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NUNCA MÁS

A partir de 1968, el cono suramericano se estremeció con un nuevo tipo de dictaduras: los regímenes militares que, inspirados en la famosa doctrina de seguridad nacional , bañaron en sangre a pueblos inocentes. Se iniciaron en Brasil, continuaron con el golpe chileno de 1973 en contra de Salvador Allende, protagonizaron el golpe blanco uruguayo de 1974 y remataron con los golpes y la guerra sucia argentina que comenzó ese mismo año tras la muerte de Perón.

09 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Los gobiernos norteamericanos, el Pentágono y la CIA, obraron entre bambalinas como apoyo seguro y conciencia tranquilizante. Las élites del mundo entero formaron un coro de aplausos y envidiaron su conducta. En menos de diez años, los militares del cono sur barrieron a los Tupamaros uruguayos, al ELN de Carlos Marighella en Brasil, a la Unidad Popular y al MIR chilenos, a los Montoneros y al ERP argentinos. De manera brutal y despiadada, toda la insurgencia fue pasada por las armas.

Pero bajo este propósito y pretexto, la población entera fue perseguida y azotada violando con sevicia los derechos humanos; apelando a la tortura, a las desapariciones, a la cárcel indiscriminada y al asesinato. La libertad, la dignidad, el saber, y el hombre, ardieron en las piras de las dictaduras.

Al lado de la insurgencia, cayeron también los inocentes, los inconformes, los desposeídos, los estudiantes enemigos de la infamia y de la sangre, los intelectuales que levantaron su voz para decir basta!; hombres y mujeres de un pueblo justo e indignado con la barbarie. Una de las generaciones más brillantes en la historia americana, cayó asesinada, murió en el exilio o llegó a sus últimos años en medio de la persecución y la crueldad amenazante. Pablo Neruda y Víctor Jara son símbolos elocuentes. Sin embargo, la suerte del sufrimiento acompañó también a Ernesto Sábato, Eduardo Galeano, Mario Benedetti y Jorge Amado; a los cantantes Chico Buarque, Violeta Parra y Caetano Veloso; a los científicos sociales Helio Jaguaribe, Francisco Weffort, Celso Furtado y Chico Mendes, en una lista inmensa de víctimas y perseguidos.

Pocos años después la ignominia comenzó a ponerse al descubierto: según documentos revelados en Brasil, las dos terceras partes de las víctimas asesinadas durante los gobiernos militares, eran estudiantes e intelectuales. Más de la mitad de los torturados sobrevivientes eran profesores y estudiantes universitarios. Fernando Enrique Cardoso, el actual presidente de la república, se cuenta entre ellos.

Hoy ha sido admitido que las madres de la Plaza de Mayo en Argentina tenían razón. Que fueron más de treinta mil víctimas asesinadas por las dictaduras militares y que, en muchas ocasiones, los generales presidentes, en persona, dieron la orden para que drogaran a los detenidos, se les arrojara desde naves en pleno vuelo, o se les dinamitara mar adentro. Mañana, cuando Pinochet deje de existir, se conocerá toda la barbarie chilena. Sus regímenes pasarán entonces a la historia como una larga noche negra de la cual nadie quiere acordarse y todos se lamentan.

La egregia figura de los ciudadanos presidentes colmados de medallas y charreteras será suplantada por el juicio implacable de la verdad iluminada. La conciencia irredenta de una sociedad silenciada o cómplice continuará sus golpes de pecho y llanto en la más clara censura a todo lo pasado. Y entre tanto, los sociólogos dirán como hoy en Argentina que la pobreza continúa mucho más grave que antes: en 1973, en el instante de la primer masacre contra militantes de la izquierda peronista en cercanías al aeropuerto de Ezeiza, la participación en el ingreso total nacional del cuarenta por ciento de la población de ingresos más bajos, llegaba a 16 puntos porcentuales. Hoy sólo alcanza once.

A lo largo del siglo XX, los militares argentinos constituyeron el pináculo de los militares latinoamericanos. Al lado de brasileños y chilenos, los uniformados gauchos fueron escuela y espejo en el cual querían mirarse sus homónimos del continente. Su carácter golpista fue siempre inigualable: desde 1930 hasta 1973, solo dos presidentes electos llegaron al término de su mandato constitucional. Ambos fueron generales gestores de gobiernos militares: Justo en 1932 y Perón en 1946. De los 16 presidentes que Argentina tuvo en ese período, 11 fueron militares. La Casa Rosada era el albergue natural para las botas y las armas.

Ojalá que su arrepentimiento actual sirva de nuevo como espejo: que su pecado confeso llegue a ser ejemplo de paramilitares y émulos; que la experiencia aborrecida se traduzca en dos palabras a lo largo y ancho de la soledad latinoamericana: Nunca más! Nunca más!