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JUSTICIA

Cubierto por toda la protección legal a que tiene derecho, el tristemente célebre Dandeny Muñoz Mosquera, La Quica , fue sentenciado en los Estados Unidos a pagar una condena de diez cadenas perpetuas, lo que equivale a terminar su vida en una cárcel. Se siente una satisfacción innegable, porque un delincuente de tan larga trayectoria en crímenes viles y cometidos con toda saña, recibe la pena a que íntima y justicieramente aspiran los hombres de bien contra aquellos que se han dedicado tan desalmadamente a la vida criminal. Pero se siente de igual manera pena al comparar la manera rápida y eficaz de aplicar justicia en los Estados Unidos, frente a la forma laxa y morosa como el castigo de la ley cae, cuando cae, sobre los delincuentes colombianos.

07 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Lo ocurrido a La Quica es un ejemplo. Una sana manera de entender que los delincuentes, si se actúa pronta y eficazmente, sufren el rigorismo de unos códigos que no violan los Derechos Humanos. Permiten sí la defensa, pero no dan escapatoria cuando los jueces, además de imparciales son severos, rígidos y honestos. La Quica formó parte de un tenebroso sicariato bajo cuya fatídica acción corrió sangre inocente en forma increíble. Todavía está fresco en el recuerdo el atentado al avión de Avianca, una nave de transporte comercial colombiana cuyo saldo de víctimas fue muy alto y el dolor causado a decenas de familias aún no se ha calmado.

Tendrá La Quica que pensar en el daño que hizo; en lo inútil de una vida juvenil sacrificada en el servicio del crimen y siguiendo el camino del mal que recorrió, hasta terminar sus días entre los barrotes de una prisión. Diez condenas a cadena perpetua equivalen a terminar la vida como ser humano tras las rejas. La Fiscalía no pidió la pena de muerte por no estar permitida cuando se celebró el juicio. De no ser así, podríamos haber presenciado cómo ese desnaturalizado elemento del maldito sicariato caía bajo la pena capital.

Sirva de ejemplo este melancólico capítulo y ojalá lo recuerden de igual manera quienes buscan imitar la doliente página vivida por La Quica , para que entiendan que cuando la ley se aplica, y pronta, esa vieja norma de que el crimen no paga es cierta. La Justicia, y quienes en nombre del Estado colombiano la desempeñan, deben tener siempre presente el caso de La Quica . Hoy miles de compatriotas experimentan un alivio al observar cómo la ley cumplió, los jueces actuaron y el castigo ciertamente fuerte cayó sobre quien lo merecía.

El caso de La Quica puede replantear, no solo en Estados Unidos sino en otros países, la necesidad de volver a la pena de muerte. Se discute con tenacidad, siguiendo el mandato cristiano de no matarás, si debe incluirse o no en los códigos y abolirla en algunas partes donde ya existe. Es el gran debate de todos los tiempos y en torno suyo, excelentes oradores en el Congreso colombiano libraron ardorosas batallas dialécticas de gran altura intelectual, jurídica y moral.

En el presente tal vez se pediría para combatir a los secuestradores. Estos representantes del mundo delictivo encarnan la más malvada acción contra los Derechos Humanos. Ver cómo un secuestrador escapa de las manos de la ley, burlando la Justicia, es no solo doloroso sino denigrante. Tal vez para ellos sí aceptaríamos la pena capital.