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ARGENTINA SE DA GOLPES DE PECHO

Como sucede en las asambleas de algunos ritos carismáticos cristianos, la sociedad argentina se ha sumido, en el último mes, en un ejercicio colectivo y fuertemente emocional de confesión de los pecados que hicieron posible el período más sangriento de su historia, que se extendió entre la segunda mitad de la década del 60 y la primera del 80 dejando detrás de sí más de 30.000 víctimas.

07 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Oficiales de las fuerzas armadas y de la policía -retirados y en actividad- y ex líderes de los antiguos grupos armados que intentaron tomar entonces el poder, compiten hoy por la atención de los medios masivos de comunicación ofreciendo a las cámaras y a los micrófonos los detalles más truculentos de lo que en aquella época fue un prolongado horror cotidiano de asesinatos, desaparición compulsiva de personas y tormentos físicos.

La revisión concierne con especial intensidad a los años del proceso de reorganización nacional, eufemístico nombre que los militares dieron a la dictadura que instalaron en marzo de 1976 -tras derrocar al gobierno constitucional de la ex presidente María Estela Martínez de Perón- y en la que persistieron hasta 1983, cuando se vieron obligados a regresar el poder a la sociedad civil a través de elecciones como consecuencia de la crisis de gobernabilidad a la que llevaron al país y en particular al fiasco en que, el año anterior, había concluido una breve guerra de 74 días con el Reino Unido por las islas Malvinas.

Enfrentando la realidad La sociedad argentina es veterana en el debate y, sobre todo, en la difícil asimilación emocional de ese pasado que no deja a nadie enteramente libre de responsabilidad. Durante le primer tramo de la restauración democrática, la Presidencia de Raúl Alfonsín entre 1984 y 1989, una comisión presidencial especial integrada por notables -la Conadep- investigó la represión y la justicia condenó a prolongadas sentencias a los miembros de varias de las juntas militares que gobernaron la Argentina durante los años de sangría y a los jefes de organizaciones guerrilleras como Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) Pero esta oportunidad tiene connotaciones especiales. La dimensión del terror era conocida en sus consecuencias, pero nunca antes los autores de los crímenes habían mostrado el rostro y hablado con lujo de detalles sobre fusilamientos sumarios clandestinos, asesinatos de secuestrados arrojándolos desde aviones y helicópteros al mar o al río, la tortura aplicada a mujeres embarazadas y hasta el modo en que los miembros de los paramilitares comercializaban en su propio beneficio los bienes de los desaparecidos a los que se consideraba botín de guerra .

Los ejemplos de las revelaciones abundan. El ex marino Adolfo Scilingo -piloto naval- abrió la serie narrando hace unos meses al periodista investigativo Horacio Verbitski la forma en que los secuestrados por su fuerza eran drogados con tranquilizantes y arrojados a las aguas con vida. Un libro-reportaje y varios artículos de Verbistski iniciaron la espiral de confesiones y polémicas.

La orden era eliminar a todos , declaró un oscuro ex policía que sigue llevando su nombre de guerra - El Turco Julián - como apodo familiar.

En el desarrollo más reciente Adolfo Rubén Sallman, ex jefe de inteligencia de la Policía de la provincia de Santa Fe acaba de involucrar a uno de los ex presidentes militares, el general Leopoldo Fortunato Galtieri -el mismo que embarcó a la Argentina en la infortunada aventura de Malvinas- en el asesinato en 1977 de una pareja indefensa sospechosa de hacer parte de organizaciones guerrilleras. Galtieri habría dispuesto, de acuerdo con Sallman, que la pareja fuera drogada llevada hasta un lugar aislado, fusilada y finalmente volada con explosivos.

El gesto de Balza Pero, sin duda, el dato más destacado de este proceso de revelaciones fue la iniciativa adoptada por el jefe del Estado mayor del Ejército, teniente general Martín Balza, quien el pasado 25 de abril sorprendió a la opinión pública con un breve discurso en el que reconoció la responsabilidad de su fuerza y la totalidad de los métodos aberrantes empleados, se disculpó en su nombre con los familiares de las víctimas y aun afirmó que el personal militar que ejecutó la represión podía haber desacatado las órdenes de sus superiores con base a consideraciones de orden moral.

El gesto de Balza es la novedad más destacada de este período. Hasta su mensaje autoexpiatorio la política invariable de las instituciones militares y de sus jerarquías fue la de negar la responsabilidad en el horror. Condenados como el teniente general Jorge Videla y el almirante Emilio Massera persistieron en negar los hasta en el momento mismo en que eran condenados por un tribunal civil.

Menem se la jugó doble La decisión de Balza tiene un costado adicional porque la llevó a cabo en pleno proceso electoral -los argentinos elegirán presidente el próximo 14 de mayo-, afectando la campaña de Carlos Menem quien busca su reelección en una puja que las encuestas revelan cada vez más reñida.

Menem ha intentado jugar en ambos bandos de la sensitiva cuestión del pasado de violencia. Reclama para sí la condición de víctima -fue aprestado por los militares en marzo de 1976 y retenido sin juicio durante varios meses-, pero también es quien concedió un indulto general a militares y guerrilleros en octubre de 1989, anulando así todo castigo.

Este doble juego parecía haber pagado dividendos hasta la reaparición del tema, pero ahora el escenario se ha transformado y la calidad de presidente de teflón (nada se la adhiere) que le asignan, no sin cierta envidia, sus críticos se está desvaneciendo en esta espinosa cuestión.

Menem ha reaccionado de diversas maneras para limitar el daño y aun para ver si puede revertir la situación en su favor. Denunció primero a los militares que habían confesado o se declaraban dispuestos a hacerlo -llamó fascineroso a Scilingo-, luego dijo que la admisión de culpas era parte de un necesario proceso de reconciliación nacional, culpó a las primeras leyes exculpatorios - punto final y obediencia debida - dictadas por su predecesor Alfonsín y finalmente dijo que el mensaje de Balza había sido consecuencia de una orden suya.

Estas tácticas contradictorias no parecen haber dado demasiado resultado. Las encuestas más recientes aseguran que el debate ha traído a la memoria colectiva el recuerdo de uno de los momentos más bajos en estima popular de la gestión de Menem: el indulto.

Balza, por su parte, desmintió indirectamente al presidente afirmando que había decidido el contenido y oportunidad del discurso a conciencia, jamás había anunciado la iniciativa a Menem y solo había notificado a su superior inmediato , el ministro de Defensa Oscar Camilión.

Esa situación ha generado cierta paranoia en el oficialismo que cree que la simultaneidad de las confesiones y la campaña no obedece a la casualidad sino a la causalidad.

En cualquier caso de temática no parece destinada en una elección, porque en verdad ha revivido la más dolorosa de las características surrealistas de ese período de violencia: la mayoría de los deudos de sus víctimas carecen de tumbas ante las cuales hacer catarsis de su dolor porque los militares prefirieron sumirlas en la no existencia que supone la categoría de desaparecido .

*Oscar Raúl Cardoso, asesor editorial del diario Clarín de Buenos Aires.