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Desencuentros en los Alpes

Si consideramos las historias personales del presidente mexicano Felipe Calderón y su colega brasileño Luiz Inacio Lula da Silva, así como sus respectivas visiones del mundo, cualquiera pensaría que su desencuentro al hablar sobre el futuro de América Latina en el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, fue algo apenas natural.

31 de enero 2007 , 12:00 a.m.

Lula no olvida sus raíces obreras; todavía de vez en cuando, quien fue líder de los trabajadores brasileños sigue sonando ferozmente socialista, sin detenerse a considerar que con ese discurso contradice las acciones del recién reelecto presidente de Brasil, que con estricta ortodoxia gobierna observando los principios fundamentales del consenso de Wa- shington.

Desde su infancia, que transcurrió en la honrada medianía de una familia inconforme con un régimen autoritario en el que no había espacio para la oposición, Calderón se preparó para presidir un gobierno democrático que sirviera de marco a la construcción de un país ordenado por las leyes y con igualdad de oportunidades para todos sus ciudadanos.

Ni en estilo ni en sustancia parece haber coincidencia entre ambos gobernantes, y en el ámbito latinoamericano los dos presidentes se mueven en círculos distintos y distantes. Del desencuentro habrá quien piense que en el fondo está el esfuerzo de ambos por incrementar el protagonismo de sus respectivos países en el contexto internacional.

En Davos, Lula se pronunció en favor de una posible integración latinoamericana, que describió como “física –con autopistas, telecomunicaciones, gasoductos y oleoductos– y al mismo tiempo comercial, política, económica y cultural”. Señaló además, y contra toda la evidencia, que el vehículo integracionista debería ser el Mercosur.

Calderón por su parte lamentó que los prejuicios latinoamericanos hubieran impedido la integración a través del Alca, sorprendiendo que a estas alturas del partido el mexicano parezca seguir añorando un tratado hemisférico fracasado como instrumento unificador.

En el fondo, sin embargo, el desencuentro no es entre Lula y Calderón. A Lula le gusta presentarse como el líder continental de la izquierda, pero el que hace ruido y el que les paga las cuentas a varios países de la región es Chávez; el que aumenta el séquito es Chávez.

El verdadero interlocutor de Calderón, del colombiano Álvaro Uribe, del costarricense Óscar Arias y del salvadoreño Antonio Saca es Chávez. Y más que una confrontación entre la derecha y la izquierda, el debate actual es cuál debe ser la ruta para lograr mayor bienestar, mitigar la pobreza, reducir la desigualdad, mantener una democracia efectiva en la que rige el estado de derecho y una economía competitiva con desarrollo sostenido e igualdad de oportunidades.

La disyuntiva es si el continente debe profundizar en sus incompletas reformas para darle una verdadera oportunidad a la economía de mercado apoyada con tratados de libre comercio, y se procure una relación respetuosa con Washington, a pesar del esmero con el que el presidente Bush ahuyenta a los posibles amigos. O si esperanzados por la asistencia temporal de los petrodólares, los países aceptan el discurso populista y mesiánico de Chávez y hunden a sus países regresando al fracasado modelo económico estatista y a las formas más primitivas del anti-yanquismo.

Lula lo defiende recordándonos a todos que se trata de un presidente legítimo que tres veces ha ganado elecciones en su país, pero olvidándose de que en la Venezuela de Chávez, donde la separación de poderes es una ilusión y la libertad de expresión se coarta “legalmente,” el caudillo está construyendo una dictadura valiéndose de métodos democráticos. Lo verdaderamente lamentable es que el verdadero referente del desencuentro entre Lula y Calderón en Davos fue Hugo Chávez.