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EL DIABLO TIENE SU HISTORIA REAL

Con la palabra demonios designa la Sagrada Escritura a los ángeles malos. Llámense espíritus de las tinieblas, potestades de las tinieblas, es decir, del pecado, pues en el lenguaje de la Escritura, el pecado se representa bajo el símbolo de las tinieblas.

10 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Satanás es el caudillo de todos los espíritus del mal.

Otro nombre bíblico del príncipe de los demonios es el diablo, que viene del griego, del verbo diaballo, calumniar, poner asechanzas, es el que más le cuadra, pues el diablo es el insidioso por excelencia.

Muy frecuentemente es el nombre de Lucifer o Luzbel, que en su origen designa el lucero de la mañana. Llámase también Belial, que en hebreo significa el inútil, el maligno.

Belzebú, que significa señor de las moscas . Por antonomasia se llama el Malo, el Maligno.

Es llamado príncipe de este mundo en contraposición a Cristo, ante quien se debe doblar toda rodilla.

El demonio tiene una historia tan real y definida como la del hombre y como la de Dios en su intervención de la historia de Antropos.

Reducir la realidad del diablo a un juego de nombre de la cultura judía o del Evangelio y hacer chistes sobre si es lo mismo el diablo que el demonio, es superficialidad que puede desorientar al que busca doctrina y sólo halla juegos de palabras. Reducir la doctrina Católica sobre el diablo a una logomaquia no es digno ni de un filósofo, ni menos de un teólogo, ni mucho menos de un exegeta.

Decir que en el Evangelio no aparece ninguna verdadera posesión diabólica es negar un ángulo respetabilísimo de la misión de Cristo.

Nuestro Señor aparece enfrentado a posesos y en ellos dialoga el demonio con Cristo y se muestra como ser inteligente, dotado de voluntad que odia a Cristo, que se somete a Cristo de mala gana, pero se somete, que deja al hombre poseso, como se lo manda Cristo y cuando se lo manda Cristo.

Frases como: Viniste a atormentarnos, Tú eres el Hijo de Dios, somos legión porque somos muchos, permítenos entrar en la piara de cerdos.

Los relatos del Evangelio muestran a Cristo enfrentado al demonio, que impera al demonio sin miedo, que tiene dominio absoluto sobre el demonio.

Los Evangelios son claros, espontáneos, narran estos hechos sin pensar que tienen que hacer un montaje. Son el relato claro, preciso, perfecto en todos sus detalles.

Cristo es tan Señor del demonio como de la tempestad apaciguada, como del ciego de nacimiento, como del paralítico de Bethesda, como de los panes que multiplica, decir que no se trataba de verdaderas posesiones diabólicas es como decir que los panes que multiplicó fueron de viento, o que la tempestad fue pintada, o que el ciego no era ciego, o que el paralítico era el campeón de una carrera.