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¿Eureka?

La noticia pasó prácticamente inadvertida. Tal vez haya sido porque estaba refundida en la mitad del segundo cuadernillo de EL TIEMPO o porque la cálida lentitud de enero no da para reflexionar, pero lo cierto es que a nadie parece importarle en manos de quién está la educación de sus hijos.

19 de enero 2007 , 12:00 a.m.

‘¿Quiénes son los 117.667 que quieren ser profesores?’ se titulaba la nota, y traía el testimonio de algunos aspirantes a ser maestros en Colombia. Lo más revelador del informe no es quiénes son ellos, sino cuáles son sus motivaciones. Un concursante de Santa Marta dice que lleva 15 años en el asfalto y que se puso en manos de su santo patrono a ver si consigue el empleo que tanto necesita. Una aspirante de Medellín explica que hace un año perdió su trabajo como ingeniera de sistemas y que lleva seis meses sin empleo. Una bacterióloga samaria dice que quiere ser maestra para mejorar sus entradas económicas, porque su profesión no da lo suficiente. Los demás argumentan que no quieren más contratos temporales, que prefieren cualquier cosa menos el salario mínimo, y otras motivaciones por el estilo...

La situación es patética: quienes aspiran a formar a los colombianos ven la docencia como una opción desesperada para superar los rigores del desempleo.

Es lamentable que estos profesionales estén sufriendo dificultades laborales y es respetable que busquen opciones para mejorar, pero educar personas no es como hacer obleas. La docencia no sólo requiere vocación, sino además una idea clara de qué implica formar un individuo. Quien hasta ayer se desempeñó como experto en sistemas o bacteriólogo, y hoy aspira a ser profesor, seguramente limitaría su labor docente a repetir contenidos, a coartar los impulsos creativos de sus alumnos y a cobrar el cheque con el que tanto soñó.

Tras leer la preocupante noticia sobre los aspirantes a maestros, uno pasa la página y encuentra otra peor: según el Wall Street Journal Colombia ocupa el lugar 57 en un ranking que muestra cuánto innovan 107 economías del mundo y que es liderado por Estados Unidos.

Nosotros somos superados por otros países de la región como Chile (sí, otra vez Chile...), que está en la posición 33, México, que ocupa el lugar 37, Brasil, que está en el 40, y Costa Rica, que se ubica en el 51.

Algún despistado se preguntará ¿qué importancia tiene la innovación? Entre las muchas respuestas posibles, hay una fundamental: la exitosa inserción internacional de un país como el nuestro depende de su potencial innovador.

Colombia no puede competir en los mercados mundiales con bajos costos, teniendo en cuenta los risibles salarios de países como China.

La única opción que tenemos para enfrentar con éxito la globalización es exportar productos orientados a los nichos de mercado con mayor valor agregado, y para ello debemos desarrollar actividades productivas con innovación. Un ejemplo es el sector confeccionista: si Colombia logra consolidar su posición como potencia regional de diseño y creación de moda, podremos escapar de la trampa de los bajos costos de las confecciones asiáticas. De lo contrario...

Para avanzar con éxito en la inserción internacional de la economía colombiana debemos pasar de imitar a crear, y para ello tenemos que cultivar mentes inquietas y dinámicas. Si ocupamos el lugar 57 en el ranking de innovación, no es raro que estemos en el vergonzoso penúltimo lugar entre las principales economías latinoamericanas en cuanto a los índices de globalización. Lo peor de todo es que, a juzgar por las motivaciones de quienes aspiran a cultivar las mentes de los colombianos del futuro, parece que nada de esto va a cambiar.

La docencia no sólo requiere vocación, sino además una idea clara de qué implica formar un individuo”.