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¡Háblame mientras lo hacemos!

Por el tema que tocaré hoy, tengo que hacer una aclaración necesaria: esta columna no tiene nada de feminista ni intenta reivindicar derechos sexuales bajo las faldas, menos atacar a los hombres que, de por sí, me parecen deliciosos. Pero es que a veces, los señores son tan brochas y tan torpes, sobre todo en la cama, que a nosotras no nos queda más remedio que quedarnos calladas para no herirlos o, cuando menos, quejarnos entre nosotras mismas.

28 de enero 2007 , 12:00 a.m.

Basta leer la infinidad de cartas que recibo, donde señoras muy aseñoradas, y no tanto, se quejan del desempeño de sus hombres en el catre. Todos los lamentos tienen una palabra en común: insatisfacción. Claro, unas quieren ahorcarlos cuando se voltean a roncar, otras se masturban, otras prefieren la televisión y algunas, muy pocas, confiesan que buscan un amante, que a la larga les resulta igual, como si ser mal polvo estuviera ligado al cromosoma Y.

Por supuesto que los caballeros que en este momento leen esta nota, seguro están sacando pecho y pensando que el cuento no es con ellos y que, por el contrario, son todos unos sementales. A todos cómo les caería de bien una charlita con sus parejas, porque, dicho sea de paso, Diógenes con su lámpara se ve a gatas para dar con un padrón de verdad, tanto que cuando lo encontramos lo cuidamos como el tesoro que es.

Pero ojo, esto no tiene nada que ver con la potencia sexual o con la capacidad para partir ladrillos con su 'mejor amigo' y menos con las pretenciosas maratones de colchón, que a nosotras nos parecen tontas, pero que les dan temas para alardear mientras juegan billar. No señores, las mujeres nos quejamos de cosas más elementales, como la falta de estilo, el silencio, el afán, la tacañería en las caricias, el egoísmo y esa soberbia que siempre extienden sobre las sabanas. Con respeto, no los culpo, porque en realidad, ellos nunca saben lo que queremos y, como nunca exigimos, creen que lo hacen de maravilla.

Pues sea esta una de las varias oportunidades que tendré para compartirles algunas cositas que nos gustan, con la esperanza de que aprendan y ojalá eviten que sus mujercitas se levanten de la cama para dedicarse a las manualidades, mientras ellos sueñan que las traen locas.

Para empezar recuerden que no hay dos mujeres iguales. En otras palabras lo que les funcionó con una no necesariamente sirve con todas, así que quemen los libretos y el manual de galanes, que les quedan muy mal. No olviden que el oído es para nosotras el sentido más sensual. Así que a conversar. No hay nada más anafrodisíaco que un tipo silencioso en bola. Por fijo que sea el plan de acostarnos, no implica que tienen que asaltarnos sobre la mesa del restaurante. Inicien desde allí una charla íntima y continúenla en la cama.

Expresen lo que sienten, lo que les gusta de nosotras, dígannos que admiran nuestros cuerpos. Llévennos a un plano erótico con las palabras, susurren, péguensenos a las orejas.

Como a nosotras no nos distraen las palabras (esas que a ellos les echan todo abajo), a algunas nos gusta que mientras lo hacemos, nos sigan hablando y aunque a mi no, a muchas les encanta una que otra vulgaridad atinada.

Claro, si lo hacen asegúrense de no embarrarla. No se callen, muestren interés, digan que se mueren por nosotras, que somos únicas para ustedes, que nos aman, que con solo pensarnos o vernos les despertamos todos sus deseos. En fin, mucha labia. Si se ayudan con algo de música que estimule, todo irá mejor. Seguro que no importa cómo les vaya en la planta baja, con eso ya tendrán muchos puntos para tenernos de nuevo. Bueno, paro aquí porque no hay más espacio y porque no aguanto más. Seguiremos hablando de eso que nos gusta y que nuestros hombres no saben.

estherbalac@yahoo.es