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LA DETERMINACION DE CHURCHILL

En el dorado crepúsculo de la era victoriana, transcurrió la infancia de Churchill. Oía hablar todos los días a su padre sobre los debates del Parlamento.

03 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

La mansión en la que rondaba la curiosidad del chicuelo era visitada por los grandes conductores conservadores. No se oía hablar sino de política. Era un tiempo de amplio progreso y de virtudes estrechas. Pero en sus sueños y divagaciones, el pequeño Winnie oía un lejano toque de corneta y se le aparecían alígeros batallones de lanceros a la carga o veloces caballos en el campo de polo. La aventura y el deporte constituían sus incitaciones. En lugar de los estudios metódicos, decidió lanzarse por los caminos de la guerra y la geografía. Viajó a Cuba, donde se libraba la lucha entre americanos y españoles. Partió después hacia la India, tierra de misterio sobre la cual edificó Disraeli un imperio colonial. Recorrió después los arenales del desierto y la cuenta del Nilo. Debió pensar. Por aquí pasó Alejandro. Aquí se detuvo en su parábola Julio César, extasiado por la morena Lagida, lo que producía las iras de Cicerón: Un vejete calvo enamorado de un pimpollo . Aquí desplegó su proclama contra los mamelucos, el general Bonaparte. No es muy mal comienzo para un ambicioso el empuñar la lanza y galopar bajo el sol quemante en busca de la quimera de la gloria. Se enroló después como periodista en la guerra de los Boers. Cayó como prisionero y su evasión relatada en una vívida prosa le dio fama de escritor y el renombre necesario para los primeros pasos en la política.

En ese momento de su vida lo encuentra en el castillo de Blenheim, Consuelo Vanderbilt, duquesa de Marlborough, quien escribió un libro amable de memorias bajo el título: No todo lo que brilla es oro. Wiston había comenzado su carrera como corresponsal de guerra del Morning Post. Recuerdo mi primera experiencia en unas elecciones inglesas en las que yo lo acompañaba. Oía sus discursos o conducía con él un carruaje abierto a través de las multitudes. Escuché sus frecuentes referencias a su padre, Randolph Churchill, y tengo el presentimiento de que con estos recuerdos buscará emular con él. Wiston constituía el alma y la vida de un brillante círculo en el cual las mujeres agrupaban su belleza alrededor de las atracciones intelectuales de este joven. Lady Catherine Lambron recuerda en sus memorias una invitación: Sir Laurence Olivier y su esposa expresan el deseo de que Mr. Wiston Churchill asista a la representación de Ricardo III . Durante ella Churchill recitó en voz alta versos de memoria ahogando la voz de los actores. En la cena, ante la inmensa sorpresa de los Oliviers, demostró que conocía de memoria todo el texto del Enrique IV y del Enrique V .

Con su imaginación, el prestigio de su lanza, de sus caballos de polo y de su pluma, se lanzó a la arena política. Conquistó por primera vez el escaño, en las filas conservadoras. No era bien mirado en ellas. Personalmente, no respetaba las mediocridades a las que atribuía el fracaso de su padre. La deserción estaba elaborada con estos recuerdos. La posición de Joe Chamberlain en favor del proteccionismo lo llevó al libre-cambio. En ese paraje intelectual se encontró con Lloyd George y con Lord Rosebery. En 1905 fue nombrado subsecretario de Colonias. En 1908 entró a formar parte de un equipo de primer orden, bajo la inspiración de Asquith. Colegas suyos, Sir Edward Grey, el enigmático personaje, un enigma envuelto en un misterio. Lloid George en todo el fuego de su elocuencia y su actividad. Ingresaba Wiston al gran escenario.

Es el único político actualmente en la primera guerra mundial que actuó en la segunda. Primer Lord del Almirantazgo. En sus memorias sobre la primera guerra mundial defiende la cautela de Edward Grey, porque el gabinete estaba dividido entre pacifistas y belicistas. El atropello a Bélgica decidió a los ingleses. Un ultimátum fue a Guillermo II. Son las doce en la hora alemana, cuando expiró el ultimátum, relata Churchill. Las ventanas del Almirantazgo estaban abiertas en aquella noche calurosa. Bajo el mismo techo donde Nelson recibiera órdenes, estaban reunidos un pequeño grupo de almirantes, capitanes y secretarios, lápiz en mano. A lo largo del Mall y en dirección a Palacio, flotaba el fragor de una gran multitud que cantaba God save the king. En aquel ámbito de entusiasmo irrumpieron los sones de la campana del Big-Ben y en la primera campanada de la hora hubo una sensación nerviosa en la sala. El telegrama de guerra que rezaba: Empiece las hostilidades contra Alemania fue expedido a todos los barcos y bases navales bajo el pabellón inglés en todo el mundo .

