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JORGE ROJAS

Duele en el alma la muerte del poeta por antonomasia. A la memoria salta la música alada de sus versos. De sus delicados susurros de amor. De sus cantos a la rosa, la mujer y las ciudades. Entre otros, aquel sobre el cuerpo de la patria, con su espuma y su piedra curvada dulcemente sobre el hombro de América , en el que presentó a Pablo Neruda el retrato estremecido de su suelo y de sus aguas. Promotor del brillantísimo grupo poético de Piedra y Cielo , nunca ocultó la influencia de Juan Ramón Jiménez, el celeste abuelo que le legara la forma de su huida . Ni la de Góngora, a quien su generación, como la española del 27, restableciera en su sitial de incomparable creador de belleza. El mismo habría de serlo a lo largo de su vida, entre laborioso y sibarita.

13 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Fue además hombre de acción, empresas y recursos. Colonizador de tierras altas, tuvo casa sitiada de piedra y agua corriente , y, según lo confesara, huerto de nubes, rebaño de ovejas, música del viento. En ese marco campestre lo recordamos, enfundado en grueso saco de lana, con su mirada soñadora sobre las luces distantes de Bogotá. Orgulloso de dirigir caminos, de plantar bosques y disfrutar crepúsculos.

Poeta mayor de Colombia, con él se va un trozo de nuestras propias vidas. En su exigente obra de orfebre literario encontramos siempre motivo de sorpresa y deleite y en su amistad testimonio vivo de lo que fuera su noble madera humana.