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RETAZOS DE BEETHOVEN

El 7 de mayo de 1824 es una de esas fechas que marcan un momento cumbre en la historia. Aquel día aquella noche se estrenó en Viena la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven. El director de cine Bernard Rose situó en ese acontecimiento el clímax de su película. Y es que dentro de su concepción cinematográfica, no podía ser de otra manera: en La amada inmortal, se quiere que todo cuanto suceda sea al estilo grandioso. Los breves momentos de esta meditación sinfónica, que fueron traducidos a imágenes cinematográficas, al filo del glorioso final, cuando se desencadena la Oda a la alegría, a la vez que reconoce la inmensidad sublime de la música, en su abrazo con lo cósmico, revela las limitaciones propias del cine, para seguir a la música en el camino de su pensamiento.

07 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

La resultante ley de esta desigualdad manifiesta va a atravesar la película de Rose de principio a fin. Y es que en sus pretensiones de grandilocuencia quizá el filme americano tenga su mayor debilidad, pues queriendo llevar lo ordinario de la vida al más alto grado de expresividad dramática, termina intensificando vanamente cada uno de los episodios, como si solo así fuese posible alcanzar la perfección artística.

Sin embargo, como ilustración de algunos aspectos de la vida, en particular de la vida amorosa de Beethoven, como partes de su biografía arrancada a girones, La amada inmortal no carece de interés: la ilustración de la existencia de un hombre excepcional, así sea en el simple nivel instructivo, será siempre atractiva. Ya que el título se ofrece como un enigma, este será el motivo apropiado que va a acompañar el movimiento musical de la película con la marcha, a veces forzada, de un trama sin mayor inspiración, pero que, como es lógico, confía su logro a la curiosidad creciente del espectador en la revelación de aquel secreto, tan celosamente guardado por el músico alemán.

Y aunque quizá este interés parezca confiado a la fórmula vulgar que se enuncia con una ruda interrogación como sabía usted que? , los momentos en que el tema musical domina sobre los efectos de la trama sentimental equilibran el conjunto, en una experiencia cinematográfica siempre salvada por el entusiasmo, la pasión, el hechizo y la fantasía de la música de Beethoven.

Altos momentos Anton Schindler, secretario del gran músico alemán, como investigador de la identidad oculta de La amada inmortal, se constituye en el guía idealizado que abre para el espectador las diversas puertas de la vida privada del genio, para pegar, de alguna manera, escena tras escena, los trozos de este mosaico donde queda clara la superioridad del genio sobre los motivos abrumadoramente cotidianos de su desdicha. Y aunque en algunos episodios quiera darse un orden reflejo de la creación musical de Beethoven frente a sus hipotéticos motivos, como aquella escena del amante impetuoso detenido dramáticamente en un tremedal del camino, en una despiadada noche de lluvia, se hace evidente cómo la música, en la expresión de sentimientos, con su significación interior, es mucho más potente como arte, que la simple ilustración de los sucesos.

El cine, que ha querido realizar la prodigiosa labor de esta síntesis, aún lejana, cuenta con esta película como parte de sus tentativas, en la cual, sin embargo, Gary Oldman se consagra como un gran actor de carácter. Con su interpretación, Oldman, que trabaja impetuosamente los designios de la música, lleva a La amada inmortal a sus más altos momentos.