Luces rojas Desde 1936 observó Wiston Churchill con claridad el fenómeno hitleriano. No creyó en las posibilidades pacíficas que ofrecía la política de Balwin y de Chamberlain. No albergó ninguna duda sobre las responsabilidades de Balwin. En un croquis magistral pinta al Primer Ministro: Decidido solamente a ser indeciso, resuelto a ser irresoluto, firme para dejarse arrastrar, sólido para la fluidez, todopoderoso para la impotencia . En abril de 1936 hizo una seria advertencia: El deseo más profundo de todos los pueblos, sin excluir una parte sustancial del pueblo alemán, es evitar otra horrible guerra, en que se destruirán y arruinarán sus vidas y sus hogares y una civilización como la que hemos podido construir se reducirá a escombros y despojos. Nunca, hasta ahora, habían dispuesto las grandes comunidades de medios tan amplios para medir la agonía que se aproxima. Nunca han parecido menos capaces de adoptar medidas eficientes para impedirla.

Charlando, practicando deportes, distrayéndose día por día con los titulares de los diarios y noche tras noche con el cine, pueden ya sentirse deslizándose, hundiéndose, rodando hacia atrás hasta la edad en que la tierra estaba vacía y la obscuridad se movía sobre la superficie de las aguas . Esta advertencia la reiteró varias veces en los Comunes: Algo extraordinario se prepara. Todas las señales indican peligro. Las luces rojas destellan a través de las tinieblas . En septiembre de 1936 exclama: Alemania continúa armándose día y noche. Su gigantesco poder crece en resonantes panoplias, mes a mes, en ambas márgenes del Rhin .

En octubre es más enfático su anuncio sobre la tormenta que se avecina. Sarcásticamente dice: Por qué preocuparse? Los ministros han gozado de buenas vacaciones. Excepto las áreas desoladas, el país está gordo, próspero y contento y todos los ojos se fijan sobre las gozosas festividades de la coronación que se aproxima. Entretanto, en el extranjero han crecido todos los peligros contra la paz. La Alemania nazi ha gastado el equivalente a mil millones de libras esterlinas en preparativos bélicos. Todavía hay tiempo de forjar y soldar una gran alianza para el derecho .

Durante 1937 continuó las advertencias en el desierto. En 1938 se inició la diabólica cadena de los hechos brutales: La captura y subyugación de Austria, dijo Churchill en los Comunes, ha producido en Gran Bretaña un efecto más profundo y más intenso que cualquier otra cosa acontecida desde la gran guerra. De muchos ojos, especialmente en los sectores elevados, han caído los velos de la ilusión. La ocupación de Viena por los nazis domina todos los caminos, ferrocarriles y ríos de que dependen para su cohesión militar los estados de la pequeña Entente . Viena es el centro nervioso del comercio y las comunicaciones de todos los países de la cuenca del Danubio. Puede estrangularse a Checoslovaquia. Está en juego la salvación de esos países y su futuro .

Pero no es cierto que hubieran caído los velos de la ilusión. Después de la caída de Viena se hizo más enfática la política pacifista de Chamberlain. Al tenderse la amenaza sobre Checoslovaquia y al montarse la propaganda de Goebbels sobre las minorías alemanas en esa nación, surgida en Versalles, el informe Runciman le dio en buena parte la razón a Hitler y en la mente de Chamberlain tomó forma la idea de visitar en su propia guarida al dragón. Seis veces el noble caballero del paraguas cruzó el Canal de la Mancha, para entrevistarse con Hitler en Munich y en Godesberg. Tres veces fue engañado. La nación checa fue colocada impiadosamente en la conferencia de Munich sobre la mesa de disección. A cambio de qué? A cambio de un pequeño papel en el cual el Frer de los alemanes declara su propósito de paz. Seis meses después se anunció en Berlín que el nuevo jefe del desmembrado Estado checo era llamado a Berchtesgadem. Y allí recibió el anuncio de que las tropas de Hitler se dirigirían en término de horas a Praga para tomar posesión de las tierras que en otros tiempos pertenecieron a los reyes de Bohemia y profanar con la swástica, la estatua de San Wenceslao.

