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ESPEJISMO DE UN DESIERTO QUE TERMINA EN MAR

A las 7 de la mañana salí de Windhoek hacia una verdadera aventura africana. El viaje era con cuatro colombianos más que íbamos montados en un Wolkswagen Golf GTI alquilado en Avis. El destino final era llegar a la playa de Namibia de la cual nos habían hablado maravillas, pues tenía como atractivo el hecho de encontrarse en pleno desierto.

13 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

El camino era incierto porque sencillamente este país es totalmente incierto. Pero como buenos colombianos salimos sin nada más que muchas ganas de aventurar, de conocer algo de Namibia y de alejarnos de Miss Universo.

Y nos encontramos con el desierto. Una palabra de la cual uno se imagina muchas cosas, pero no alcanza a pintar en la imaginación sino hasta que se encuentra uno con su verdadero significado.

Era el desierto. Salimos de Windhoek con medio tanque de gasolina para llenarlo en cualquier estación en la que además compraríamos unas latas de gaseosa. Pero lo que no sabíamos era que esa gran autopista por la que viajábamos se iba a convertir pronto en una carretera destapada y que una vez nos retiráramos de la ciudad no habría otra sino 390 kilómetros más adelante.

Era el desierto. El paisaje árido al principio, con árboles y luego totalmente naranja por el color de la arena, se fue convirtiendo en toda una pesadilla para nosotros que no encontrábamos dónde llenar el tanque. Le pedimos a cualquier persona que pase que nos ayude , decíamos en nuestro acostumbrado folclorismo criollo. Pero tampoco contábamos con que durante cuatro horas de viaje sólo veríamos un automóvil.

El negocio Era un namibiano que sólo hablaba alemán. Y cómo explica uno en alemán que necesita gasolina? Y de pronto oímos hablar a Carlos Chávez en un perfecto alemán. El nos contó que veinte kilómetros adelante había una finca de un alemán que tenía gasolina. Al llegar a Rosa Blanca (curiosamente el nombre de la finca era en español), nos encontramos con un hombre muy amable pero que no dejó de hacer negocio con nosotros.

No puedo vender gasolina porque me multan. Es para mis vehículos únicamente , dijo. Sin embargo, cambió de opinión.

Los 80 dólares namibianos que nos cobró por la gasolina nos pareció la plata mejor invertida del paseo (30 dólares norteamericanos).

Luego de oír varios cuentos suyos emprendimos de nuevo el camino hacia nuestra aventura en medio de un paisaje que sólo salía de su monotonía cuando, a lo lejos, veíamos alguna avestruz, antílope o mico.

Cinco horas después de haber salido de Windhoek llegamos a Swakpmund, un lugar alucinante donde la playa se confunde con el desierto, y donde las dunas le dan al paisaje un sabor muy diferente al que habíamos visto durante cuatro horas seguidas.

Fue descubrir la magia de este país que muchas veces parece de otro mundo. El mar junto al desierto es algo que casi no se puede describir, pero que logra despertar un sentimiento de tranquilidad.

Para regresar tanqueamos en la primera gasolinera que vimos en esa ciudad y tomamos el camino más largo pero menos impredecible. Una enorme autopista en la que de vez en cuando se atraviesan los antílopes pero en la que se puede viajar a más de 120 kilómetros por hora, porque como es común en este país, no pasa ni un alma.