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¿La nación soñada?

La aritmética del crimen no es una aritmética fácil. Este diario, por ejemplo, le atribuyó un día 70 crímenes a Mancuso. El Heraldo de Barranquilla le atribuyó 336. Es probable que la cifra real resulte superior a todas las previsiones. De todas maneras, a estas alturas de la diligencia ya no hay duda alguna sobre el enorme, escandaloso y despiadado tamaño de la empresa criminal del sujeto. Y la de quienes se le parecen y emularon con él en esos propósitos de muerte, narcotráfico, robo, despojo, enriquecimiento ilícito y codicia.

22 de enero 2007 , 12:00 a.m.

No siempre la estúpida violencia de las Farc o del Eln sirve para explicar la aparición de aquellos aparatos de muerte. En casos como el de Barranquilla, lo subversivo es un dato insignificante frente a la poderosa empresa criminal que aquí instauraron los paramilitares. A la enorme tragedia de los asesinatos, las desapariciones, los fosas comunes, las torturas y el terror, habrá que agregar la corrupción sin antecedentes que, en abierta connivencia con legendarias organizaciones de la corrupción clientelista, impusieron a las entidades territoriales de la Costa.

A veces, los paramilitares fueron, son, el Estado. Si se armonizan a mano alzada los textos de las confesiones de Mancuso, el computador de ‘Jorge 40’ y las deficientes investigaciones de la justicia, se llega a la conclusión de que estamos frente a mucho más que una simple infiltración de agencias del Estado. No es un asunto de manzanas podridas, sino algo capaz de desbaratarle a un Eduardo Posada o a un Santiago Montenegro las idílicas fronteras de una nación soñada en términos de civilización y estabilidad institucional improbables.

Los paramilitares asesinaron a los alcaldes que estorbaban su proyecto criminal y eligieron a sus sucesores. Accedían así al pleno control del tesoro y la contratación pública. Creaban circunscripciones electorales de facto donde con las armas, la intimidación y el dinero elegían parlamentarios, diputados y concejales. En una simbiosis infernal se confundían con el DAS, el Ejército, la Policía, la Armada y otras agencias de seguridad. Nombraban jueces y magistrados, amañaban repartos, imponían fallos, dictaban medidas de aseguramiento. Quitaban y ponían la propiedad privada sobre muebles e inmuebles.

La justicia fue una víctima privilegiada. La pesadilla no habría sido posible sin sometérsele. Las investigaciones preliminares, por ejemplo, fueron desvirtuadas hasta convertirlas en simples instrumentos para la detención arbitraria. En la zona de los Montes de María, la misma donde mataban los alcaldes, elegían los alcaldes, cometían delitos contra la administración pública y abrían fosas comunes, se realizaron más de 400 detenciones arbitrarias en tres años.

Según la Defensoría del Pueblo, el 82 por ciento de esas detenciones fueron revocadas por posteriores preclusiones o absoluciones. Existen fiscales con un historial de peligrosa efectividad en términos de detenciones preventivas así. El que ordenó la detención de Alfredo Correa, asesinado después de su liberación, es el mismo que dispuso la de Yamil Cure, un folclorista barranquillero, y de Amaury Padilla Cabarcas, defensor de derechos humanos exiliado en Uruguay. Allí no paran esos “falsos positivos” de Fiscalía: el mismo funcionario, según se deduce del texto de un reportaje de El Heraldo, habría ordenado recientemente la detención de Fredy Muñoz, periodista cartagenero al servicio de Telesur.

Los propios expedientes de Justicia y Paz terminan convertidos en un instrumento perverso. Tal lo que estaría ocurriendo con unos policías de Fonseca a quienes Mancuso acusa ahora de haber recibido 50 millones por liberarlo a él y a ‘Jorge 40’, luego de haberlos capturado por unos asesinatos en Villanueva. En realidad fue un Fiscal, destituido por eso mediante fallo de la Corte Suprema, quien otorgó la libertad que ahora les endilga a los policías que lo capturaron. Me temo que este país, a pesar de todas las evidencias, no tiene todavía ni remota idea de lo que le estaba pasando durante todos estos años. Ni de lo que todavía...