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EL AGUAFIESTAS DE MARÍA

Desde la semana pasada, cuando publiqué un artículo impertinente con respecto a María de la de Jorge Isaacs pues mal podría decirse que la de Efraín en vista de que nunca fue suya, he recibido una inesperada y caudalosa manifestación de la mejor parte de la juventud estudiosa, tradicionalmente martirizada con la lectura obligada del opúsculo trágico, que ni entusiasma los parámetros de su nueva sensibilidad ni cuadra con su arrebato.

01 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

De los colegios vinieron con sus cámaras a tomar en vivo mis declaraciones al respecto como lo hicieron de los noticieros, con la diferencia de que mientras en estos últimos otras marías me aplicaron la guillotina, en los primeros proyectaron sus tomas en las barbas del profesor.

Mi tesis es que una obra que es unánimemente aclamada por la Iglesia y por la Academia, y por lo tanto con asiento de primera en el pénsum, tiene que ser una obra muy sospechosa. Y mi sospecha es que su mantenimiento en la primera fila del ranking del papel impreso, obedece a una componenda del magisterio y demás cuidanderos de la moral, con las inaplacables máquinas editoriales. Se conmina a semejante lectura en el bachillerato, y automáticamente los jóvenes terminan por odiar la literatura. Cuando no a las mujeres por apocadas. Porque si uno toma en serio esta historia corre el riesgo de convertirse en un frustrado sexual.

Grandes escritores como Borges, García Márquez, Unamuno y el Tenorio Alvarado se han deshecho en elogios a María. Pero todos sabemos que entre escritores profesionales prefieren no pisarse las mangueras. Además, vale la pena analizar que con todo y la adaptación de Gabo y la lente infalible de Lisandro Duque, su versión de María para la televisión no produjo lágrimas sino sueño. Y quien sabe si a Borges no le empezó a entrar el mal de ojo leyendo María.

Fue tan ponderado el pretendido humor de mi artículo, que hasta el Gobernador del Valle quería que me presentara en el salón Jorge Isaacs, en la Feria Internacional del Libro en Bogotá, desbarrando de María, con otros calanchines que la defendieran. Pero las toallas higiénicas se lavan en casa, pienso yo, y no a son de nada ante un tan importante como respestable conglomerado de escritores y editores del mundo, que todavía piensan que es nuestro máximo volumen.

Prefiero guardarme para intervenir en el inminente Festival Internacional de Arte de Cali, dedicado al Romanticismo y por consiguiente a María (ya le escribí mi carta de amor para el concurso), donde espero justificar la mala atmósfera que durante la vida hemos hecho al libro, diciendo que en nuestra ardiente juventud milleriana considerábamos que no valía la pena ningún libro que se pudiera leer con las manos quietas.