Churchill exclamó: El golpe ha sido dado. Hitler siguiendo exactamente las doctrinas del Mein Kampf ha roto todos los lazos de buena fe con los estadistas británicos y franceses que con tanto empeño procuraron creerle. El acuerdo de Munich ha sido violado brutalmente. Mr. Chamberlain ha sido maltratado y afrentado. Todo el mecanismo de confianza y buena voluntad ha sido destrozado en innumerables fragmentos. Nunca más podrá ser reparado mientras gobierne en Alemania la actual dominación. La potencia militar del nazismo ha recibido un esfuerzo enorme. El bastión guardián ha sido abandonado .

Y llegó la tormenta. La voz de Hitler se oyó con acento de postrimerías, anunciando la entrada de las tropas alemanas a Polonia. El viejo y bondadoso caballero, que tantos esfuerzos había hecho por la paz, con su vestido negro, sus nobles canas, su cuello de pajarita, su marchita rama de olivas, su paraguas, la estampa toda extraída de un álbum del siglo XIX, llegó a Downing Street para leer por radio un mensaje: Súbditos británicos, hombres libres del mundo: Esta mañana el embajador británico en Berlín entregó al gobierno alemán una última nota en la que se declara que si antes de las once de la mañana no se nos informa que está dispuesto a retirar sus tropas de Polonia, el estado de guerra existirá entre nosotros y Alemania. Debo ahora deciros que no se ha recibido notificación alguna de esa naturaleza y que en consecuencia este país está en guerra con Alemania .

Lluvia de fuego Se inicia el más atroz y el más formidable episodio de toda la historia humana. Las médicas, las púnicas, las imperiales, las cruzadas, las guerras de religión, la de treinta años, las napoleónicas, las de sucesión y las de secesión pasan a una tercera categoría frente a este incendio colosal que va a durar cinco años. En los océanos, en los desiertos, en las selvas asiáticas, en el aire, bajo el mar, bajo el escombro de las ciudades violadas trepa la llama. Miles de aviones cruzan el cielo de Europa, cae Polonia. Le sigue a su turno Noruega. Un almirante inglés, Sir Roger Keyes, penetra en la sala de los Comunes en uniforme y hace esta acusación: No se le puede atribuir a la flota una falla, si los navíos de guerra ingleses no siguieron los transportes alemanes que penetraron en los puertos noruegos para destruirlos como lo hicieron en Narvick . Horas después se anuncia la entrada de las panzer a Holanda y Bélgica. La figura de Chamberlain se desvanece, desborda por los hechos. Cuál es el hombre de la gran circunstancia? El Rey llama a Wiston Churchill. Desde la tribuna de los Comunes dirige una mirada atenta sobre sus conmovidos colegas. Tiene sesenta y cinco años. El ojo metálico y las quijadas duras. Yo no puedo ofreceros otra cosa que sangre y lágrimas .

Ese es el momento culminante de su existencia. Afronta la responsabilidad de defender la isla y conducir al Imperio en los momentos en que se hace visible la debilidad de la única aliada, Francia. Viaja una, tres, cinco veces, para entrevistarse con el primer ministro Reynaud. Invita a Roosevelt a que salga de la neutralidad. En los Comunes, invoca con las palabras de Philip Snowden a los genios tutelares: La voz de Shakespeare, la mano de Nelson, la fe de Milton, la confianza de Wordsworth en nuestro país libre y predestinado están presentes delante de nosotros; venga el mundo a atacarla, Inglaterra resistirá . De qué dispone Inglaterra para defenderse? La heroicidad de los jóvenes aviadores de la Real Fuerza Aérea, el anticipo técnico del radar y la palabra de Churchill. Muy pocos ejemplos de dramatismo parecido registra el Shakespeare sobrenatural de la historia. Bajo la lluvia de fuego de los stuckas, a la orilla del Támesis, el parlamento delibera en este otoño trágico de 1940. Ya no queda abierta sobre la Europa sometida sino esa mansión. Una gran sombra se abatiría sobre el mundo si ese asilo de la libertad deshace sus cimientos entre las aguas del Támesis. Pero mientras ese refugio permanezca abierto, habrá la esperanza de un derrumbamiento de la tiranía. El eco que reprodujo en otro tiempo las palabras de Pitt se encarga de repetir: No capitularemos jamás. No capitularemos jamás. Defenderemos nuestra isla. Combatiremos sobre los golfos, en alta mar, sobre las rutas y sobre las colinas. No capitularemos jamás . Esa heroica voz y ese espíritu indomable encarnaron en la especie efímera de los hombres hace cien años.

