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EL DESASTRE DE VIETNAM

Cuando el coronel Harry Summers, jefe de la delegación estadinense para negociar el armisticio que pondría fin a la guerra de Vietnam, dijo al coronel Van Thieu, su contraparte en las negociaciones: usted sabe que nunca nos derrotaron en el campo de batalla , tras breve reflexión respondió el vietnamita: Puede ser cierto pero es del todo irrelevante .

05 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

El diálogo revela el carácter asimétrico de la contienda. Lo es en todas las guerras revolucionarias, en las que se tiende a considerar la guerrilla como el todo, olvidando la naturaleza política y sicológica del conflicto. Cuando Francia perdió la Indochina, que luego tratarían de salvar los Estados Unidos, reunió a lo más granado de la oficialidad veterana y los cerebros más lúcidos de su Estado Mayor, para establecer las causas de la derrota. La más elocuente de las conclusiones sentencia: perdimos una guerra que jamás entendimos .

Pese a las lecciones de Francia, los Estados Unidos tampoco comprendieron el tipo de guerra en que se embarcaron. Calibraron al enemigo por su apariencia guerrillera, insignificante en relación con su formidable poderío y no le dieron al compromiso la dimensión requerida. Gota a gota, con fuerzas siempre insuficientes que su adversario en progresiva expansión hallaba cómo contrarrestar, entendieron demasiado tarde que la guerra no se podía ganar así. Era la lucha de un pueblo convertido en ejército, contra un ejército sin pueblo que lo acompañara, porque la nación norteamericana no fue compelida a pelear.

La escalada norteamericana en Vietnam alcanzó su punto culminante bajo la presidencia de Lyndon Johnson. Sin embargo, el jefe del Estado no comprometió a la nación. Absorbido por su entelequia de la gran sociedad , la hizo prioritaria. Mientras tanto, el fragmento del poder nacional aplicado a Vietnam se mostraba impotente para ganar la guerra, que no se ha debido empeñar si no se tenía la decisión de realizar el esfuerzo necesario para ganarla.

Si en la lucha contra Francia el Vietkong comunista se empleó como guerrilla en crecimiento continuado, contra Estados Unidos lo hizo en acertada combinación de fuerzas regulares organizadas con apoyo soviético y un enjambre de guerrillas que no había con qué aislar y destruir. El medio millón de hombres que llegaron a acumularse en Vietnam no fue suficiente para enfrentar esa combinación endemoniada, sobre un territorio selvático y una población más próxima afectivamente hacia el Vietkong, que hacia el frágil gobierno democrático de Vietnam del Sur, apuntalado por aquella presencia extranjera que rememoraba al imperialismo francés.

No existió la necesaria simbiosis entre política y estrategia. Cuando se incluyó a Vietnam dentro de la frontera estratégica diseñada para contener la progresión del comunismo, no se midió la magnitud del esfuerzo que implicaría sostenerlo frente a la importancia relativa del objetivo. El poderío colosal de la II Guerra Mundial nubló la claridad de juicio de quienes formularon esa política por un simple factor: ese poder no resultaba movilizable para sostener una guerra que no comprometió la voluntad ni el querer del pueblo norteamericano, ni halló en el presidente Johnson al hombre para lograrlo.

Equivocada la decisión de combatir por un territorio que no se tenía la voluntad política para conservar por todos los medios, los errores prosiguieron en cadena de causas y efectos de progresivo agravamiento. A Vietnam del Norte se le dejó abierta la llamada Ruta de Ho-Chi-Minh a lo largo de la frontera con Cambodia, por donde un imparable flujo de abastecimientos fortificó al ejército nortvietnamés. Cuando Nixon, en acto mal calculado, decidió bloquear la vía con la invasión a Cambodia, era demasiado tarde. El mal había avanzado tanto, que tan sólo se logró ampliar el conflicto sin que se dispusiera de medios adicionales para atender la expansión.

La derrota política sería el único final posible para semejante cadena de errores, así el instrumento militar no hubiese sido vencido. La guerra se perdió en el frente interno estadinense, no en el de batalla, como lo señala el diálogo transcrito al comienzo del presente comentario. Todo esto hace de la guerra de Vietnam una inextinguible fuente de lecciones, en particular para países inmersos en conflictos internos de apariencia guerrillera y naturaleza revolucionaria. Lecciones de las cuales Colombia tendría muchísimo que aprender.