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CONTIENDA IDEOLÓGICA

La celebración del cincuentenario de la victoria aliada sobre las potencias totalitarias no puede prescindir de destacar que con ella se dirimió la contienda entre dos ideologías. Empeñada en los campos de Europa al precipitarse la invasión de Polonia por las tropas nazis, desde el principio giró en torno de la posibilidad de rechazar o de permitir los desbordamientos de fuerza.

11 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

El mismo Hitler planteó el conflicto como la disyuntiva entre dos regímenes: el de las democracias decadentes, anquilosadas en sus costumbres licenciosas y sus complejos mecanismos, y el del autoritarismo mesiánico, enérgico y veloz, regido con mano de hierro por hombres providenciales.

El mundo apenas estaba saliendo de la gran depresión del comienzo de los años treintas. A uno y otro lados se luchaba contra el espectro del desempleo. Con férrea disciplina el totalitario, sacrificando la mantequilla a los cañones. Con obras civiles el democrático, siguiendo el criterio de Franklin D. Roosevelt de aplicar valores más nobles que el simple provecho monetario.

Hasta cierto punto, fue una competencia a ver cuál era más eficiente: si el que conducía a la guerra, encarnado en un cabo de los ejércitos del antiguo imperio alemán, o el que desplegaba sus energías al amparo de la libertad con el símbolo de un paraguas británico, y, al fondo, una silla de ruedas en los todavía neutrales pero no indiferentes Estados Unidos.

De por medio estaban las reparaciones desmesuradas exigidas a Alemania por razón de la guerra de 1914-1918. Mentalidades británicas tan lúcidas como la de John Maynard Keynes comprendieron que ahí radicaba el germen de otra gran conflagración. No se oyeron sin embargo sus voces de alerta.

Se prefirió insistir en cobrarlas mientras Hitler armaba vengativamente a su patria y la galvanizaba con sus consignas totalitarias de claro acento racista. Su elección ha debido poner en guardia a los demás pueblos. Pero no. Pese a sus preparativos, Winston Churchill clamó en el desierto, mientras el Primer Ministro Chamberlain, iluso y pusilánime, paseaba su rama de oliva.

Repercusiones en Colombia Desde su antesala en la guerra civil española, los colombianos vivieron como propia la formidable confrontación. No pocos se entusiasmaron con el decisivo apoyo de Hitler y Mussolini al Generalísimo Franco.

Con desparpajo proclamaron que no había enemigos a la derecha y llegaron a vestir orgullosamente las camisas negras del fascio. La mayoría liberal se inclinó por la solidaridad militante con el bando republicano. El alineamiento se acentuaría durante la guerra mundial, con la diferencia de que algunos sectores franquistas adhirieron a la causa aliada.

Por haber sido debate profundamente ideológico, los líderes de las respectivas potencias ejercieron vasto influjo. Las personalidades superiores de Roosevelt y Churchill, ambos de palabra mágica, y, más adelante, la figura enhiesta de De Degaulle. En la contraparte, los delirantes Hitler y Mussolini, siempre de botas, en son de aplastante reto militar.

Necio sería desconocer que en Colombia tuvieron fervorosos seguidores. Por entonces se atribuía al totalitarismo pasmosa eficiencia, en contraposición a lo que se calificaba de indisciplina y molicie de los regímenes democráticos, aparentemente con la proclividad de llegar tarde a las batallas y citas de la historia.

Con su política del buen vecino y su promisorio New Deal , Franklin D. Roosevelt había sellado la reconciliación con la América Latina. Su influencia intelectual fue visible en los gobiernos y en los pueblos. Winston Churchill, a su turno, arrebató a las multitudes con la arrogante defensa de su patria, erigida en bastión de los principios liberales y democráticos. Lo mismo De Gaulle con su gesto y su mensaje.

Posteriormente, al romperse el pacto Molotov-Ribentrop con la arrolladora invasión de Hitler a la Unión Soviética, los comunistas hicieron causa común con los demócratas, en nombre de la resistencia heroica al nazi-fascismo. Como antes se creyó en ciertas zonas respecto de la derecha, prosperó la idea de que ahora tampoco había enemigos a la izquierda. La línea divisoria de totalitarismo y democracia volvería a aflorar al calor de la guerra fría. Colombia tomó el partido que tocaba, bajo la dirección de Eduardo Santos y Alfonso López Pumarejo.

De la atroz aventura hitleriana tendríamos visión dantesca al visitar a Alemania poco después de concluidas las operaciones bélicas. Alles kaput , todo destruido, se nos decía en Colonia, donde hasta una de las alas de su hermosa catedral había sido víctima de las bombas. Kilómetros de ruinas, de sótanos de lo que fueran viviendas. A golpes de propaganda, se engañó y llevó al sacrificio a un pueblo admirable que habría de resurgir estoicamente de entre los escombros.

Conformación del mundo Durante la guerra no era viable predecir con exactitud el mundo que habría de resultar del largo y sangriento conflicto. Quizás la preocupación principal fuera prevenir el desempleo y los morbos de crisis e inflación explosiva.

El escarmiento con las consecuencias económicas, sociales y políticas de la primera guerra mundial incitaba a tomar oportunas precauciones. Por sobre todo, a establecer cómo habría de transcurrir la desmovilización de los ejércitos, la reconversión industrial y el regreso a una economía de paz.

El tránsito se realizó en Estados Unidos sin ningún traumatismo, por su extraordinario poderío. El New Deal de Roosevelt había echado las bases del pleno empleo. En la Gran Bretaña, se habían adelantado planes coincidentes, pero el racionamiento de los consumos se prolongaría por varios años. Francia y otros países ocupados reencontraron su historia.

A los vencidos se les extendió la ayuda del Plan Marshall y vaya si supieron aprovecharlo. Alemania sorprendió tanto por la rapidez de su renacimiento como por su idoneidad para construir un régimen democrático y liberal sobre las cenizas del totalitario. Italia no se quedó atrás. Japón fue otro milagro.

El capitalismo, remozado en las fuentes keynesianas, demostró mayor vitalidad de la esperada. No debió entrar en cámara de oxígeno ni acudir a un sistema anfibio para su salvamento, conforme lo preveía en 1943 el tratadista Joseph A. Schumpeter. Merced a sanos, equilibrados y reflexivos derroteros, no condujo a situaciones como las que se presentaron en la primera post-guerra. La asimilación de lo social le permitió salir airoso. No haya de tornar a las formas primitivas.

En realidad, el mundo de nuestros días se conformó en 1945, pero nuevos factores dan trazas de ir transformándolo, al compás de la actual revolución tecnológica. Superada la amenaza totalitaria, lo que corresponde es saber enmarcarnos en las nacientes circunstancias y preservar con su modernización la vigencia de las instituciones democráticas. Empezando por los partidos políticos, si no hemos de derivar a lo que se ha llamado, en relación con América Latina, caudillos por consentimiento .