La tormenta pasó y Hitler cometió el primero de sus grandes errores: la invasión de Rusia. A partir de ese instante se logró el equilibrio de las fuerzas. La heroicidad de los rusos, el frío de la estepa, el invierno que paralizó los ejércitos mecanizados, la industria americana elaboraron el instante histórico en que el mariscal Von Paulus capituló en Stalingrado. Se inicia la alternación de la derrota a partir de ese instante. Se puede comenzar a hablar de la victoria de los vencidos (...).

Hora de zarpar Y pensar que ese hombre extraordinario, igualmente dotado para la palabra y para la acción, diez veces ministro, protagonista de dos guerras mundiales, encontró el tiempo y la paz para escribir seis volúmenes sobre su antepasado el duque de Marlborought, la biografía de su padre Randolph Churchill, la historia de los pueblos de habla inglesa, los retratos de los grandes contemporáneos, Clemenceau, Trostky, Roosevelt, Lawrence de Arabia, Joseph Chamberlain, Asquith, Morley, los diez volúmenes de memorias sobre las dos guerras mundiales, una novela llamada Savrola, los vívidos relatos de su juventud. Toda esa inmensa obra literaria le mereció el Premio Nobel.

En los fines de semana se dedicaba a la pintura y también a la construcción de viviendas en ladrillo, que le permitió solicitar su admisión en el sindicato de maestros de obra. Elaborador de esloganes memorables, como Julio César. Con ellos se designan capítulos enteros de la historia contemporánea. Y en todo momento dispuesta a saltar alegre la vena del humor, salvo los minutos posteriores a la siesta, en que era implacable con sus colaboradores. Nunca olvidó en su faena diaria los cigarros habanos y fue siempre fiel a su burbujeante amiga la viuda Cliquot. Ya en su crepúsculo, en los meses de estación, se le veía en el Mediterráneo azul en la amable compañía de Greta Garbo, la misteriosa divinidad del celuloide y posiblemente mientras rieleban sus recuerdos sobre el mar, venían a la conversación los nombres de Ana Karenina, la Dama de las Camelias, Ninoska, la Reina Cristina desfile suspirante de sobras adoradas para variar el tema de los hombres de guerra, Hitler, Himmler, Keitel desfile tenebroso de fieras desalmadas.

Es una vida plena la suya iniciada hace cien años. En este siglo de la técnica y la violencia se destacan con diverso título Wladimiro Iliich, por haber inspirado y concretado la primera revolución socialista, cambiándole el rumbo a la historia; Adolfo Hitler como satánico demoledor, una especie de Tamerlán mecanizado y el viejo y amado Winnie, a nombre de la vieja Europa liberal y conservadora. Su palabra prolonga el resplandor intelectual del siglo XIX. Jamás la centellante palabra política había sido enarbolada en mástil más alto. Una entrevista de los tres personajes, en los círculos superiores de la historia, no dejaría de interesarlos.

En su último retrato aparece Wiston Churchill, envejecido y enfermo, mirando tristemente hacia la calle vacía a través de los vidrios de una ventana, empañados por la escarcha y la lluvia y evocando quizás los días de su juventud, las banderas flamantes de los lanceros de Bengala, su primera campaña electoral bajo la sombrilla y la sonrisa de Lady Marlborough, sus entrevistas con Stalin el Terrible, el coro de aplausos en las triunfales tardes parlamentarias, los púnicos escombros de Coventry, la noticia de que su antagonista Adolfo Hitler yacía convertido en cenizas bajo las ruinas de la Cancillería. Desde esa ventana llorosa llueve en la calle, llueve en mi corazón, el glorioso octogenario advierte la presencia de la muerte, una lágrima rueda sobre sus mejillas y como buen marino piensa que ya es hora de zarpar. (Fragmento).