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CARTAGO BORDÓ SU PROPIA EMPRESA

Prácticamente a doña Fanny Tamayo no le quedó tiempo el sábado para conversar. Estaba presta a atender a la clientela. Y durante la mañana salió en varias oportunidades en veloz carrera en busca de mercancía hacia su almacén, situado a pocas cuadras del coliseo La Isleta, donde se realiza desde el pasado viernes la XIV Muestra de Bordados de Cartago.

01 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Esa fue la rutina de la mayoría de los 70 participantes en el certamen que hoy culmina, y a través del cual las mujeres cartageñas muestran sus destrezas: unos bordados que reflejan la tradición cultural que dejaron los abuelos de ascendencia antioqueña desde finales del siglo pasado.

Ese legado toma cada vez más fuerza entre los hogares de este municipio del norte del Valle en donde cerca del diez por ciento de la población, (unas 15.000 mujeres) dependen económicamente de la actividad. Algunas de ellas viven en Ansermanuevo, a 15 minutos de Cartago.

Es un legado del cual las mujeres viven agradecidas, pues admiten que aunque en un principio poco gustaban del aprendizaje, dado que la visión que se tenía era la de aprender bordados exclusivamente para adornar los hogares, hoy la situación es otra.

Esa era la concepción que se manejaba a nivel social dice doña Fanny arraigando la tendencia machista de hace 30 años . Eran los tiempos de estudiantes de primaria en el colegio María Auxiliadora en donde las hermanas de la caridad les inculcaban a sus alumnas desde kínder aprender a bordar para el hogar.

El bordado (figuras elaboradas en alto relieve) o costura, como le llaman, es todavía una asignatura incluida en el pénsum del centro educativo. Y no es exclusiva de la primaria, pues en bachillerato también les imparten la materia y no solo en el María Auxiliadora, sino en otros planteles.

Y al igual que cualquier materia, quien perdía costura debía habilitar. Y si no se aprobaba, se perdía el año. En mi época hubo más de una que se quedó , dice doña Fanny, mientras arregla su mostrador.

Así como en primero de primaria se sale aprendiendo a leer y escribir, las niñas debían aprender adicionalmente bastilla, cordón o el dechado de puntadas. Eran las primeras puntadas que consisten en unir entre sí pequeños tramos de la tela. En segundo se aprendía aplique a mano, randa y calado (deshilar la tela).

En tercero y cuarto se impartían técnicas como punto de arroz, punto de cruz, flor de bebé, flor de niña, rombo, panes, sombra, nueve flores.

Eso en lo que respecta a la obra manual, pues a medida que se avanzaba en el colegio, al bordado y calado se les incorporó la tecnología a través de la máquinas planas y fileteadoras. Y se empezaron a pulir líneas como la lencería, ropa de bebé, blusas, piyamas, acolchados (edredones y toallas) y levantadoras.

Pero no todas las bordadoras aprendieron en la escuela. Es el caso de doña Luz Mila Rosero, oriunda del municipio de El Aguila, distante 40 minutos al noroccidente de Cartago.

Ella vive en esta ciudad desde hace 15 años. Y desde ese entonces empezó como operaria en uno de los talleres de la época. Allí laboró cinco años y posteriormente decidió bordar para su propio negocio. Hoy día es una de las señoras que solo trabaja manualmente. Su técnica son las blusas.

Una obrera diestra dura ocho días bordando a mano una blusa por ambos lados y por ese trabajo le pagan entre 10 y 15 mil pesos.

Pero el bordado, además de ser una labor vuelta empresa que beneficia a una parte de la población, tiene otra ventaja, pues es un trabajo que no contamina y los talleres, en la mayoría de casos, están en las propias viviendas. Según datos de la Corporación de Cultura y Turismo, organizadora de la Muestra, funcionan 150 talleres, cuyos productos son conocidos en Aruba, Estados Unidos y Francia.

Con la actividad que hoy termina, las participantes aspiran a superar los 200 millones de pesos de ventas registradas el año pasado. Por algo, doña Fanny y sus compañeras corren en busca de mercancía, pues la clientela llueve y para una muestra como esta una debe prepararse .