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APOLOGÍA DE LOS TRANCONES

No es por ir contracorriente, a la ligera y gratis, por lo que alabaré los actuales trancones, porque manifestar desacuerdos sobre unanimidades tiene sus riesgos. Pero de la misma forma en que uno se mete en el mare mágnum del tráfico, a sabiendas de que puede amargarse el día, voy a loar las virtudes escondidas de las trancas, a riesgo de ser tildado de loco. Por otra parte, este es un ejercicio similar a los que nos recomiendan algunas gentes piadosas, haciéndonos ver la belleza interior de los feos para luego, a lo mejor, decir que tenemos un mal gusto que da pena.

02 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

En primer lugar, el caos vehicular es un signo inequívoco de modernidad. Los pueblos atrasados tienen muy pocos automóviles aunque siempre excesivos para sus contadas casas y los escasos metros de distancia entre ellas. Sin embargo, aun en los bucólicos poblados menos modernos está el germen de las trancas.

Como segundo argumento, inspirado en el primero, hay que reconocer que tanto vehículo circulando por las ciudades modernas es un saludable síntoma de prosperidad, y que dicha prosperidad tocará pronto a la puerta de todos los ciudadanos, beneficiando con carro propio a quienes todavía son peatones.

A manera de ejemplo y a ojo de buen cubero , lo anterior quiere decir que si ahora mal circulan setecientos mil vehículos, en una ciudad próspera con siete millones de habitantes, cuando todos cumplan con el democrático sueño de tener coche propio, circularán peor no menos de tres millones de autos. Así que disfrutemos las actuales trancas, pálido reflejo de los atascos por venir.

Y es que disfrutar de las trancas no es difícil; es cuestión de actitud o de actitudes frente a la vida. Veamos: madrugar fue siempre una sana costumbre rural que se perdió en las grandes urbes. Ahora hay que recobrar ese saludable hábito, no para eludir la congestión sino para llegar a tiempo, pese a ella.

Para la mayoría es duro madrugar; a quienes no pueden prescindir de muchas horas de sueños les recomiendo que sigan el ejemplo de los pequeñines en el transporte escolar: duerman durante la ruta.

En muchas otras cosas pueden inspirarnos los escolares para sobrellevar los atascos, pero como no está bien visto que los adultos cantemos baladas rock, nos tiroteemos con proyectiles de papel o nos burlemos de otros conductores, podríamos hacer cosas maduras dentro de nuestros vehículos. Algo maduro, aunque igualmente exhibicionista, es hablar por teléfono; quienes tienen teléfonos portátiles, hagan todas las llamadas del día durante el tiempo de cola.

Si le gusta leer, aproveche los trancones. La soledad de los atascos da para sacar crucigramas, jugar solitarios, armar rompecabezas y tejer. Que no tiene paciencia para tales pasatiempos? Bueno, intercambie opiniones con su vecino sobre la telenovela, el clima, las prestaciones de sus respectivos automóviles, o cromitos de colección. Como algunas emisoras emiten chistes durante las horas pico, acabando con el gesto adusto de muchos conductores, póngase de acuerdo con el del lado e intercambien chistes de diferentes estaciones.

Tome café e impongan otra moda: la de conquistar de carro a carro, a las conductoras guapas de las cuales podremos saber además algo de sus intimidades si aprovechan para maquillarse en las colas.

En fin, son tantas las horas que desperdiciamos atrapados en el tránsito que tendremos que ingeniarnos para hacer productivo dicho tiempo.