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LA HORA DE LA DEMOCRADURA

Catorce muertos dejó tremenda balacera hace cuatro días entre la policía y traficantes de droga en la favela Nova Brasilia de este bello pero cada día más convulsionado paraíso carioca.

14 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Hace dos semanas hubo un enfrentamiento parecido 13 muertos en otra de las miserables barriadas que cuelgan encima de Rio. El mes pasado, hordas de muchachos descamisados pero armados hasta los dientes, descendieron sobre una avenida de Ipanema, bloquearon las calles y despojaron a decenas de personas de sus billeteras, joyas y carros. Es una modalidad criminal que se repite con alarmante frecuencia.

Así están las cosas en una de las más bellas y exuberantes ciudades del mundo, donde este fin de semana se registraron setenta muertes violentas. Y es que tras la majestuosidad de sus playas y paisajes; de la voluptuosidad de sus mujeres y la elegancia de sus edificios y avenidas, una sórdida corriente de violencia carcome a Rio de Janeiro, sitiada por una ola de crimen callejero y malestar social que refleja los contrastes de este fascinante y gigantesco país de 155 millones de habitantes.

No es de extrañar, pues, que crezca el clamor por mano dura. En estos días los presidentes de la República, el Senado y la Cámara, coincidieron en que la violencia ha llegado a su límite de tolerancia, y que la seguridad ciudadana en Rio es hoy una prioridad nacional. La otra cara de la inseguridad rampante es la profunda corrupción de la Policía Federal, que todo el mundo califica como un cáncer que socava cualquier respuesta del Estado a la criminalidad.

Si por allá llueve, por acá no escampa, podría ser el típico consuelo de los tontos. Para quienes vivimos en un país como Colombia, las balaceras de Rio pueden incluso parecer escaramuzas insignificantes. Pero en Brasil, una nación sin cultura de violencia, estos sucesos son profundamente desgarradores.

No solo porque lesionan en el exterior su imagen tradicionalmente alegre y amable y han comenzado a afectar el turismo, sino porque también cuestionan la capacidad de la democracia brasileña para resolver el problema de marginalidad social, que está en la base de sus explosiones violentas. Y sobre todo porque tienden a opacar la gran batalla que está ganando el nuevo Gobierno del presidente Fernando Henrique Cardoso. Ese eterno mal que ha destrozado la economía brasileña: la inflación, que ya lleva casi un año por debajo del tres por ciento.

Para Brasil esto es un hecho histórico de proporciones heroicas. Con una crónica inflación de tres cifras como la que ha padecido hace décadas, no hay salario, ni ahorro, ni reforma social, ni cambio democrático que valga. Como ministro de Hacienda, Cardoso logró parar la inflación e introdujo en julio la nueva moneda el real que sigue a la par con el dólar.

Increíble, pero cierto. Y es la explicación de que, en un país con tan grandes problemas de desigualdad y pobreza, este ex socialista apacible y pragmático haya derrotado ampliamente en la elección presidencial de septiembre al carismático populista de izquierda, Lula da Silva. El brasileño ya no come cuento. Solo cree en resultados, y Cardoso ha producido el más anhelado de todos: una moneda estable.

Para consolidarlo, debe librar ahora otra dura batalla: la reforma del Estado. Privatizar las gigantescas empresas oficiales (siderúrgicas, telecomunicaciones, petróleos, etc.), racionalizar el sector público, cambiar el ruinoso sistema de pensiones, redistribuir el ingreso con impuestos equitativos, son las banderas que hoy agita un Presidente que cuenta con un amplísimo respaldo de opinión.

Lo va a necesitar todo para enfrentar a los enemigos del cambio: un Congreso heterogéneo y lleno de intereses clientelistas y los poderosos sindicatos estatales, que ya han iniciado huelgas contra la reforma del Estado.

Qué pasará si las roscas parlamentarias o burocráticas logran bloquear los planes de Cardoso? La mayoría de analistas políticos coinciden en que sería el desastre. Aquí ya no hay paciencia para más fracasos y frustraciones.

Después de veinte años de dictaduras militares (del 64 al 85) y de casi diez de interinidades presidenciales (la muerte del presidente Tancredo Niebles significó el gobierno gris del vicepresidente Sarney y la caída de Color de Melo, el igualmente incoloro de Itamar Franco), los brasileños tienen al fin un Presidente de verdad. Y quieren que gobierne y cumpla.

El editor político de O Globo, el primer diario de Rio de Janeiro, me comentó que si a Cardoso lo paraliza el Congreso podría y debería recurrir a una fórmula a lo Fujimori, para lo cual contaría con un abrumador respaldo de la población.

Semejante escenario significaría que Brasil se sumaría a las crecientes democraduras de América Latina. Es decir, a países como Perú, Venezuela, Bolivia o Argentina, cuyos presidentes han recurrido a alguna forma de autoritarismo para sacar adelante sus programas de gobierno. Con notable beneplácito popular, no sobra advertirlo.

Ya sea para combatir el terrorismo, reformar el Estado o asegurar la estabilidad y el desarrollo económico, en América Latina parece estar imponiéndose una suerte de caudillismo democrático, como respuesta a la corrupción, división o simple ineficacia de los partidos políticos.

Los meses venideros nos dirán si la democracia más grande del Continente, este Brasil mágico y festivo de la samba y el carnaval, de Romario y Ayrton Senna, se convertirá también en una democradura .