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ENCRUCIJADA DEL PARTIDO LIBERAL Y DE COLOMBIA

Si no encontrara cauce y solución, la aguda crisis en que el partido liberal se debate acabaría entorpeciendo la marcha de la República y el funcionamiento de sus instituciones democráticas.

04 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Como base política de la estructura jurídica del poder, su anarquía o su naufragio la dejarían sin su savia vital, atascada y perpleja. Cuando se es mayoría y dicha mayoría se refleja en los organismos superiores del Estado, se adquieren responsabilidades indeclinables. La primera de las cuales, velar por su dinamismo.

Cualesquiera sean las circunstancias personales de miembros suyos, corresponde a los congresistas honrar sus funciones legislativas. Si el país se quedara sin las leyes consideradas indispensables y en su desarrollo no contara con su asistencia, cobraría en su cabeza omisiones y negligencias. Entonces, el descrédito vendría a ser de la institución, indiferentemente de distinciones banderizas, aunque la responsabilidad mayor recayera sobre el partido de sus mayorías.

Hasta cierto punto, el Congreso ha venido a ser el epicentro de la crisis liberal, con motivo de algunas providencias de los altos tribunales y de las investigaciones del Fiscal General de la Nación. El espíritu de cuerpo se estremece cuando se le segregan por orden judicial las manzanas podridas y cuando se averiguan conductas eventualmente punibles.

Pero en su beneficio y en su prestigio redunda el hecho de que, pese a su alta investidura, se le someta a las leyes por jueces imparciales de la más alta categoría. La autoridad legal se verá así fortalecida por la certidumbre de que no existen en el Estado ramas al margen de severos escrutinios.

Por lo pronto, las investigaciones preliminares de la Fiscalía General de la Nación han permitido establecer la existencia de bien remunerados eslabones de los carteles de la droga con la clase política. Régimen que se corrompe es régimen que se hunde.

De donde se deduce la importancia de los aportes del órgano judicial del país a su buen nombre y sobrevivencia. De ese régimen hace parte, con la misión específica de administrar justicia y cortar de cuajo la impunidad que afecta a Colombia.

Por la naturaleza del asunto, no proceden rebeliones institucionales o partidistas contra las sentencias judiciales ni contra las investigaciones en curso. Felizmente, antes de que fuera tarde, el Senado rectificó su asomo de desacato a aquella que privaba por siempre de su investidura a uno de los legisladores hallados corruptos.

Frente a las pesquisas y denuncias de la Fiscalía General de la Nación, tras las precisiones de los cargos a dos pájaros de cuenta, la única actitud admisible y lógica es la de atenerse a la decisión de la Corte Suprema de Justicia en cuanto se refiere a miembros del Congreso. Sin perjuicio de los derechos individuales de defensa y debido proceso que las normas constitucionales garantizan a todos los ciudadanos.

Pocas veces había necesitado una colectividad política mayor liderazgo y más clara noción de sus responsabilidades. En un partido de gobierno, aun no siendo el Gobierno de ese partido, el Presidente de la República es su jefe natural, al menos en las dos terceras partes de su mandato. Si por discreción o por cualquiera otra causa se sustrajera a ejercer su poderosa influencia, no habría ya partido de gobierno, o, en el mejor de los casos, quedaría sin brújula y comando. Un poco al garete.

Al presidente Samper se le ha pretendido inhabilitar y acorralar con imputaciones oprobiosas. Está bien que no descienda al terreno de los agravios, pero su ecuanimidad y templanza no han de inhibirlo para cumplir con sus obligaciones constitucionales y políticas. Entre ellas, la de imprimirle rumbo y norte al partido que lo eligió y de cuya cooperación legislativa depende la suerte de su Gobierno. El es el líder ungido en las urnas.

El problema no es solamente del Legislativo o del Ejecutivo. Porque, a juicio del doctor Alvaro Gómez, otra vez conservador a macha martillo, la decadencia y la corrupción son del régimen.

Y a ese vituperado régimen, tolerante y liberal, pertenecen en su concepto el Congreso, los partidos políticos, la prensa oficialista , algunos grandes bloques económicos y sectores minoritarios de los sindicatos, la Iglesia y los gremios. Y, en primer término, el Gobierno como el agente más activo de solidaridades ilegítimas . Todo lo cual aspira a derruir. Actitud iconoclasta, digna de un gran debate nacional sin el sonsonete del averiado PRI de México o del perverso embeleco del PLI colombiano.

El clan Pastrana quiere tumbar al Jefe del Estado. El doctor Gómez, a lo que él denomina el régimen, en gesto como el de Sansón: Caiga el templo con todos sus filisteos . A ninguna de las dos propuestas podría marcharle el partido liberal, como tampoco otros sectores de nuestra democracia. Su deber es purificar el régimen, acendrar su capacidad de gobierno y servirlo con elevado patriotismo. Si no lo logra, que otro lo sustituya democráticamente, en virtud de la voluntad popular.