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El populismo y sus amigos

En su breve obituario al comunismo, Richard Pipes concluyó que si aquel reviviera, lo haría en “desafío de la historia”, con la certidumbre de otro fracaso costosísimo: “semejante acción bordearía en la locura, que ha sido definida como tratar de hacer la misma cosa una y otra vez y esperar diferentes resultados”.

19 de enero 2007 , 12:00 a.m.

No es cierto aún si la ruta del “socialismo del siglo XXI” anunciada por el presidente Chávez para Venezuela sea un camino conducente a revivir el comunismo. Lo que sí parece innegable es que ha instaurado hasta ahora un régimen populista que, en el pasado, ha conducido a fracasos estruendosos.

Su reencarnación, con la esperanza de diferentes resultados, hacen aquí también válida la advertencia de Pipes. Sin embargo, recordar los desastres populistas no parece ser buen recibo en algunos sectores intelectuales.

Según César A. Rodríguez Garavito –profesor de los Andes–, no habría motivos para preocuparse por el “fantasma populista”, “el coco al que tantos temen”.

Rodríguez Garavito les hace eco a una columna de Joseph Stiglizt y al reciente libro de Ernesto Laclau para darles razón a las manifestaciones populistas de moda. El populismo sería apenas la “expansión de la política”, la forma de integrar a los marginados de la democracia. El “mal olor del concepto” sería “un tropicalismo latinoamericano”. Su triste fama se debe a los “economistas ortodoxos”. “Como por arte de magia, el populismo terminó siendo visto como lo opuesto … a la democracia” (Semana.com, 15/12/06).

Es equívoco asociar el origen de la crítica al populismo tan solo con los “economistas ortodoxos”, si bien la colección editada por Dornbusch y Edwards a la que se refiere Rodríguez Garavito tuviese en su momento gran significado en el cuestionamiento de la “macroeconomía populista”. Pero su mala fama tiene raíces en sus mismas experiencias.

Sus desastres fueron descritos con lucidez por Germán Arciniegas en un libro de enorme vigencia, Entre la libertad y el miedo (1955). Arciniegas no utilizó entonces el concepto “populismo” sino “neocaudillismo”, cuya filosofía identificaba con el peronismo argentino. Y su crítica central no estaba dirigida contra su programa económico, sino contra las medidas que minaron las libertades civiles y políticas.

Tampoco es cierto que la conceptualización negativa del populismo sea una exclusividad latinoamericana. Rodríguez Garavito nos dice que “en otras latitudes”, como en los Estados Unidos, el “término es neutral”. Dos ejemplos recientes me permiten controvertir dicha aseveración. Desde una perspectiva conservadora, John Luckas asocia al populismo con las figuras de Hitler y Mussolini, y lo interpreta como un deterioro de la democracia (Democracy and Populism, 2005). El populismo tampoco tiene connotaciones “neutrales” en el análisis de un socialdemócrata como Bernard Crick (Democracy. A Very Short Introduction, 2002). Para Crick, el populismo es una “desviación” de la democracia, que desprecia el argumento razonado con el fin de agitar las pasiones de la masa informe.

No fue por “arte de magia” que el populismo pasara a entenderse como enemigo de la democracia. Fue por las acciones de quienes así han detentado el poder: como por las de Perón contra la libertad de expresión. Rodríguez Garavito –es justo aclarar– expresa que no siente entusiasmo por Chávez, ni por los personalismos. Le tiene “alergia” a los caudillismos. Pero estas son precisamente las características esenciales que su defensa del populismo subvalora.

Los afectos de Chávez por el comunismo castrista –de vieja data, como lo ilustra la excelente biografía de Marcano y Barrera– quizá no se traduzcan en la imposición de otro régimen comunista. Pero sus evidentes pasos hacia la tiranía populista deben ser motivo suficiente de preocupación. Chávez mismo lo ha anunciado: “No me iré hasta el año 2021. Así, que vayan acostumbrándose”.