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EL MANO A MANO, AL BORDE DEL INFARTO...

Apretó los labios, se lanzó con más fuerza, cruzó la meta y salió disparado a buscar a Raúl Meza, su padre en el ciclismo.

02 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Ay, hijuep... , fue lo único que acertó a decir Juan Diego Ramírez, el corredor de Aguardiente Antioqueño-Lotería de Medellín, cuando se bajó de la bicicleta. Y rompió a llorar, aun cuando faltaba un corredor por llegar al Alto de Patios, porque ya estaba claro que el título de la Vuelta a Colombia-Colmena ya tenía nombre propio: José Jaime Chepe González, de Pony Malta-Kelme.

Juan Diego lloraba como un niño, desesperado y desconsolado, porque eso que tanto quería en ese momento no era suyo. El esfuerzo por descontar los 54 segundos que Chepe tenía a favor le alcanzó apenas para recuperar 45 y perder, al final, por solo nueve.

No llore mijo. Usted apenas está empezando y es un verraco por todo lo que hizo. Párese pues, que la vida sigue. Esto es un punto más en todo lo que debe hacer de aquí en adelante , fueron las palabras de consuelo del técnico Raúl Meza. El muchacho, sin embargo, sentado en el andén, tapado por dos de los carros del equipo, se cubría el rostro y no paraba de llorar.

El domingo, faltando un cuarto para las 10 de la noche, Chepe ya estaba en la cama. A esa misma hora, Juan Diego terminaba de rezar el salmo 91 de la Biblia, que dice que hay que luchar y tener fe en Dios.

Ni en la concentración de Pony Malta-Kelme, en un céntrico hotel bogotano, ni en la de Aguardiente Antioqueño-Lotería de Medellín, en el norte, se quería hablar del día siguiente. Pero era inevitable. Cómo no hacerlo si estaban a menos de 24 horas de definir el título más valioso del ciclismo en Colombia.

Chepe no aguantó hasta la hora en que debía desayunar, sobre las 10 de la mañana, y a las 9 ya estaba listo. Tomó leche con cereal, café, pan con mantequilla y mermelada y, para rematar, un plato de arroz con pollo desmenuzado.

Juan Diego se levantó tranquilo, como si fuera un día más de la carrera. Comió de todo. Cereal, huevos, café, pan con mantequilla y mermelada, pollo, arroz y pastas.

Chepe llegó a la salida sobre el tiempo, acelerado y casi que hermético. Quería concentrarse y nada más. La gente se le fue encima y él trató de esquivar al público que quería saber quién era ese hombre que en la última semana venía siendo exaltado como el nuevo ídolo del ciclismo colombiano.

Juan Diego, por su parte, estuvo tranquilo. Habló con todo el mundo y recibió las últimas recomendaciones de Raúl, con quien antes de que le llegara la hora de partir dio una vuelta de reconocimiento al escenario de la contrarreloj. Este tiene que ser un día grande para Antioquia. Mi tierra se lo merece , decía Ramírez a quienes le preguntaban sobre lo que le esperaba.

Y cuando el reloj marcó las 12:17 del día, Juan Diego arrancó. Tres minutos después, 12:20, Chepe hizo lo propio.

El tic-tac Kilómetro cinco: Antioquia entera empezaba a soñar. Juan Diego marcó 6m 27s, diez segundos menos que Chepe . Era el presupuesto que Raúl Meza había hecho.

Kilómetro 10: La diferencia aumentaba, pero el paso de Juan Diego ya no eran tan fuerte como el de Chepe : Ramírez, 13m 32s; González, 13m 47s. Seguían rodando en terreno llano, con 15s a favor del paisa.

Kilómetro 15: Susto para el líder, que perdía 34 segundos: Chepe pasó con 19m 44s, contra los 19m 26 de Juan Diego. Se cocinaba la hazaña, pero el ascenso diría la última palabra.

Kilómetro 23: A tres mil metros de la meta, Juan Diego caminaba hacia el primer lugar del podio: marcó 32m 45s, es decir, 40s menos que Chepe (33m 25s). Pero la historia todavía no había concluido.

Kilómetro 26-meta: Juan Diego entró con 40m 11s, el mejor tiempo, como ganador de la etapa. De ahí en adelante, el reloj empezó a correr para Chepe y a paso de campeón entró perdiendo 45 segundos, con una ventaja de nueve, que le alcanzaron para convertirse por segundo año consecutivo en el campeón de la Vuelta a Colombia-Colmena.

Unos metros al fondo de la meta, en las toldas antioqueñas, todo fue silencio. No solo por haber perdido el título, sino por la tristeza de Juan Diego.

El, que no necesita ni el carriel ni el poncho para saber que es paisa, continuaba llorando. Después de haber tenido tan cerca la camiseta amarilla, era muy duro verla perdida sin ni siquiera haberse dado el gusto de ponérsela por un día. Desde que Chepe se la puso en Buga ya nadie se la pudo quitar. La historia ya estaba escrita.