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UNA REVISIÓN DE FONDO PARA EL FESTIVAL DE MÚSICA CONTEMPORÁNEA

En pleno concierto del dúo Obermaier-Spour, un personaje ingresó al auditorio León de Greiff llevando como trofeo un paraguas y una red transparente que parecía contener huevos. Aquellos que se percataron del hecho, de inmediato reflexionaron sobre la fragilidad de las cosas, a propósito de algo que podría ser frutas, cebollas o bolas de icopor.

09 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

En el intermedio, la directora del festival subió al escenario para leer ininteligibles comentarios sobre las obras que no aparecían en el programa, y ofrecer fotocopias gratis de las mismas. Todo parecía fuera de lugar, pues la mayoría del escaso público estaba allí para escuchar música de Calvo por la Banda Nacional, cuyos miembros ensayaban a todo pulmón en los camerinos (a todo esto, los excéntricos músicos austríacos, estarían pensando en Cage y en su observación de que el silencio no existe). Antes, durante la inauguración del festival, la imprudente ( e inesperada) amplificación zumbada en los oídos de los asistentes quienes sufrieron a Ginastera en la voz de Marina Tafur ataviada con exquisitas mangas guajiras.

Tan solo mencionando la sorpresa de una compositora ecuatoriana ante el cartel que anuncia una conferencia que nunca había ofrecido, se puede advertir que el desarrollo de un evento de este tipo estará siempre expuesto a percances anunciados o no, y que su éxito dependerá de la capacidad para anticipar o solucionar inconvenientes de toda clase.

El asunto se complica entonces, cuando los invitados extranjeros comentan en voz alta que el caos se observa, refleja el estado general del país anfitrión, lo cual es una falsa impresión ( verdad?), que alguien con cara larga se apresura a desmentir, En verdad, el Festival Internacional de Música Contemporánea, cuya cuarta versión acaba de terminar, requiere de un acto de contrición que permita revisar los criterios y objetivos que se persiguen con esta convocatoria. En muchos casos, la buena fe no es suficiente, pues para empezar, el rótulo contemporáneo pierde su sentido específico cuando bajo su techo se cobijan expresiones que ni siquiera podrían aceptarse como modernas (Tres aires chilenos de Enrique Soro). Esta situación desconoce por completo la información que ahora circula en la radio, en discos y en imágenes de video, y la experiencia de nuevas generaciones en su contacto con el exterior.

La presencia de grupos de reconocido nivel artístico provenientes de Gran Bretaña, Suiza o Austria no modifica la impresión general de un evento en el cual, la ausencia de información previa sobre autores y obras, el cambio o cancelación de charlas y talleres y la acumulación de audiciones impidió un aprovechamiento racional del repertorio ofrecido.

El azar parecía la mejor regla. Mención aparte merece el apéndice acusmático del festival, marginado por voluntad propia en predios universitarios, cuya suficiencia técnica y la presencia de reconocidos expertos como Dohmont, Chowning y Roy, habría merecido un mejor acercamiento a un público menos exclusivo. En favor del festival debe destacarse el experimento de llevar algunos grupos a otras ciudades del país, así como la presencia significativa de compositores nacionales, quienes venciendo ambigedades administrativas, incertidumbres de financiación, de ensayos y de ejecución de sus obras, mostraron una visión actualizada del ambiente musical del país.

La muestra colombiana (Acosta, Carbó, Fuentes, Pulido, Reyes, Vega ...) ilustró el avance y la evolución de nuestras prácticas musicales en la última década, hasta el punto que la disminuida participación extranjera, pudo ser atendida en circunstancias difíciles con ideas y creaciones locales. Nadie discute la necesidad de continuar con este contacto directo con las expresiones musicales de nuestro días, sin embargo, acontecimientos recientes, hacen pensar en una frustración frente a un proyecto cultural estratégico como alternativa de práctica y creación de música nuevas.