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EN LA FERIA UN ESCRITOR VIAJERO

Su novela, Un viejo que leía novelas de amor, ha sido traducida a veinte idiomas y desde su publicación, en 1990, se han vendido dos millones de ejemplares. Sin embargo, Luis Sepúlveda no carga la arrogancia de muchos escritores famosos ni busca convertirse en prototipo de nadie.

04 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Es sobre todo, un amigo del mundo, un hombre sencillo y profundo, que comenzó a viajar a los dieciséis años, cuando su Tío Pepe le regaló el morral, que fue también como regalarle todos los caminos de la Tierra, y le financió un viaje cuyo destino fue Tierra del Fuego. Allí se embarcó en un ballenero donde presenció la caza de un cachalote y donde, además, decidió dar fin a su sueño de dedicarse algún día a la cacería de ballenas.

En 1968, la vida política de Chile y los deseos de cambio que agitaban a América, fueron motivo para recorrer poblaciones donde se gestaba la revolución. En 1973, su militancia en la izquierda de Chile le costó la condena de 28 años en el campo de concentración de Temuco, donde los militares pretendían destruir a los intelectuales, los artistas, los contadores de historias como él, que no estaban de acuerdo con los postulados y las prácticas de la derecha. Gracias a la mediación de Amnistía Internacional, la condena se transformó en dos años y medio de encierro y en una pena de exilio de más de quince.

En Temuco tuvo la fortuna de tener dieciocho profesores de alemán a su disposición. Entró en contacto con escritores alemanes como Holderlin, Novalis, Hoffman y Rilke, quienes, según su punto de vista, cambiaron la forma de hacer literatura al abrir la posibilidad de escribir sobre cualquier tema.

Luego de recuperar su libertad, Luis Sepúlveda cambió su destino sueco, el mismo que adoptaron millares de exiliados chilenos, por América del Sur, al bajarse en la primera escala del avión que iba rumbo a Estocolmo: Buenos Aires, ciudad donde dio inicio a una larga travesía por los países de América. En Nicaragua participó de la revolución que, según él, fracasó por superponer a los ideales de Sandino, los moldes de las revoluciones rusa y cubana, y por la militarización de un nuevo orden que terminó por convertirse en otra dictadura.

Su tránsito por el Ecuador tuvo como eje la cordillera del Cóndor, actual zona de conflicto con el Perú. Allí encontró la oportunidad de observar entre las comunidades indígenas de la zona, la práctica natural del socialismo, tantas veces acuñada por los izquierdistas pero sin ningún resultado empírico. También descubrió la necesidad de trabajar por la recuperación de la dignidad de nuestros pueblos y por revaluar la relación del hombre con la naturaleza. Si para Marx el hombre debía ser el gran transformador de la naturaleza, para los indígenas el río, la selva, el aire merecen ser respetados y conservados en su estado más puro.

Hamburgo fue la puerta de entrada de Luis Sepúlveda a Europa, puerto cuyos lazos con Chile se remontan al siglo XIX, cuando este país suramericano era, después de Inglaterra, la segunda potencia naval del mundo y contaba con una flota de mil quinientos veleros. Así como en Hamburgo existen referencias monumentales de esta relación, como la Casa Chilena, el puerto de Valparaíso ha bautizado muchas de sus calles con nombres de vías hamburguesas.

Los cursos de alemán recibidos en prisión, y el dominio del portugués y el inglés, facilitaron su ingreso a la revista alemana Der Spiegel, donde entró a ocupar el cargo de corresponsal itinerante, especialmente para las regiones de Africa lusitana y los países de Centroamérica.

Aunque trabajaba para una revista europea, Sepúlveda escribió sobre Africa poniendo en evidencia la responsabilidad europea, especialmente en la época del colonialismo, en torno a los graves problemas que padece la población africana. Por esta razón, sus artículos siempre suscitaron profundas discusiones en los consejos de redacción de la Der Spiegel, pero no censura.

De pronto apareció en su vida Sirius, uno de los barcos de Greenpeace. Cocinero durante cuatro años, Sepúlveda conoció todos los mares del mundo y viajó en todos los barcos de este organismo al cual decidió integrarse por considerar, como todos sus miembros, a la cuestión ecológica como una problemática de carácter eminentemente político. En México, como representante de Greenpeace, asistió a una cumbre que declaró Santuario Marítimo todas las aguas que van desde el paralelo sesenta hasta la zona sur más polar del mundo, en las cuales no se podrá pescar hasta el año 2046, fecha en que se hará un inventario de todas las especies que habitan esta región.

Sepúlveda ha escrito reportajes sobre diferentes lugares de la Tierra para las revistas Geo de Alemania y Arione de Italia. Uno de los que más destaca es el que hiciera sobre la muerte del Mar de Aral, propiciada por el desvío de los ríos que lo nutren debido a decisiones que tienen que ver con los planes de producción rusa, pero que han generado, no sólo secar un mar tan grande como Colombia, sino exterminar el modo de vida de 17 millones de personas que vivían en torno a la pesca y la navegación.

De experiencias como ésta, Luis Sepúlveda también nos da noticia en su novela Mundo del fin del mundo, cuya tercera parte gira alrededor de un barco ballenero japonés que fue objeto de una dulce venganza por parte de una multitud de ballenas que decidieron dar una lección a las acciones del capitán Tanijufi, el Gran Depredador del Pacífico.

Luis Sepúlveda ha hecho del viaje una forma de vida o el viaje lo ha hecho a él, que es casi decir lo mismo. Hoy tiene como centro de operaciones una finca en la Selva Negra desde la cual sigue desplegando sus dos patas para patiperrear por todo el mundo, como se lo enseñara algún día su Tío Pepe: que es casi un acto criminal quedarse tanto tiempo en un sólo sitio y que lo único que hay que hacer, definitivamente, es echarse a andar .