Archivo

FINALES DE LEYENDA

La de hoy puede ser una de las noches más esperadas por los televidentes en los últimos tiempos. La noche en la que, por fin, podrán saber quién se queda con el corazón de Gaviota.

09 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

A pesar de los rumores, y de los finales anticipados, solamente cuando la palabra FIN aparezca en la pantalla, y suene por última vez el tango con acento cafetero que interpreta Carolina Olivares, los espectadores comprenderán que en realidad ha terminado la telenovela que ha gozado de mayor sintonía en la historia de la televisión colombiana.

Con el único propósito de poner a prueba la imaginación de los lectores, hemos querido proponerles algunos supuestos finales. Los demás corren por su cuenta.

Estilo María La pasión ya se había apoderado de Sebastián y Gaviota, cuando se supo que ella, en efecto, era hija de don Octavio Vallejo. Es decir que los amantes se descubrieron unidos no solo por el arrebato de sus corazones, sino también por la sangre que corría por sus venas.

Preocupado hasta el delirio con el romance de sus descendientes, don Octavio decide enviar a Sebastián a Londres, para así separarlo de Gaviota. Triste y taciturno, el hombre parte rumbo a Europa, y desde ese instante la pasión de los enamorados solo puede manifestarse por medio de las perfumadas cartas que permanentemente se envían.

Víctima de la epilepsia, María Gaviota le escribe a su amado relatándole la novedad, y en cada nueva carta le informa cómo la enfermedad la va consumiendo cada día con más fuerza.

Destrozado, Sebastián decide regresar para alentar a su enferma novia. Durante la larga travesía solo sueña con el momento en que sus labios y sus manos se unan de nuevo, y esta vez sí hasta la muerte.

Pero, oh crueldad: en el instante en que Sebastián se apea del carruaje que lo ha llevado hasta la paradisíaca hacienda Casablanca, María Gaviota le entrega a la parca su cuerpo y su alma.

Romeo y Gaviota El toque de Shakespeare Educados con las más rancias costumbres cafeteras, los Vallejo no podían admitir que una Olivares (peor aún, una Suárez) entrara al seno de su familia. Por eso, hicieron hasta lo imposible para desbaratar el amor de Sebastián más conocido en Filandia como Romeo y Gaviota.

Los señalados amantes se veían a escondidas, se amaban a hurtadillas, se entregaban en los recónditos desvanes y en los más secretos recodos de la Hacienda, hasta cuando el rencor de sus familias convirtió en imposible el tierno y puro amor que se profesaba la pareja.

Un buen día, desesperada, Gaviota pretende ahogar sus penas con una frenética dosis de aguardiente que la duerme a tal punto, que su cuerpo adquiere la rigidez de un cadáver. Sebastián, que llega para proponerle que huyan para siempre, la cree muerta y no soporta la terrible visión. Entonces, bebe un largo trago de roya líquida que lo fulmina de inmediato.

Cuando Gaviota despierta y encuentra a su amado, sin vida, junto a ella, se arranca la trenza sin piedad, y, presa del desespero, se clava en su pecho una puñalada mortal.

Conmovidos, los Vallejo y los Olivares deciden enterrar en la misma fosa a los amantes, quienes por fin ven hecho realidad su sueño de dormir juntos para siempre.

La Gavicienta Un cuento con final feliz En Filandia, Chinchiná y sus alrededores no se hablaba de otra cosa que del Congreso Cafetero. El apuesto príncipe de Proexport, Sebastián Vallejo, le daría a probar el mejor café a las invitadas que lo deslumbraran con su belleza.

La Gavicienta, que ardía en deseos de asistir al Congreso, no tenía los ropajes exigidos para la ocasión. Se encontraba muy triste porque no podría deleitarse con la visión de su príncipe azul, cuando un hada madrina le concedió el deseo de asistir al Congreso con el traje más hermoso y las joyas más delicadas. Solo una advertencia le hizo el hada: a las 12 en punto de la noche volvería a su estado natural.

Gavicienta asistió, pues, al Congreso Cafetero, y con su belleza deslumbró al príncipe Sebastián, quien le dio a probar de su propia taza el mejor café del mundo. Cuando el reloj empezó a dar las doce campanadas, la Gavicienta salió en carrera y abandonó el reciento, sin que el príncipe alcanzara a pedirle el teléfono. Sólo conservaba de ella la huella de su colorete en el borde de la taza.

Decidido a encontrarla, visitó a todas mujeres del mundo cafetero, para ver qué labios coincidían con la roja huella. Luego de mirar sin éxito muchas bocas, por fin encontró en los labios de Gavicienta aquella a quien su corazón buscaba. Sin dudarlo un instante, le propuso matrimonio, y la pareja fue la más feliz de toda la zona cafetera.

Sebastián de Bergerac La verdad, un siglo atrás Desde que vio a Gaviota, Sebastián de Bergerac quedó prendado de su belleza. Siempre soñó con su amor, pero nunca tuvo el valor de confesarle cuánto lo emocionaban su presencia, su voz, su recuerdo, su mirada... pero Sebastián la amaba en silencio y en su honor escribía los más bellos poemas.

Un día se enteró de por quién brillaban los ojos de Gaviota, y Sebastián supo que ahora sí tendría que enterrar para siempre las esperanzas de conquistar el corazón de la bella muchacha. El afortunado era un tal doctor Salinas.

Pero el corazón de Sebastián de Bergerac era grande y, en vez de luchar contra su contrincante, se unió a él. Consciente de que a Gaviota le gustaban el arte de las palabras y la magia de la poesía, le ofreció a Salinas escribir las cartas de amor que llevarían su firma.

Carta tras carta, Gaviota se enamoraba más del doctor Salinas, hasta que un día le pidió que, en lugar de escribirlas, le pronunciara de viva voz las palabras que tanto le gustaban. Salinas acudió a la cita, aunque en realidad era Sebastián quien le soplaba al oído los versos y los cumplidos. Pero Salinas, aburrido de la trampa, quiso hablar sólo, y Gaviota descubrió que algo raro pasaba. Descorazonada, se entregó al silencio, y solo recibía la visita de su amigo Sebastián, sin saber que una cruel enfermedad lo consumía.

Cuando lo supo era tarde... en una de sus visitas, Sebastián comenzó a agonizar en brazos de Gaviota, y sólo en ese momento, por las últimas palabras que salieron de su boca, supo que el hombre que alguna vez conquistó su corazón era, en realidad, Sebastián de Bergerac. Ya era tarde, sin embargo, para robárselo a la muerte.