Archivo

LOS PUESTOS RELLENOS DE INSEGURIDAD

Higado, cuajo, bofe, morcilla y papitas amarillas suenan al gusto de un paladar sediento como la mejor fórmula para mitigar el hambre. Esta combinación de alimentos conforman los platos que durante más de 20 años son vendidos en varios lugares del centro caleño. Lugares éstos por los que desfilan a diario miles de transeúntes que ocasionalmente se acercan a deleitarse con las grasosas rodajas de rellena.

26 de julio 1993 , 12:00 a.m.

La ubicación en el lugar no fue fácil dado que los expendios, generalmente manejados por mujeres, están localizados en dos áreas nada seguras: carrera octava entre calles 15 y 16 y la calle 14 entre carreras 7a. y 8a.

Sobre la primera funcionan cinco puestos. En la otra hay nueve. Cada uno de ellos tiene un pequeño banco de madera diseñado para cuatro personas. El Paseo Bolívar, la Terminal y el Parque Panamericano también son apetecidos por los expendedores.

Como en la mayoría de los negocios, las propietarias tienen sus medios para atraer la clientela: el degustamiento de un trocito de rellena. A la postre, en un 90 por ciento de ocasiones, funciona.

Las dueñas, en su mayoría personas con edades que promedian los 45 años, llevan consigo sus uniformes blancos que constan de un delantal y un pequeño gorro que se ciñe a sus cabezas, de tal forma que se evita la caída de cabellos al recipiente -que mide nueve mil centímetros cúbicos- donde se exhiben las rellenas y las menudencias.

Mientras doña María del Carmen Pangamuez, una pastusa de 55 años y quien vende desde hace 25 sobre la carrera 8a., corta hábilmente las porciones solicitadas por los compradores, otra señora les pasa gaseosas y les recibe el dinero.

Doña Rosa asegura que ya no son sometidos a la persecución de la cual eran objeto hasta hace poco tiempo. Ahora estamos carnetizados y para la renovación del permiso, cada año en la Secretaría de Salud nos exigen exámenes médicos. Los últimos me costaron 20 mil pesos - Coprológico de sangre, de orina, entre otros - .

Las porciones cuestan entre 300 y 1 000 pesos. En algunas ocasiones a los clientes les pasan un tenedor desechable para coger los alimentos. Después de comer los platos y tenedores se limpian con agua para reutilizarlos.

Pangamuez sostiene que aunque las autoridades les han recomendado el uso de utensilios desechables (que no sean reutilizados) ellas no lo hacen porque tendrían que comprar cerca de 20 docenas de platos. Y lo que ganamos no nos alcanza .

Mientras esta matrona charla, un hombre de mediana estatura y con mal aspecto, se acerca al puesto. Mira el bolsillo de la camisa del cliente, y éste se levanta del banco por temor a se atracado. Ante esto, el hombre la arremete contra doña Rosa. Coge varios papeles del suelo y amenaza con tirarlos sobre la paila en donde se fríe la comida.

El impase es superado una vez que la señora lo amenaza con arrojarle la hirviente manteca.

Pasan 20 minutos y uno de los tantos locos , con una carga de basura sobre sus hombros, llega al puesto. Esculca con desespero el cesto de la basura de donde saca un pedazo de papel con restos de rellena con los que calma el hambre.

Y mientras al fondo de la calle y en medio de un barullo, en el que se confunden las exclamaciones de prostitutas, homosexuales, raponeros, peatones,vendedores de música en cassettes y otras expendedoras de rellena, el periodistas consumidor se escabulle. Luego debió tomar un antidiarréico porque luego de saborear la apetitosa rellena el estómago su descompuso.