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LOS ALIADOS 50 AÑOS DESPUÉS

RUSIA Alvaro Sierra Moscú

08 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Hay un solo país, de los que intervinieron en la guerra contra los nazis, que ve la gran carnicería de mediados de siglo con una óptica totalmente distinta: para la Rusia de hoy, la II Guerra Mundial, como la conoce Occidente, fue la Gran Guerra Patria .

Entre los aliados hay matices. Francia ve la guerra como país ocupado y liberado; Inglaterra con el albiónico orgullo del que nunca logró ser invadido; y Estados Unidos como vencedor, sin el cual los otros no habrían resistido. Alemania, por su parte, expresa menos la amargura de la derrota que los remordimientos de haber parido el fascismo. Todos ellos, aliados y sucesores de Hitler, tienen una visión común de la guerra. Pero Rusia, en esto, como en muchas otras cosas, tiene un punto de vista especial.

Pregúntele a cualquier ruso, no sólo viejito y veterano sino de edad media, por la guerra. Le dirá que entonces, por segunda vez, Rusia salvó a Europa de ser arrasada. Todo ruso opina que su país fue el único obstáculo, primero entre las hordas mongolas de Gengis Kan en el siglo trece, y después entre los nazis en los años cuarenta, y la integridad de Europa. Si no fuera por Rusia , le dicen a uno, Europa habría sido conquistada y destrozada por esas dos barbaries .

La URSS ganó la guerra a costa de pérdidas horrorosas: cerca de 38 millones de vidas segun los últimos estudios y más de 3000 ciudades arrasadas del mapa. Cada soviético, no sólo cada ruso, tiene en la familia, un veterano, un muerto y una medalla.

Rusia, y toda la URSS tuvieron sus peculiaridades stalinistas de guerra y posguerra, con las que no contó ninguno de los aliados ni Alemania. Caer preso, para un soldado soviético era peor que la muerte. A los prisioneros que lograban evadirse se los trataba en su patria como parias, se les impedía el trabajo, se les enviaba a campos de concentración o, en el mejor de los casos, eran aislados por la sociedad.

Pero está el orgullo de gran potencia. Las fiestas de los 50 años de la victoria de este 9 de mayo son una ocasión para, ya disuelta la URSS, rememorar el papel de gran potencia de su heredera, Rusia. Soviéticos fueron los primeros soldados en llegar a Berlín; soviéticos quienes colocaron la primera bandera sobre el Reichstag destruido; la URSS se quedó con buena parte de Alemania por 45 años; y, globalmente, entre los soviets y occidente, se repartió el mundo en dos partes no bien terminada la guerra.

País vencedor, y orgulloso de serlo. Pero donde a nadie, por ejemplo, se le ocurre por estos días cuestionar la anexión del Báltico, de parte de Polonia y Rumania. Y donde a toda costa se procura no rememorar que mientras Polonia y Checoeslavaquia eran aplastadas por la máquina nazi, Stalin se sentaba tranquilo a la sombra del pacto vergonzoso de no agresión que firmaron los cancilleres Ribbentrop y Molotov en 1939, con el compromiso de no agredirse y con la cláusula secreta de la anexión de varios territorios de Europa Oriental a la URSS.

Con la disolución de la URSS no pocos rusos empiezan a ver la guerra como un episodio contradictorio, pero para la mayoría, sobre todo para los viejos, el 9 de mayo, sigue siendo la fiesta soviética, no rusa, más importante. Por algo es la única de las celeraciones tradicionales que no ha sido abolida después de la disolución de la URSS. Es la fiesta de la gran potencia.

GRAN BRETAÑA Nicolás Rocha Londres El 8 de mayo de 1945 toda la población de Londres se volcó en el centro de la ciudad para rodear al rey y a Winston Churchill, el primer ministro que la guió por los peores momentos de la guerra. Jubiloso, el pueblo británico celebraba con alivio la capitulación de la Alemania nazi.

A primera vista, parecería que ese día de 1945 no guardara relación alguna con la metrópolis que hoy se aglomera en las calles del centro para asistir a los actos de conmemoración de esa fecha. Las incontables imágenes en blanco y negro que se transmiten a diario por la televisión parecen recuerdos borrosos no solo de otra época, sino también de otro lugar. Pero pese a que la inmensa mayoría de la población que hoy habita estas islas no sufrió en carne propia los terribles bombardeos de la Lutwaffe ni padeció los horrores de las batallas, muy pocos se han marginado de las celebraciones, pues todos quieren rendir tributo a quienes con su sacrificio frenaron al nazismo cuando ya toda europa occidental había sido invadida.

A pesar de la presencia del Canciller alemán en las celebraciones, todo el mundo está consciente de que las heridas aún no han curado del todo. Gran Bretaña se ha reconstruido y hace mucho tiempo superó los años de escasez y el racionamiento que caracterizaron la vida nacional hasta mediados de los 50. Hoy en día, el país es aliado y socio de Alemania en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y en la Unión Europea, pero millones de vidas perdidas e incontables sufrimientos no se olvidan en 50 años, tampoco el hecho de que la segunda guerra agudizo la decadencia británica.

