Archivo

LUCES EN MEDIO DE LAS SOMBRAS

En medio de tantas sombras, vergenzas e incertidumbres como las que cayeron esta semana sobre el país, confortan dos hechos de vasta significación: la aprobación del Plan de Desarrollo por armónico consenso en ambas Cámaras no obstante su sacudimiento político y la entrega de la vacuna antimalárica con orgulloso sello colombiano a la Organización Mundial de la Salud.

06 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Inclinados como somos a resaltar lo negativo, acaso no hayamos concedido su real importancia a estos logros en virtud de los cuales la nación toma rumbo propicio en lo económico y contribuye a la salud de la humanidad, merced al descubrimiento científico del doctor Elkin Patarroyo, a quien la prensa francesa ha saludado como al Pasteur de nuestro tiempo.

Con ellos, todos los compatriotas podemos sentirnos elevados a un nivel superior, sobreponiéndonos al cenagoso y vicioso en que nos hemos venido debatiendo, entre tantas miasmas, mezquindades y delictuosas codicias.

* * * En poco más de tres meses, el Plan de Desarrollo pasó de una desabrida, escéptica y casi hostil recepción a su sorprendente acogida por las diversas esferas, aun las más críticas en sus primeros momentos. Como a toda cosa nueva cuando se sale de la rutina fácil, se le opuso tenaz resistencia a nombre de un continuismo o de una oposición que no se atrevían a confesar sus nombres.

Hasta se pretendió practicarle autopsia, tras no dejarle hueso sano y sostener la tesis de que en lo financiero le faltaba su columna vertebral. Por ser modelo alternativo de desarrollo, se trató de cerrarle el paso, en el afán de mantener la intangibilidad de las estrategias anteriores.

El argumento principal fue el de que no existían recursos para tan ambiciosos empeños, pese a haber en perspectiva un proyecto de racionalización o reforma tributaria, destinado a fortalecer los recaudos fiscales. A la postre, sin embargo, se acabaría respaldándolo con la condición paradójica de agregarle cuantiosas sumas al plan original de inversiones.

Una prueba más de lo que puede el magnetismo del gasto en las corporaciones públicas. No en vano se le ha considerado lubricante de sus mecanismos. Por supuesto, la ejecución de algunos aspectos se halla referida a la aprobación de la reforma tributaria que equiparará la permanencia de los gravámes a la de las erogaciones y compromisos.

El actual Gobierno, en acatamiento a los preceptos constitucionales, tuvo el buen cuidado de empezar a preparar el Plan de Desarrollo desde la antesala de su acceso al poder. No sería para refrendar lo actuado o improvisado sino para ajustar las conductas a determinados derroteros. Desde sus mismos comienzos supo hacia dónde dirigirse, con qué brújula y por cuáles rutas. Después, habría resultado sumamente complicado poner de acuerdo a los propios funcionarios, cada uno con sus ideas y experiencias en marcha.

Desde el principio embrionario de la planeación en 1945 y de su consolidación en 1968, no había sido posible contar con un Plan de Desarrollo en debida forma, debatido a la luz pública y aprobado por el Congreso.

Los intereses regionales y políticos resultaron inconciliables, cuando no las tendencias y el énfasis en determinadas obras. Tanto más cuanto en la primera época los organismos financieros internacionales eran impermeables al gasto social, en acueductos por ejemplo, con predilección excluyente por el fomento eléctrico y vial.

El presente Gobierno se encontró con la necesidad de acelerar el crecimiento por habitante a tasa similar a la que el país registrara por siete años a partir de 1967, sobre la base de que de poco sirve elevar los ritmos de crecimiento económico si ello no tiene como contrapartida una mejora de los niveles de vida de toda la población . De ahí el acento social y la propuesta de promover la creación múltiple y sistemática de empleo productivo, rasgos definitorios de los objetivos propuestos.

La infraestructura del país adolece de dramático retraso. Que no estaba preparada para la apertura es secreto a voces. Basta observar cómo el alud automoviliario revienta las calles de las ciudades y los vehículos pesados destrozan los puentes de las carreteras. Lo que es más inquietante, salvo la troncal de la paz por el valle del Magdalena Medio, no se ven proyectos en marcha como los de las grandes troncales del pasado. Los ferrocarriles son una birria y el uso del primer aeropuerto de la nación sufre virtual racionamiento.

Inversiones de mucha monta en capital físico y humano son imprescindibles. La escasez de agua potable clama al cielo y la reciente crisis energética demuestra lo que podría ocurrir si no se llevan a cabo balanceados ensanches. En lo social, los doce millones de pobres, los indigentes de campos y centros urbanos, reclaman atención desvelada, empezando por construir y no destruir en Colombia oportunidades de empleo. Por procurar a los compatriotas ingresos propios y permanentes con ocupaciones verdaderamente productivas. Por capacitarlos y preservarles la salud.

El Plan de Desarrollo no se presta a equívocos en esta materia ni en otras fundamentales. Recoge el hilo perdido de la promoción de exportaciones y vuelve los ojos al agro en dificultades. Revive los planes indicativos sectoriales y procura impulsar el crecimiento económico con claro sentido social. Con acción coherente e instrumentos específicos, despierta una nueva esperanza y ofrece al país lo que Alberto Lleras denominara un propósito nacional .

Propósito de progeso, de convivencia democrática, de conjunción de fuerzas y operante justicia en todos los órdenes. Motivo de aliento y solidaridad en estas horas convulsionadas.

Patrióticamente emocionante fue la entrega de la vacuna contra el paludismo a la Organización Mundial de la Salud y el anuncio de su fabricación masiva en Colombia para beneficio de la humanidad afectada por esa tremenda dolencia.

Quienes vimos y sufrimos sus efectos en Colombia comprendemos mejor su aporte a la salud de los pueblos. Antes del DDT, en muchas regiones del país, víctimas de la insalubridad y del anofeles, la jornada de trabajo se reducía en la práctica a tres días semanales. Los demás se pasaban en un camastro sudando frío.

La situación mejoró aquí pero no se corrigió del todo. Menos todavía en otros Continentes e incluso en países latinoamericanos. Aunque su efectividad no sea del ciento por ciento, cuánto bien hará la vacuna en el ancho mundo y cuánto dice de las capacidades y posibilidades científicas de un país en desarrollo sobre el cual tantos denuestos llueven. Gracias les sean dadas al doctor Patarroyo y a su equipo de colaboradores!