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Perspectiva de lunes por la mañana

La semana pasada participé en una conferencia sobre América Latina en la escuela de administración de la Universidad de Harvard. Los ex presidentes de Colombia y Perú, César Gaviria y Alejandro Toledo, hicieron un análisis político que complementamos Pedro Aspe y yo, ex ministros de Hacienda. El hilo conductor de las cuatro intervenciones fue la frustración con los resultados en América Latina y el reconocimiento de que el crecimiento, la distribución del ingreso y aún la productividad son esencialmente problemas políticos.

29 de enero 2007 , 12:00 a.m.

Las grandes reformas económicas que se llevaron a cabo a fin del siglo pasado no han logrado consolidarse políticamente ni generar un consenso en la opinión pública, excepto en el caso chileno. Se les critica no haber fomentado tasas de crecimiento comparables a las que otras políticas alternativas indujeron en otros continentes, y que aún en los países en donde se ha dado crecimiento, éste ha favorecido de manera desigual y poco equitativa a sectores limitados de la población. Es en este sentido que es claro que los problemas de crecimiento y distribución son políticos.

Requieren primero que todo buen gobierno, compromiso político, consenso y apoyo de la opinión pública, y una clase empresarial capaz, creadora y responsable. Uno, varios o todos esos elementos han estado ausentes en países de América Latina durante estos años. Aún en el caso de Chile, que hoy se destaca como un milagro el éxito no llegó sino después de años de ensayo y error, y de grandes descalabros en el camino.

Las reformas económicas de fin de siglo fueron un rompimiento con el orden anterior establecido. El régimen que las precedió era eminentemente estatista y el orden político existente se basaba en políticas y estructuras de intervención del Estado en todos los aspectos de la economía. La transición de ese régimen a un ambiente más liberal, más de mercado, inducido por las reformas de los 80 y 90, no fue ni suave ni exenta de problemas y errores, y generó oposición feroz, tanto de los sectores afectados como de los tradicionales, por razones culturales e ideológicas.

Tuvo lugar un proceso de ‘aprendizaje en el oficio’ tanto en lo político como en lo macroeconómico.

La mayor libertad trajo consigo un significativo incremento de la volatilidad y no había ni herramientas ni suficiente conocimiento para manejarla. Recuérdese no más lo que fue la penosa transición de la ‘devaluación gradual’ a la tasa de cambio flexible, pasando por la banda cambiaria y demás curiosidades y excesos que en su momento parecieron geniales. En Chile, por ejemplo, tuvieron que pasar por crisis profundas hasta que al final de los 80 parece que encontraron el sendero, que necesariamente incluía salir de Pinochet. En Colombia experimentamos una penosa recesión para aprender que no hay peor política social que la mala macroeconomía.

Las reformas económicas, la independencia del banco central, las privatizaciones y la apertura debilitaron a los partidos. Pero el clientelismo continúa con el mismo vigor que antes, y ahora es más depredador. Hemos aprendido macroeconomía y parece que retornamos a un sendero de crecimiento. Pero éste no será sostenible si no avanzamos y aprendemos también en lo político. Tenemos que emprender de inmediato la construcción de nuevas instituciones, atender eficientemente los problemas que impiden el desarrollo -la pobreza y el narcotráfico, y sacudirnos del yugo de clientelismo y corrupción. Las políticas económicas están destinadas a perder el respaldo público y a fracasar si no responden a las necesidades, particularmente de las clases populares, mayoritarias y si no contribuyen a elevar el ingreso y el bienestar de los más pobres. .

Ex ministro de Hacienda .

"En Colombia experimentamos una penosa recesión para aprender que no hay peor política social que la mala macroeconomía”