El resentimiento contra la nación germana sobrevive en las nuevas generaciones y es por ello que estos días de celebraciones se han concentrado en que no desconozcan las enseñanzas del pasado, para evitar que se repitan sus errores.

ESTADOS UNIDOS Marcela Sánchez F.

Washington Hoy, al cumplirse 50 anos del fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa, Estados Unidos celebra sobriamente extraviado aún en el vago recuerdo de una victoria que ni siquiera entonces pudo celebrar definitivamente. A las 9 am del 8 de mayo de 1945 el Presidente Truman proclamó el Día de la Victoria en Europa. En su mensaje recordó, sin embargo, que aunque el occidente era libre el oriente permanecía encadenado.

Los estadounidenses recibieron la noticia calmada y agradecidamente , afirmó el New York Times del 8 de mayo de 1945, pero descansaron definitivamente solo tres meses más tarde tras la derrota de las fuerzas japonesas en el Pacifico. Y así finalmente Estados Unidos se unió a los aliados en la celebración del fin de la que llegaría a considerarse la ultima buena guerra . Una guerra que había unido a los estadounidenses, como nunca lo haría nuevamente, en torno a una causa que fue considerada unánimemente noble y justificada. La crueldad del Tercer Reich constituía una fuerza del mal de la cual la humanidad debía deshacerse, el nazismo representaba una amenaza que sin lugar a dudas había que derrotar.

A pesar de las palabras del General Eisenhower sobre un conflicto en que los hombre libres del mundo marcharon juntos hacia la victoria , pronto la historia del mundo se dividiría en torno a dos potencias que habían madurado con la guerra pero en direcciones opuestas. El muro de Berlín se elevaría por 40 anos mas para recordar que antiguos aliados no habían ganado la paz definitiva para el mundo moderno.

En una de las escasas columnas de opinión publicadas recientemente sobre el fin de la Segunda Guerra desde el punto de vista estadounidense, Michael Dobs señaló en The Washington Post que en un mundo donde el yen y el marco alemán reinan por encima del dólar, la libra y el rublo se podría concluir que la Segunda Guerra Mundial la perdieron Estados Unidos, Gran Bretaña y Rusia y la ganaron Alemania y Japón .

Pero más que económicamente, en su columna publicada ayer en el Washington Post, Dobbs presenta a Estados Unidos como un país debilitado política y diplomáticamente por sus dos principales victorias de este siglo: la Segunda Guerra y la Guerra Fría. Dobbs coincide con otros analistas en lamentar la ligereza con que Estados Unidos se apresuro a situarse como el único líder de un nuevo orden mundial donde conflictos nacionalistas darían pronto mucho que desear al objetivo de una paz duradera y nuevamente pondrían a Estados Unidos frente a una victoria inconclusa.

FRANCIA Santiago Gamboa París Franceses, hemos ganado la guerra , dijo el general De Gaulle el 8 de mayo de 1945 al firmarse la capitulación de la Alemania nazi. Hoy, 50 años después, es tal vez Francia el país que más dividendos ha obtenido de esa victoria, habiendo sido el que menos riesgos tomó. A diferencia de Gran Bretaña, Francia no fue destruida durante los 5 años de guerra por la rápida rendición en 1940 y su posterior colaboración con el Tercer Reich promovida por el régimen de Vichy. Su población no fue diezmada, como la soviética, y sus industrias y sus campos se mantuvieron activos durante todo el periodo de combates, alimentando y produciendo para el proyecto militar de Hitler.

En tanto que país, Francia no combatió a Alemania. Fueron más bien algunos franceses, resistentes dirigidos por De Gaulle desde Londres y luego Túnez los que sí lucharon. Pero terminada la guerra, Francia (y sobre todo De Gaulle) logró invertir las cosas y presentarse como nación ganadora, asumiendo que la verdadera Francia no era la de Petain, colaboracionista, sino la de De Gaulle, resistente y heroica.

Hoy la sociedad francesa ha digerido su pasado colaboracionista durante la ocupación nazi dejando ese período en el desván de los recuerdos incómodos, y los jóvenes de ahora estudian en los colegios la gesta aliada como una gloria nacional. Prueba de ello fueron las fastuosas celebraciones de la Liberación de París el año pasado y la enorme fiesta por el desembarco en Normandía, operación que marcó el inicio del fin del Tercer Reich y de la cual De Gaulle tuvo noticias apenas 24 horas antes.

Está también la celebración de hoy, la cual dejará perplejos a muchos veteranos de guerra británicos que recuerdan los bombardeos de Londres hechos por aviones de la Luftwaffe que habían sido construidos en las fábricas del régimen de Vichy.