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CONGRESO VS PRENSA

Algo pasa con el Congreso pero, también, algo pasa con la prensa. Quiero decir, con el comportamiento de los medios (no solo escritos sino radiotelevisados) frente a los demás estamentos de la sociedad.

07 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Patrocinado por el BID y promovido por la Fundación Buen Gobierno, está reunido en Cartagena un grupo de dirigentes políticos y periodistas, discutiendo alrededor de unas relaciones que cada vez se han vuelto más agrias, espinosas y prácticamente antagónicas.

Esto no deja de ser sintomático, en un país en el que el periodismo y la política han ido de la mano por muchísimos lustros, para lo cual no es sino recordar la historia reciente. Eduardo Santos, Laureano Gómez, Alberto Lleras, Carlos Lleras, Alfonso López y Belisario Betancur fueron Presidentes que saltaban de uno a otro estadio sin que eso suscitara mayores traumatismos, aunque la prensa no solo ejercía una influencia vital en todos los acontecimientos públicos generados a su vez por los gobiernos de turno, sino que además se trataba de personas moralmente verticales y de primera línea. Política e intelectual.

Eso desde luego ha cambiado, auncuando no vertiginosamente, pues no hay que olvidar que Andrés Pastrana es un político hecho y producto de los medios, a partir de cuando comenzó a aparecer en pantalla, todas las noches, presentando el noticiero de su familia como director. La televisión, pues, y no el Congreso, fue su gran trampolín para brincar a la vida pública, y para seguir manteniéndose en ella, cultivando una imagen.

Pero no nos desviemos. Existen actualmente diferencias abismales entre el poder legislativo y los medios de comunicación, y a mí me parece que en tales diferencias, que muchas veces se traducen en beligerantes enfrentamientos, hay responsabilidad de parte y parte.

La prensa los medios no puede dejar de ejercer una función crítica y fiscalizadora frente a los distintos poderes y protagonistas de la vida nacional. Hay sí en su actitud cierto facilismo, como es, por ejemplo, la tendencia a generalizar todo lo malo que ocurre en el Congreso, sin destacar los hechos positivos. Y en estos casos es muy importante hacer sustentadas particularizaciones, para no enlodar con el manto del desgreño a toda la institución.

A su vez, los congresistas también tienen que aceptar que cuando los medios detectan fallas y denuncian hechos, no todos pueden prestarse al juego de una solidaridad de cuerpo tan peligrosa como equívoca, que a la postre afecta dicha conducta a toda la organización.

Al igual de lo que sucede en el Ejército o la Policía, el que se presenten miembros aislados y dignos de juicio e investigación, en razón de excesos que pueden rayar con actos delictuosos, no quiere decir que haya que acabar con el Ejército o la Polícia.

Pues lo mismo sucede debe suceder con el Congreso. El hecho de que existen parlamentarios definitivamente reprobables, no implica que haya que cobijar a los demás bajo la misma manta. Hacerlo es un acto facilista de los medios, al igual que los buenos congresistas tampoco pueden dejar que eso pase. Sino al contrario.

Ahora mismo, mientras continúa el escándalo desatado por la Fiscalía contra algunos políticos con curul, paradójicamente ha sido una de las semanas más provechosas del Legislativo en materia de estudio y aprobación de proyectos. Por primera vez en la historia del país, se aprueba un Plan de Desarrollo sin que el Gobierno tenga que apelar a promulgarlo mediante decreto. Y va también muy adelante el Estatuto Anticorrupción. Ese tipo de logros, por desgracia, la prensa tiende a desconocerlos. Lo cual no debería ser así.

Y en la misma forma como la censurable conducta de unos cuantos dirigentes no debiera manchar a toda la clase política, no solo los políticos sino también la opinión deben ponerse alerta frente al propósito de lo que Mario Vargas Llosa denominaba, en un excelente ensayo, los periódicos excrementales. Esos que, a manera de tabloides, se venden con tanto éxito en Inglaterra, donde circula The Economist pero también toda clase de pasquines, mancillando prestigios y acabando con la honra de los ciudadanos.

Tiene solución ese periodismo excremental, como no sea la censura de prensa? Según Vargas Llosa, sí. Y es una solución no política ni legal, sino cultural. Que lo que suministra aquella prensa amarilla, que hurga obscenamente en la intimidad de las personas y se siente excitada y aplaude cuando ve desmoronarse en el descrédito a quienes ejercen cargos públicos, no tenga acogida. No se venda. No circule. Pero no por imposición estatal, sino por propia decisión de sus potenciales lectores.

Aunque pareciera procedente, no hay que cerrar el Congreso para regenerarlo. Ni clausurar los medios, para que dejen de ser escandalosos o amarillos. Ni estimular rabiosas rencillas entre uno y otros, como si fueran dos fuerzas contrapuestas en una democracia. Lo que hay que tener es capacidad selectiva para, como ocurre con todo incluyendo un buen whisky, saber escoger y discriminar. A los buenos políticos, distinguiéndolos de los malos. A la prensa seria, diferenciándola de la que no se justifica comprarla. Porque tan condenables son los congresistas venales como los órganos sensacionalistas, que aquí pululan por doquier (unos y otros). Al final, todo se reduce a un problema de criterio y buen gusto, para no caer en en el simplismo de que las cosas son blanco o negro, olvidando la validez de los matices.