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PARÍS DESDE EL DISTRITO 19

Hay un carnicero bretón en el distrito 19 de París que debe aparecer -tal vez con otro nombre, quizás con otro oficio- en alguna de las páginas de Luis Sepúlveda. Cuando el escritor chileno llega a su boucherie a comprar el bife de la semana, siempre hay un motivo para quedarse ahí unas cuantas horas, en torno a una botella de Calvados: la literatura.

07 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Y es que este bretón vende carne para vivir. Pero su verdadera profesión es otra: lector.

Algo similar ocurre con el panadero del Boulevard de la Villete a donde Sepúlveda va en busca de sus baguettes, y con el vendedor de frutas de este distrito proletario de París, a donde va con cierta frecuencia con la esperanza de encontrar un jugoso camueso, llevado legal o ilegalmente desde el puerto de Valparaíso.

En París todos leen. Es una de las cosas que a Sepúlveda más le gusta de esta ciudad, a donde llegó por unos días en 1980, y decidió quedarse. Llegó para visitar a ese monumento de la literatura que se llama Julio Cortázar, y no sabe si fue la ciudad, o la entrañable amistad que entabló con el autor de Rayuela, o una mezcla de las dos cosas, lo que lo ató de manera irremediable a la Ciudad Luz.

Los populares de París El año pasado, Sepúlveda compartió con el mexicano Paco Ignacio Taibo el honor de ser el escritor más popular en el exigente y a la vez amable medio francés. Jamás había sucedido que dos latinoamericanos encabezaran la ambiciosa lista de los lectores de la France.

Y no son habladurías. De su primera novela, Un viejo que leía novelas de amor, se han hecho 20 ediciones en dos años, y ha logrado más de medio millón de lectores.

La fórmula, según Sepúlveda, es sencilla: Había que regresar al viejo oficio de contar historias. Incluso historias bonitas, pero no insulsas. Los lectores estaban aburridos de la literatura de los 80, en la cual los escritores querían aparecer como eruditos e inteligentes, y eran capaces de dedicar 20 páginas a una insoportable y pretensiosa descripción del ombligo.

Tal vez, por eso, no es de extrañar que a Sepúlveda lo asalte en plena calle una mujer, lo tome del brazo y le agradezca que le ha devuelto las ganas de seguir leyendo. Y Sepúlveda, después del elogio, después del abrazo, siente que asaltos de este tipo ameritan que escriba con gusto por cien años más.

Sepúlveda confiesa que se debe, en su totalidad, al lector. Al fin y al cabo asegura cuando uno termina de escribir, lo que ha hecho no es más que un cúmulo de papel; y cuando el libro se edita, no es más que un cúmulo de papel pegado al lomo... pero sólo cuando desfila ante los ojos de un lector se convierte en libro.

La letra sin sangre De ahí que este chileno que reparte su tiempo entre París y Laufenburg (Alemania), esté seguro de que es hora de desmitificar la figura del escritor. El escritor no es un Dios, sino un ser de carne y hueso que debe estar dispuesto a sentarse con su público en cualquier esquina a hablar de literatura. Y es hora de confesarles a muchos incluso a muchos escritores que nuestro oficio no es ese sufrimiento atroz de narradores masoquistas y de poetisas menopáusicas que se sacan sangre con cada línea.

Para Luis Sepúlveda escribir es un placer, aunque reconoce que se trata de un oficio muy exigente, y de muchas horas diarias, en el cual solo el cinco por ciento corresponde al talento para edificar una historia, y el 95 por ciento restante corresponde al trabajo disciplinado de darle forma.

Y en ese proceso de desacralizar la figura mítica del escritor, Sepúlveda desacraliza también la imagen mítica del llamado boom latinoamericano: Ellos lo hicieron bien, muy bien, pero no entendieron que tan solo eran un eslabón en la cadena literaria de un continente nuevo, con un idioma evidentemente nuevo. Aliados con esa deidad que se llama Carmen Balsells, fueron unos genios con excepción de Cortázar a la hora de cerrales las puertas a las nuevas generaciones. Cuando nosotros, los que vinimos después de ellos, tocábamos la puerta de un editor, siempre nos preguntaban como quién escribes? , y les resultaba irreverente que les respondiéramos que escribíamos como nosotros mismos .

Sepúlveda advierte que respeta a García Márquez, pero asegura que no es necesario hacer volar niñitas para cautivar a los lectores. De hecho, considera que uno de los méritos de su generación es haberles mostrado a los europeos una realidad de América Latina que va más allá de las papayas y de la salsa, no por medio del realismo mágico, sino a punta de exaltar esa magia que es la realidad.

Géneros de tercera Uno de los críticos más respetados de Francia, Claude Couffon, descubrió que los escritores latinoamericanos que estaban gozando de mayor aceptación en Europa pertenecían a la misma generación. Todos habían nacido entre 1948 y 1952 (entre ellos Sepúlveda y Taibo, el argentino Mempo Giardinelli y los uruguayos Carlos Lizcano y Mario Delgado, entre otros). Todos se habían inclinado por las ideas de izquierda, todos le habían sacado el quite al realismo mágico, casi todos habían abandonado la literatura a finales de los 70 y comienzos de los 80 para retomarla con más fuerza, previo proceso de decantación y todos estaban llevando al papel dramas definitivamente contemporáneos, muchas veces apoyados en géneros que antes fueron considerados de tercera, como la novela negra, la de viajes o la de aventuras.

Se trataba, sin duda, de algo más que una feliz coincidencia.

Sin embargo, no son ellos los contertulios permanentes del chileno Luis Sepúlveda, sino un grupo menos congruente con el que al menos dos veces al mes se reúne en el café de La Perigordin para indagar en qué líos se han metido, qué proyectos tienen en la mente o en el papel y, ante todo, para averiguar con sana preocupación cómo los trata la vida.

Ahí están además de Taibo y Sepúlveda el novelista mexicano Antonio Sarabia, el fotógrafo argentino Daniel Mortzinsky, los noveles narradores colombianos Santiago Gamboa y Juan Carlos Botero, y el ya reconocido Alvaro Mutis en sus frecuentes visitas a París, entre otros miembros de esta cofradía que ha entendido que la bohemia contemporánea tiene más de disciplina que de alcohol... aunque, sin duda, cada una de sus reuniones se verifica con la complicidad de varias decenas de jarras de vino tinto que van marcando el tono de la conversación.

Son reuniones en las que todos aprenden. Sepúlveda, por ejemplo, ha aprendido que una novela empieza a funcionar cuando el protagonista se sale de sus manos y empieza a tomar sus propias decisiones; cuando él, en realidad, se convierte en un cronista de sus personajes.

Y también ha aprendido a través de ellos a querer mucho más a París. A esa ciudad casi mitológica con la que soñaba con ella y con Alemania cuando por razones políticas terminó condenado a 28 años de cárcel, pena que logró canjear por ocho años de exilio que se convirtieron en 14.

París, sí, la ciudad del carnicero bretón del distrito 19. La ciudad más propicia del mundo para trabajar, según este chileno. La ciudad donde Luis Sepúlveda se pierde en su estudio que mira al Boulevard de la Villette, hasta cuando su compañera parisina le recuerda que es hora de salir a tomar un nuevo aire en las orillas del canal St. Martin... uno de los pocos lugares de París que ha logrado esquivar la presencia de los turistas japoneses que se lo quieren llevar todo a bordo de una Cannon automática.