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Bush ante el Congreso

A juzgar por el discurso sobre el estado de la Nación que el presidente George W. Bush pronunció antenoche ante el Congreso –ahora controlado por los demócratas–, así como por las réplicas que suscitó, la confrontación entre la Casa Blanca y las nuevas mayorías del Capitolio, sobre todo por el tema de Irak, amenaza con calentar la política estadounidense como pocas veces en años recientes.

25 de enero 2007 , 12:00 a.m.

Hay que remontarse a tiempos de Harry Truman y la crisis de Corea en 1952, o a los de Lyndon Johnson y la guerra de Vietnam en 1968, para encontrar paralelos a la situación en la que se halla Bush, impotente para controlar la caldera hirviente de la guerra iraquí y para convencer a sus compatriotas de que apoyen su decisión de continuar involucrando a Estados Unidos en un conflicto cada día más impopular.

Las razones que dio en su discurso para añadir 21.500 soldados a los 132.000 que están en Irak no pudieron impedir que una comisión del Senado aprobara una resolución bipartidista (propuesta por dos demócratas y dos republicanos), que condena el plan y que, aunque no es obligatoria, constituye una reprimenda sin precedentes.

Nada de esto es de extrañar, pues aunque Bush dijo que su plan necesita tiempo y que un fracaso en Irak sería funesto para E.U., para el Oriente Medio y para el mundo, la tozuda realidad hace ver sus pronósticos como equivocados o ingenuos. El mismo día en que habló en el Capitolio, la violencia cobró más víctimas en Irak, que se suman a los más de 100 muertos y 200 heridos (entre ellos 27 soldados de E.U.) que dejó los dos días anteriores una racha de atentados y combates, entre ellos la explosion de carros bomba en un céntrico mercado de Bagdad.

Como lo comentamos en días pasados, la nueva estrategia consiste en concentrar en la capital el grueso de los refuerzos (17.500), enviar los 4.000 restantes a la provincia de Anbar, otro foco de violencia, y, junto a las fuerzas iraquíes, lanzar una ofensiva contra los grupos armados chiitas y sunitas que combaten a las tropas de ocupación y se atacan entre sí. Pero en el plan hay un eslabón débil: la falta de decisión del gobierno iraquí para combatir a los chiitas, que le son afines.

En su discurso (en el que el tema de América Latina brilló por su ausencia), Bush intentó disminuir el peso de Irak en el debate político estadounidense al dedicar buena parte de la alocución a una agenda doméstica relativamente modesta (propuestas para mejorar el acceso al seguro de salud, buscar el equilibrio presupuestal y reducir el consumo de gasolina), pero estos temas fueron eclipsados por la guerra.

Tanto en la réplica formal del Partido Demócrata al discurso –hecha por el senador Jim Webb, veterano de Vietnam–, como en las declaraciones posteriores de los congresistas Reid y Pelosi, presidentes del Senado y la Cámara, la oposición acusó a Bush de ignorar el primer anhelo de los estadounidenses, que es el cambio de su política en Irak ( el 46 por ciento de la población de E.U. está por el retiro inmediato de las tropas). Los demócratas saben que no pueden exigir ese retiro ni negar los fondos a las fuerzas que ya están en el terreno, pero quieren fijar un límite a su número y ponerle fecha a la retirada. Del éxito que tengan dependerá, en parte, que el poder recién conquistado por ellos en el Congreso se extienda también a la Casa Blanca.

El discurso sobre el estado de la Unión Americana no le bajó el tono a la confrontación que divide hoy a los E.U.