que nadie les ha ofrecido alternativas para un modo de vida más suave con la naturaleza.

Tienen escopetas artesanales y de vez en cuando incursionan y matan un saíno o un mico. En otras ocasiones son sorprendidos tumbando árboles, pero la madera la emplean para reparar o construir nuevas viviendas , señala el jefe del parque. Ademas, ellos hacen selección de maderas, es decir, no se talan árboles de raíces grandes ni un bosque completo.

Lo que preocupa a las autoridades es que algunos colonos han comenzado a tumbar bosque para vender madera. Pero los cuidanderos dicen que esa no esa una actividad constante.

Según Giraldo, por ahora no corren peligro las asociaciones de ceiba bonga y palma de mil pesos, que se da en las zonas altas. Seguirán limpias y puras las aguas de las cascadas de El Tilupo, El Tendal y La Tigra y las ciénagas de Tumaradó.

También continuarán su vuelo las 450 especies de aves -de las 1.700 que posee Colombia, la primera a nivel mundial en avifauna- y podrán estar tranquilos los tigres, tigrillos, leones, pumas, dantas, monos, marimondas y las otras 460 especies de mamíferos que existen en el lugar Taponazo a la aftosa En la espesura del bosque, los monos gritan y cientos de loras cotorrean encaramadas en los árboles que rodean las cabañas del centro administrativo del Inderena en Sautatá, donde se alojan los visitantes.

Sautatá, como se llama el caserío, fue a comienzos del siglo un gigantesco ingenio azucarero. Allí existió un comisariato, un ferrocarril de 15 kilómetros, había escuela, hospital y tenían hasta su propia moneda para comercializar.

Posteriormente, en lo que hoy es el Parque de Los Katíos se fundó una gran hacienda ganadera. Hacia 1977, cuando el país empezó a darse cuenta de la riqueza e importancia natural de esta zona, le fueron compradas las tierras y las mejoras a los colonos que se habían asentado en la zona.

Además, hay otros aspectos que han contribuido a la preservación del parque. El Gobierno de los Estados Unidos no permite que por esa zona se abran vías carreteables por temor a la expansión de la fiebre aftosa, enfermedad que afecta a la ganadería colombiana. Es más, el Departamento de Agricultura de ese país ha invertido grandes cantidades de dinero en un plan antiaftosa tendiente a mantener alejado el mal de la frontera con Panamá.