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Colombia se la ‘montó’ a las motos

Es casi imposible leer en los periódicos del país un concepto a favor de la guerrilla de las Farc. O de cualquier otro actor ilegal armado. No es para menos: en Colombia tenemos claro que diálogo y violencia son incompatibles (y alguna vez se lo recordé al ‘Mono Jojoy’ en las Mesas de Diálogo de El Caguán). Lo asombroso es que esa suerte de veto social también lo padecen quienes conducen una motocicleta, con la diferencia de que sus concesionarios sí pautan en prensa. No está lejano el día en que –ejemplo– el rechazo hacia el señor Sierra y su moto sea igual al que reciben los señores de la motosierra.

28 de enero 2007 , 12:00 a.m.

¿Por qué un amplio sector de la opinion pública reflejado en los medios de comunicación terminó odiando a los motociclistas hasta verlos como terroristas sobre dos ruedas? ¿Es justo el tratamiento que reciben, incluso, del propio Estado? La explicación podría estar en la lucha entre carros y motos por un espacio sobre la vía. O en el uso imprudente (con un alto índice de accidentes) que de las motos hacen algunos “motoristas”, como les llaman en España a quienes conducen esos vehículos. Todo ello, agravado por el auge del mototaxismo como fuente de empleo. Y el sicariato, un acto criminal consumado al amparo de la versátil moto (aunque en Bogotá ya disparan y escapan a pie). ¿Disminuyó el sicariato después de la prohibición del ‘parrillero’ hombre? O, ¿las mujeres no disparan? Con las restricciones de horario, circulación e imposición de chaleco y casco al amaño de cada alcalde, tener moto por necesidad es perderla por obligación. Y la respuesta –por demás agresiva de los afectados– induce a un problema de orden público. Entonces ya no valen las campañas educativas del Fondo de Prevención (sostenido con la plata del Soat) ni el paraíso vial que pintan en su periódico El Bacán.

Lo que no ha valorado el país es que, pese al publicitado crecimiento de la economía y las cifras que hablan de una “notable baja” en el desempleo, miles de colombianos se movilizan en moto, como si fuera el anhelado “carro popular”. De hecho, fue la firma antioqueña Fundiciones y Repuestos S. A., Furesa, filial de Coltejer, la que, después del Renault 4, de Sofasa, siguió insistiendo en el ensamblaje de un vehículo económico (como el ‘Topolino’ o el Simca) hasta producir, en 1969, las primeras motos con tecnología nacional. Antes, en el 61, la Auteco ensambló la Lambretta italiana.

Según las estadísticas del Comité de Ensambladores de Motos, integrado por 13 industrias afines, la mayoría de usuarios tiene bajo perfil, pero como en Colombia la clase media medio vive y medio come, ya es común ver en ciudades como Cali y Medellín a muchos profesionales, de traje completo, conduciendo motocicleta.

Yo, por ejemplo, prefiero movilizarme en una de ellas y no tener que esperar a los resabiados taxistas caleños para que me digan “¡allá no voy!” o se embotellen en las obras del MIO. El abogado Elkin López y el juez de familia Alvaro Rosero, quienes ejercen en esta ciudad, también son motociclistas con kilómetros de buena conducta.

Con casi tres millones y medio de motos que ruedan en el país y un millón de personas que viven de ese negocio, creo que llegó la hora de legislar en favor de los motociclistas, como en Europa.

Los españoles celebran por estos días la decisión del Ayuntamiento de Madrid para que 160.000 “motoristas” puedan circular por el carril de solo bus, antes prohibido. La Unión Europea está en la ‘onda’ de estimular el uso de la moto como “opción ecológica y menos traumática” para el tráfico.

En Asia, hace rato entendieron la importancia de estos aparatos. Con el mayor número de motos per cápita en el mundo, Taipei (capital de Taiwán) demarca espacios exclusivos para su circulación y espera del semáforo en rojo.

Esto sucede en el mundo, justo cuando aquí estrenamos la Ley de Movilidad para “dar prelación a los modos alternativos de transporte”, pero la moto perdió esa prioridad. Es un hecho, Colombia se la ‘montó’ a las motos.

vozcomun@yahoo.com