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NATURALEZAS DE LUMINOSIDAD Y FRESCURA

El reciente libro de Eduardo Serrano sobre el tema de la Pintura de Naturaleza Muerta en Colombia, desde su aparición en 1992, nos ha hecho tener más conciencia sobre la historia tan rica de este género. Su discusión sobre la tradición académica del siglo XIX y el papel que desempeñaron las mujeres pintoras en el desarrollo de la Naturaleza Muerta en Colombia, es particularmente ilustrativa. Los nombres de esas pintoras como Margarita Merizalde, Rosa Ponce de Portocarrero o Margarita Holguín y Caro, ciertamente no son nombres familiares en la historia del arte colombiano. Sin embargo, cada una de ellas contribuyó sustancialmente a la popularidad del género. Este es un hecho notable, dada la presión existente sobre las mujeres en las sociedades latinoamericanas (especialmente en el siglo XIX), de permanecer en el hogar y de dedicar todos sus esfuerzos a sus maridos y a sus hijos.

14 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

El siglo XX ha sido testigo de un aumento precipitado en el número de importantes mujeres artistas en toda América Latina. Algunas exposiciones recientes en Estados Unidos y en otras partes han subrayado las únicas contribuciones de tan significativas artistas como las brasileñas Anita Malfatti y Tarsila do Amaral, la cubana Amelia Peláez, y las mejicanas María Izquierdo y Frida Khalo como importantes iniciadoras del espíritu moderno en el arte latinoamericano. En el caso de estas artistas, muchas de sus imágenes más conocidas son las naturalezas muertas.

En Colombia, el registro de mujeres que ha contribuido sustancialmente en el panorama de la pintura moderna es bien conocido e incluye algunas figuras originales y de gran influencia como María Paz Jaramillo, Fanny Sanín, Beatriz González y Ana Mercedes Hoyos. La mayoría del trabajo actual de Ana Mercedes Hoyos comprende un conjunto de cuadros de naturaleza muerta que palpitan con la luz, el color y la riqueza visual de la costa marina norte, cerca a Cartagena. A esta honorable lista de mujeres artistas que han contribuido profundamente al desarrollo del arte contemporáneo en Colombia, debemos agregar el nombre de Margarita Lozano. Indudablemente, ella ha aparecido en la reconocida historia del arte colombiano, pero creo que vale la pena subrayar aquí la originalidad y frescura de su trabajo, enfatizando en el papel significativo que ha desempeñado en la evolución de la naturaleza muerta en su país.

Vitalidad convincente Frecuentemente, la pintura del género en América Latina ha sido vehículo para expresar no solamente las preocupaciones personales del artista o de manifestar la experiencia del artista en la manipulación de la luz, las sombras y el color en la descripción de elementos como frutas, flores u otros objetos. Desde el siglo XIX, muchos pintores han usado la naturaleza muerta como un vehículo para expresar algunas de las características esenciales de su identidad nacional. Este fue indudablemente el caso en el trabajo del gran pintor portorriqueño del siglo XIX, Francisco Oller. Amigo de Manet y de Cezanne, pintó muchas naturalezas muertas de frutas y verduras, identificadas solamente en Puerto Rico, creando así una imagen del país a través de esas pinturas. Los artistas mejicanos como Rufino Tamayo y, anterior a él, Diego Rivera, pintaban sandías una y otra vez, empleándolas como un símbolo de nacionalidad.

En algunas de las pinturas más recientes de Margarita Lozano, observamos una preocupación similar cuando pinta frutas y la vida floral que hablan más directamente de una identificación innata con ciertas regiones tropicales de Colombia. En el Frutero con paisaje tropical observamos un tazón voluptuoso de frutas tropicales colocado sobre una mesa. La mesa parece emerger de la densa expansión de la maleza de la selva detrás de él, denotando la exuberancia y riqueza de la tierra, una metáfora para la nación. En esas naturalezas muertas, en las cuales hay menos referencias evidentes de las frutas o flores que crecen en cualquier región específica de la nación, observaremos no obstante, un poco de especificidad cultural y geográfica. En el Bodegón en Azul , una pequeña figurita de un hombre a caballo sostiene una bandera de Colombia. En otro de sus trabajos, las cerámicas pintadas sobre tapas de mesas, generalmente son de una variedad local inconfundible.

Una de las cosas más notables en el trabajo de Margarita Lozano es la dedicación desplegada por la artista en evocar la verdadera esencia de cada uno de los objetos que pinta. Parece que existiera una vida convincente, inherente en cada fruta, flor u otro componente de sus pinturas. El gran historiador de arte Meyer Schapiro describió en un ensayo famoso la sensibilidad de las manzanas en varias de las naturalezas muertas de Cezanne. Schapiro manifiesta que cada una de las manzanas tiene una voluptuosidad propia. Algo semejante puede decirse de las pinturas de Margarita Lozano. En sus trabajos, le rinde homenaje a la individualidad y la calidad inherente casi sacramental de las frutas de la tierra que usa como sus modelos.

El carácter sagrado de la vida en sí misma está implicado en sus naturalezas muertas y en sus paisajes. Ella le habla al espectador de la innegable belleza de la creación, la generosidad de la tierra y las maravillas de la plenitud de la naturaleza. Algunos pueden tildar este entusiasmo para los obsequios trascendentales del universo como una marca de ingenuidad en este mundo escéptico de fines del siglo XX. Sin embargo, preferiría elogiar a Margarita Lozano por la fe que mantiene en la naturaleza y la prodigiosidad de la magnificencia del cosmos en un período en el cual perder toda la esperanza y la fe en la belleza del mundo constituye una regla antes que una excepción. El último conjunto de pinturas de Margarita Lozano puede, por consiguiente, ser visto como un himno a la naturaleza en su (tal vez perdido) estado utópico. Lógicamente, también son trabajos de arte para ser fervorosamente admirados por su técnica experimentada, así como su notable uso del color para llevar su mensaje y su genio.

(Traducción de Consuelo S. de Santa María)